El Tratado de Anexión Japón-Corea de 1905

Rodrigo Ricardo Publicado el 4 octubre, 2020 10 minutos y 48 segundos de lectura

¿Puede un tratado internacional ser considerado legal si se firmó bajo amenaza de muerte, con el emperador encerrado en su palacio y las bayonetas custodiando las puertas? Esa es la pregunta que ha perseguido al Tratado Japón-Corea de 1905, también conocido como el Tratado de Eulsa, durante más de un siglo. No fue un simple acuerdo entre naciones; fue el golpe de autoridad definitivo que transformó un imperio milenario en un protectorado sin voz, sentando las bases para la anexión total de 1910 y dejando una cicatriz diplomática que sigue sin cerrar del todo en Asia Oriental.

El Tablero Geopolítico de Principios del Siglo XX

Para entender la magnitud de lo ocurrido en 1905, primero debemos situarnos en el contexto de la era del imperialismo. A finales del siglo XIX, Corea, conocida entonces como el Imperio de Corea o Daehan Jeguk, era un reino estratégicamente ubicado entre dos gigantes en expansión: China y Japón. Esta posición geográfica la convirtió en lo que los analistas de la época describían como una pistola apuntando directamente al corazón de Japón. Controlar la península significaba dominar las rutas marítimas del noreste asiático y asegurar una zona de amortiguación contra posibles invasiones continentales.

Japón había emergido victorioso en la Primera Guerra Sino-Japonesa, que tuvo lugar entre 1894 y 1895. Con este triunfo, cortó los lazos de vasallaje tradicionales que Corea mantenía con China durante siglos. Sin embargo, el dominio japonés sobre la península no estaba asegurado; el Imperio Ruso también ambicionaba Corea para expandir su influencia en el Pacífico y obtener puertos de aguas cálidas en el mar Amarillo, algo que su extenso territorio siberiano le negaba durante gran parte del año.

Las tensiones entre Tokio y San Petersburgo culminaron en la Guerra Ruso-Japonesa, librada entre 1904 y 1905. Este conflicto fue brutal y sorprendió al mundo entero cuando Japón, una nación asiática considerada aún emergente, derrotó de manera contundente a una potencia europea consolidada. La paz se firmó en Portsmouth, New Hampshire, en septiembre de 1905, con la mediación del presidente estadounidense Theodore Roosevelt. Dicho acuerdo no solo selló el destino de Rusia en el Lejano Oriente, sino que también sentenció la independencia de Corea, ya que Rusia se vio obligada a reconocer los intereses políticos, militares y económicos preponderantes de Japón en la península coreana.

El Precedente Secreto: El Memorando Taft-Katsura

Un detalle crucial, aunque poco conocido fuera de los círculos académicos, fue el visto bueno silencioso que las potencias occidentales otorgaron a Japón meses antes de la imposición del tratado. En julio de 1905, mientras la guerra contra Rusia aún estaba en curso, el Secretario de Guerra estadounidense William H. Taft y el Primer Ministro japonés Katsura Tarō sostuvieron una reunión privada en Tokio. De aquella conversación surgió un memorando secreto, conocido como el Memorando Taft-Katsura. En este pacto entre caballeros, Estados Unidos dio luz verde explícita a la dominación japonesa de Corea a cambio de que Japón respetara y no interfiriera en el control estadounidense sobre las Filipinas, recién adquiridas tras la guerra contra España.

Este no fue el único espaldarazo internacional. Gran Bretaña, que había renovado su alianza con Japón ese mismo año, también reconoció el derecho japonés a tomar medidas de guía, control y protección en Corea. Con Rusia fuera de combate y Occidente mirando hacia otro lado, priorizando sus propios intereses coloniales, el Imperio de Corea quedó completamente aislado en el escenario diplomático y a merced del incipiente imperio nipón.

La Firma Bajo Coacción: ¿Tratado o Imposición?

El 17 de noviembre de 1905 es una fecha grabada con fuego en la memoria histórica coreana. Ese día es recordado como el Día de la Humillación Nacional. El primer ministro japonés Itō Hirobumi, un veterano estadista que había sido artífice de la modernización de Japón, llegó a Seúl con una misión clara y sin margen para la negociación: obtener la firma del tratado que convertiría a Corea en un protectorado. Las tropas japonesas, que ya ocupaban puntos estratégicos de la ciudad, rodearon el palacio imperial para ejercer una presión ineludible.

Aquí reside el punto más controvertido desde la perspectiva del derecho internacional: la firma no fue un acto de libre voluntad. Itō Hirobumi convocó al gabinete coreano en el Salón Jungmyeongjeon, dentro del recinto palaciego de Deoksugung. Cuando el primer ministro coreano, Han Gyu-seol, se negó rotundamente a aceptar el acuerdo y comenzó a protestar en voz alta, Itō ordenó a los guardias japoneses que lo encerraran en una habitación contigua, amenazando con matarlo si seguía gritando. El mensaje era inequívoco: no había espacio para la disidencia.

El Emperador Gojong, monarca del Imperio de Corea, se mantuvo firme en su negativa hasta el final. Comprendía que firmar aquel documento significaba entregar la soberanía de su dinastía y de su pueblo. Sin embargo, Itō cambió de estrategia y presionó a los ministros uno por uno, en una sala custodiada por soldados armados. Bajo implícitas amenazas de violencia y en un ambiente de terror palpable, cinco ministros cedieron y estamparon sus sellos en el documento. Estos hombres pasarían a la historia coreana con el estigma de ser los Cinco Traidores de Eulsa, conocidos como Eulsa Ojeok. Sus nombres fueron Lee Wan-yong, Yi Geun-taek, Yi Ji-yong, Park Je-sun y Gwon Jung-hyeon.

Es fundamental notar un detalle jurídico de importancia capital: el Emperador Gojong nunca firmó ni ratificó el tratado con su sello imperial, requisito indispensable bajo la constitución coreana y las leyes internacionales consuetudinarias de la época para la validez de cualquier acuerdo vinculante. La ausencia de la ratificación soberana es, por sí sola, un vicio fatal que invalida el documento desde su origen.

Las Cláusulas del Protectorado

A pesar de su brevedad, el Tratado de Eulsa era demoledor en su alcance. Mediante apenas unos pocos artículos, Japón arrebataba a Corea su capacidad de actuar como nación independiente en el escenario mundial. Las cláusulas principales establecían lo siguiente:

Primero, se transfería la total responsabilidad y el control absoluto de los asuntos exteriores de Corea al gobierno japonés. Esto significaba que Corea dejaba de tener voz propia ante el mundo. Segundo, se prohibía explícitamente a Corea negociar o firmar cualquier tipo de tratado o acuerdo internacional sin la mediación y el consentimiento expreso de Japón. Tercero, se creaba el puesto de Residente-General japonés en Seúl, una especie de virrey que supervisaría todos los asuntos internos de la península, centralizando el poder administrativo. Itō Hirobumi asumió este cargo de inmediato, convirtiéndose de facto en el gobernante supremo de Corea.

Con este tratado, se liquidó por completo la soberanía diplomática del Imperio de Corea. La nación dejó de existir como interlocutor internacional, quedando relegada al estatus de mero protectorado, un escalón administrativo que antecedía en muy poco tiempo a la anexión colonial total.

Una Legalidad Viciada de Origen

Desde el punto de vista del derecho internacional, tanto el contemporáneo a los hechos como el actual, el Tratado de Eulsa es un caso de manual de nulidad absoluta. La coacción sobre la persona física de los representantes del Estado y la amenaza armada constituyen uno de los vicios más graves del consentimiento para obligarse por un tratado. Un célebre análisis jurídico publicado en 1935 por académicos de la Facultad de Derecho de Harvard ya citaba al Tratado de Eulsa como uno de los tres tratados históricamente inválidos en toda la historia moderna, catalogándolo de manera expresa como nulo y sin valor debido a la amenaza militar que lo respaldó y a la violencia ejercida contra los firmantes.

Décadas después, en 1963, la Comisión de Derecho Internacional de las Naciones Unidas confirmó y sistematizó este principio de derecho consuetudinario, estableciendo que un tratado firmado bajo amenaza directa y sin la ratificación del soberano legítimo carece de fundamento legal alguno. Incluso el Tratado de Relaciones Básicas entre Japón y Corea del Sur, firmado en 1965 para normalizar las relaciones bilaterales tras el periodo colonial, reconoció implícitamente esta realidad jurídica al declarar que el viejo tratado de 1905 y los subsecuentes acuerdos de anexión eran ya nulos e inválidos. Esta declaración conjunta, aunque ambigua en su redacción por necesidades diplomáticas, sentó las bases para el reconocimiento tácito de la ilegalidad de aquellos actos.

La Resistencia del Emperador y el Pueblo

El Emperador Gojong no aceptó el veredicto de la fuerza con resignación pasiva. En un intento desesperado por recuperar la legitimidad internacional de su corona, ideó una estrategia diplomática de largo alcance. Envió diecisiete cartas personales lacradas con su sello imperial a jefes de estado de las principales potencias, incluyendo a los monarcas y presidentes de Gran Bretaña, Francia, Rusia, Alemania y Estados Unidos. En cada misiva explicaba con detalle la ilegalidad de la imposición japonesa y solicitaba ayuda para restaurar la soberanía coreana. Todas y cada una de estas cartas fueron ignoradas o respondidas con evasivas diplomáticas, evidenciando la soledad del imperio asiático.

En 1907, Gojong intentó una última y audaz jugada diplomática. Envió tres emisarios secretos a la Segunda Convención de Paz de La Haya, en los Países Bajos, con la misión de denunciar a Japón ante la comunidad internacional reunida. Sin embargo, las grandes potencias, priorizando sus alianzas estratégicas con Tokio y temerosas de crear un precedente que cuestionara sus propios dominios coloniales, les negaron la entrada y la participación en el foro. Como amarga represalia por este acto de rebeldía diplomática, Japón obligó a Gojong a abdicar en favor de su hijo Sunjong, un títere mucho más manejable y dócil a los intereses de la administración colonial. Finalmente, en 1910, Japón anexionó completamente la península coreana, disolvió el ejército coreano y comenzó un periodo de treinta y cinco años de dominio colonial que se extendería hasta el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945.

La resistencia interna, aunque silenciada en los despachos oficiales, fue feroz y constante. Altos funcionarios de la corte que se opusieron al tratado con firmeza, como el ministro Min Yeong-hwan, prefirieron suicidarse como forma extrema de protesta, dejando cartas póstumas en las que juraban lealtad eterna al emperador y denunciaban la injusticia cometida contra la nación. Surgieron por todo el país los Ejércitos Virtuosos, conocidos como Uibyeong, que eran guerrillas formadas por letrados confucianos, campesinos desposeídos, soldados licenciados y monjes budistas. Estos grupos libraron una guerra no declarada contra los ocupantes japoneses, hostigando sus líneas de suministro y combatiendo en escaramuzas constantes. En 1909, el independentista coreano An Jung-geun asesinó a Itō Hirobumi en la estación de tren de Harbin, en Manchuria, en un acto que para Corea simbolizó el heroísmo patriótico y la voluntad de sacrificio supremo por la independencia, mientras que para Japón fue catalogado como un acto de terrorismo.


Resultados de Aprendizaje

Al finalizar la lectura de este artículo, deberías haber aprendido lo siguiente:

  1. Identificar el contexto geopolítico: Explicar cómo la victoria de Japón en la Guerra Ruso-Japonesa y los acuerdos secretos con Occidente, como el Memorando Taft-Katsura, facilitaron la imposición del Tratado de Eulsa al aislar diplomáticamente a Corea.
  2. Analizar la legalidad cuestionada del tratado: Argumentar por qué la firma bajo coacción militar directa, la falta de ratificación por parte del Emperador Gojong y las resoluciones posteriores de la Comisión de Derecho Internacional de la ONU determinan que el Tratado de Eulsa fue nulo desde su mismo origen.
  3. Describir el mecanismo de coerción utilizado: Detallar cómo Japón empleó el cerco militar al palacio de Deoksugung y la intimidación física directa contra los ministros coreanos, incluyendo el encierro y las amenazas, para obtener las firmas necesarias.
  4. Reconocer las consecuencias políticas inmediatas: Enumerar las cláusulas del protectorado y explicar cómo estas llevaron a la pérdida total de la soberanía diplomática coreana y, como consecuencia directa, a la anexión formal de 1910.
  5. Evaluar las diversas formas de resistencia coreana: Distinguir entre la resistencia diplomática y epistolar del Emperador Gojong, la resistencia armada de los Ejércitos Virtuosos en el interior del país y los actos de resistencia individual como el atentado de An Jung-geun contra Itō Hirobumi.

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Rodrigo Ricardo Editor y fundador