Introducción: La Intersección entre Patriarcado y Capitalismo
El análisis de la relación entre patriarcado y capitalismo ha sido un tema central en la teoría feminista, con autoras como Sylvia Walby, Heidi Hartmann y Silvia Federici argumentando que ambos sistemas se refuerzan mutuamente para perpetuar la explotación de las mujeres. Walby sostiene que el capitalismo no habría podido desarrollarse sin la base previa del patriarcado, que ya había establecido una división sexual del trabajo en la que las mujeres eran relegadas al ámbito doméstico. Esta subordinación permitió al sistema capitalista disponer de mano de obra femenina no remunerada, esencial para la reproducción de la fuerza laboral.
Por otro lado, el capitalismo moderno ha adaptado el patriarcado a sus necesidades, manteniendo a las mujeres en posiciones laborales precarias y peor pagadas, mientras que los hombres continúan dominando los puestos de poder económico y político. Federici, en su obra Calibán y la Bruja, profundiza en este vínculo histórico, mostrando cómo la transición al capitalismo en Europa implicó una caza de brujas que buscaba controlar el cuerpo y el trabajo de las mujeres. Este proceso no solo consolidó la división entre producción (dominio masculino) y reproducción (dominio femenino), sino que también naturalizó la explotación económica de las mujeres como parte del funcionamiento «normal» del sistema.
Sin embargo, no todas las teóricas feministas están de acuerdo en la naturaleza de esta relación. Algunas, como Lise Vogel, argumentan que el capitalismo tiene una lógica propia que puede entrar en conflicto con el patriarcado, especialmente cuando necesita incorporar mano de obra femenina en períodos de expansión económica. No obstante, Walby insiste en que, incluso en estos casos, el capitalismo no elimina el patriarcado, sino que lo reconfigura, manteniendo estructuras de dominación a través de nuevas formas, como la brecha salarial o la doble jornada laboral.
El Trabajo Doméstico No Remunerado: La Base Oculta del Capitalismo
Uno de los aportes más importantes del feminismo marxista ha sido visibilizar el trabajo doméstico no remunerado como un pilar fundamental del capitalismo. Autoras como Mariarosa Dalla Costa y Selma James, en El Poder de la Mujer y la Subversión de la Comunidad, argumentaron que el trabajo reproductivo (cuidado de hijos, limpieza, cocina) es esencial para el mantenimiento del sistema, ya que reproduce la fuerza laboral sin costo para los capitalistas. Walby retoma esta idea, señalando que el patriarcado garantiza que este trabajo siga siendo responsabilidad casi exclusiva de las mujeres, liberando a los hombres para dedicarse al empleo asalariado.
Este sistema no solo beneficia al capitalismo al externalizar costos, sino que también refuerza la dependencia económica de las mujeres, limitando su autonomía. En muchas sociedades, la falta de acceso a guarderías públicas o políticas de conciliación laboral obliga a las mujeres a abandonar sus carreras o aceptar empleos informales y mal pagados. Además, la ideología de «amor y sacrificio» asociada al rol femenino naturaliza esta explotación, presentándola como una elección personal en lugar de una imposición estructural.
Walby también analiza cómo el Estado interviene en esta dinámica. Por un lado, los gobiernos neoliberales han recortado servicios sociales, aumentando la carga de trabajo doméstico sobre las mujeres. Por otro, cuando el Estado ofrece beneficios como pensiones por viudez o ayudas a madres solteras, lo hace desde una lógica patriarcal que refuerza la idea de que las mujeres deben ser cuidadoras antes que trabajadoras independientes. Esto demuestra que, lejos de ser sistemas separados, patriarcado y capitalismo funcionan en simbiosis, utilizando mecanismos distintos pero complementarios para mantener la subordinación femenina.
Mercado Laboral y Brechas de Género: La Doble Explotación de las Mujeres
El mercado laboral es uno de los espacios donde más claramente se observa la alianza entre patriarcado y capitalismo. Walby señala que, aunque las mujeres han ingresado masivamente al empleo asalariado en las últimas décadas, lo han hecho en condiciones desiguales: concentradas en sectores precarizados (como servicio doméstico, enfermería o educación infantil) y enfrentando obstáculos como el techo de cristal. Esta segregación ocupacional no es casual, sino el resultado de una división sexual del trabajo que considera ciertas tareas «propias» de las mujeres, justificando así salarios más bajos.
Además, el capitalismo se beneficia de la flexibilidad laboral femenina, contratando mujeres en empleos temporales o a tiempo parcial, lo que les impide acceder a seguridad social y derechos laborales plenos. Incluso en profesiones altamente cualificadas, las mujeres enfrentan discriminación: estudios muestran que, a igual formación y experiencia, ganan entre un 15% y un 30% menos que los hombres. Esta brecha salarial no se explica por diferencias en productividad, sino por mecanismos patriarcales que devalúan el trabajo femenino.
Otro aspecto clave es la doble jornada: mientras los hombres pueden dedicarse plenamente a sus carreras, las mujeres deben combinar empleo remunerado con trabajo doméstico. Esto limita sus oportunidades de ascenso y perpetúa su posición subordinada en la economía. Walby argumenta que, aunque políticas como los permisos parentales igualitarios podrían mitigar este problema, su implementación es resistida porque desafía tanto el patriarcado (al cuestionar roles de género) como el capitalismo (al redistribuir costos que antes recaían gratuitamente sobre las mujeres).
Resistencias y Alternativas: Hacia un Modelo Post-Capitalista y Post-Patriarcal
Frente a esta realidad, los movimientos feministas han desarrollado estrategias de resistencia que buscan desarticular la alianza entre patriarcado y capitalismo. Walby destaca la importancia de las huelgas feministas, como las organizadas el 8M, que visibilizan cómo el sistema económico colapsaría sin el trabajo no pagado de las mujeres. Estas acciones no solo exigen derechos laborales, sino que también cuestionan la propia estructura del capitalismo, proponiendo modelos alternativos como la economía feminista, que prioriza el cuidado y la sostenibilidad sobre el lucro.
Otra línea de lucha es la demanda de renta básica universal, que podría liberar a las mujeres de la dependencia económica de maridos o empleos precarios. Autoras como Nancy Fraser argumentan que el capitalismo neoliberal ha instrumentalizado el feminismo («feminismo corporativo») para promover una igualdad superficial (mujeres CEOs) sin cuestionar la explotación de la mayoría de las trabajadoras. Frente a esto, propone un feminismo anticapitalista que vincule la lucha de género con la de clase y raza.
Walby coincide en que cualquier avance real requiere transformaciones estructurales: nacionalización de servicios de cuidados, auditorías de género en políticas económicas y democratización de los espacios de poder. Sin embargo, advierte que estos cambios enfrentarán férrea resistencia, ya que el patriarcado y el capitalismo han demostrado una gran capacidad de adaptación. Por ello, concluye que solo un movimiento feminista internacionalista, que una a trabajadoras, migrantes y racializadas, podrá construir una sociedad verdaderamente igualitaria.
