Relación Víctima-Delincuente en Psicología

Rodrigo Ricardo Publicado el 25 julio, 2025 11 minutos y 34 segundos de lectura

Imagina que estás viendo una noticia sobre una estafa. El presentador dice que una persona mayor entregó todos sus ahorros a un desconocido por teléfono. Tu primera reacción podría ser: “¿Cómo pudo caer en algo tan obvio?”. Pero la psicología forense tiene una respuesta inquietante: a veces, la víctima no solo es engañada, sino que participa activamente, sin saberlo, en una danza psicológica con el delincuente. No se trata de culpar a la víctima, sino de entender que el delito, en muchos casos, no es un acto unilateral, sino una interacción patológica.

Esta conexión, conocida como la díada víctima-delincuente, es uno de los campos de estudio más reveladores y, a la vez, más incómodos de la psicología criminal. Nos obliga a dejar de lado la imagen simplista del “monstruo” y la “víctima inocente” para adentrarnos en un territorio complejo donde las motivaciones, las personalidades y los contextos se entrelazan de formas que desafían la lógica.

¿Qué es la Relación Víctima-Delincuente?

En esencia, la relación víctima-delincuente es el estudio del vínculo dinámico, recíproco y, a menudo, distorsionado que se establece entre la persona que comete un delito y quien lo sufre. La Victimología, rama de la criminología que surge a mediados del siglo XX, fue la primera en señalar que la víctima no es un sujeto pasivo, sino un actor que puede influir, precipitar o incluso facilitar el acto criminal.

Esta idea no busca justificar al agresor ni reducir su responsabilidad penal, sino analizar el delito como un fenómeno relacional completo. Un juez condena al delincuente, pero un psicólogo necesita entender qué mecanismo se activó entre dos personas para que el delito ocurriera exactamente de esa manera y no de otra.

Las Clasificaciones que Todo Estudiante debe Conocer

Para desentrañar este fenómeno, la psicología forense ha desarrollado tipologías que permiten clasificar el grado de participación de la víctima. Las más influyentes son las de los pioneros Benjamin Mendelsohn y Hans von Hentig.

1. La Tipología de Mendelsohn: La Culpabilidad Como un Espectro

Benjamin Mendelsohn, considerado el padre de la Victimología, escandalizó al mundo jurídico al proponer una escala de “culpabilidad” de la víctima. Aunque el término es delicado, su clasificación sigue siendo didácticamente fundamental:

  • Víctima completamente inocente o ideal: Es la persona que no ha hecho absolutamente nada para provocar el delito. Un ejemplo claro es un niño pequeño que sufre un ataque o una persona asesinada durante un robo sin oponer resistencia.
  • Víctima de culpabilidad menor o por ignorancia: Aquella que, sin intención maliciosa, facilita el delito por un acto de imprudencia o desconocimiento. Como quien deja las llaves del coche puestas en un barrio de alto riesgo, creyendo que “no pasará nada”.
  • Víctima tan culpable como el delincuente o víctima voluntaria: Aquí encontramos casos como el suicidio por pacto (donde uno sobrevive), la eutanasia consentida o ciertos delitos de estafa donde la víctima busca una ganancia ilícita y es timada en el proceso.
  • Víctima más culpable que el delincuente: Se refiere al provocador que incita el acto violento o al imprudente extremo que causa su propia victimización. Un caso típico es la persona que, bajo los efectos del alcohol, insulta y agrede físicamente a otro más fuerte, quien responde de forma desmedida.
  • Víctima única culpable o víctima simuladora: La persona que finge ser víctima de un delito que nunca ocurrió. Acusar falsamente a alguien de violación o agresión para obtener un beneficio secundario (venganza, dinero, atención) entra en esta categoría.

2. Hans von Hentig: El Enfoque en las Predisposiciones

Un enfoque distinto, pero complementario, es el de Hans von Hentig. En lugar de fijarse en la culpa, él se preguntó: ¿Qué tipo de persona tiene más probabilidades de convertirse en víctima? Su respuesta fue una clasificación de “predisposiciones victimógenas” basada en factores biopsicosociales:

  • El joven: Por su impulsividad, deseo de exploración y vulnerabilidad física.
  • La mujer: Por su histórica posición de vulnerabilidad física y social, especialmente en delitos sexuales y de violencia doméstica (en el contexto de su obra, mediados del siglo XX, aunque hoy se ha ampliado el análisis a las dinámicas de poder).
  • El anciano: Por la fragilidad física, el aislamiento social y la vulnerabilidad cognitiva ante estafas.
  • Los mentalmente incapacitados y toxicómanos: Personas con facultades mentales alteradas, juicio nublado o desesperación por el consumo, presa fácil de todo tipo de abusos.
  • El inmigrante y las minorías: Grupos en situación de desarraigo, barrera idiomática y menor acceso a la justicia, lo que los convierte en un blanco recurrente de explotadores y traficantes.

El Corazón del Problema: El Proceso de Victimización

Más allá de las tipologías, la investigación actual se centra en el proceso interactivo. No es que alguien sea «una víctima» o «un delincuente» como un rasgo de personalidad fijo, sino que se involucran en un proceso de victimización con fases identificables. La psicóloga social Betty Grayson demostró en los años 80 algo fascinante: ciertos delincuentes violentos pueden identificar a una víctima potencial en segundos, simplemente por su lenguaje no verbal. Su estudio mostró que personas con postura encorvada, pasos cortos o arrastrados y movimientos poco fluidos eran escogidas como “blancos fáciles” frente a aquellas que caminaban erguidas y con movimientos coordinados. Esto demuestra que la fase inicial de selección no es casual.

Fases del proceso de victimización:

  1. Fase de Selección: El delincuente, de forma consciente o intuitiva, evalúa las vulnerabilidades de un objetivo. Busca una oportunidad en una persona, no solo en un lugar.
  2. Fase de Acercamiento o «Grooming»: El delincuente utiliza técnicas de manipulación psicológica para ganarse la confianza de la víctima. Esto es clave en pederastia, estafas y violencia de género. Se crea una falsa sensación de seguridad para aislar a la víctima de su red de apoyo.
  3. Fase de Explotación o Agresión: Se consuma el delito. Aquí se activan mecanismos como la disociación en la víctima o la deshumanización en el agresor.
  4. Fase de Mantenimiento del Secreto (la trampa psicológica): El delincuente hace sentir a la víctima culpable o responsable de lo sucedido. Frases como “tú me provocaste” o “nadie te va a creer” son el mecanismo central para perpetuar la dinámica, especialmente en el abuso intrafamiliar. Aquí se instaura una relación de poder patológica.
  5. Fase de Revelación y Revictimización: Cuando la víctima decide contar lo sucedido, se enfrenta al juicio social y, muchas veces, institucional. Ser interrogada de forma hostil por la policía, no ser creída por la familia o verse sometida a un proceso judicial largo y humillante constituye la victimización secundaria, un daño psicológico que, en ocasiones, puede ser peor que el delito original.

Los Vínculos Traumáticos: El Síndrome de Estocolmo y la Indefensión Aprendida

Para profundizar en el valor estudiantil de este tema, debemos adentrarnos en los fenómenos psicológicos extremos que distorsionan la percepción de la víctima.

El Síndrome de Estocolmo: Una Estrategia de Supervivencia

Tras el famoso asalto a un banco en Estocolmo en 1973, donde los rehenes defendieron a sus captores, los psicólogos identificaron este síndrome como un vínculo afectivo paradójico. No es un concepto de amor, sino una estrategia de supervivencia del ego ante un trauma aislado e intenso. Se activa bajo tres condiciones:

  1. Amenaza percibida de muerte: La víctima cree que el agresor puede matarla.
  2. Pequeños actos de «bondad»: El agresor ofrece agua, comida o simplemente no ejecuta la amenaza. Esto, en un contexto de terror absoluto, es magnificado por la víctima como un acto de humanidad.
  3. Aislamiento de perspectivas externas: La víctima se ve forzada a ver el mundo a través de los ojos de su captor, perdiendo el contraste con la realidad.

La mente de la víctima prioriza la supervivencia inmediata y, para reducir la disonancia cognitiva de estar en manos de alguien que le aterroriza, llega a adoptar la perspectiva del agresor. “Si él tiene razón, quizás no me mate”, reza la lógica inconsciente.

La Indefensión Aprendida: Cuando la Víctima se Rinde

Martin Seligman descubrió un patrón aún más desolador. Cuando una persona es sometida a estímulos aversivos de los cuales no puede escapar, aprende a no intentarlo, incluso cuando la posibilidad de escape está disponible. En el contexto de la violencia de género, una mujer que ha sufrido años de maltrato puede dejar de buscar ayuda no porque no quiera salir de esa situación, sino porque su cerebro ha aprendido que cualquier acción será inútil. Este colapso cognitivo y motivacional explica, en gran medida, la permanencia de las víctimas en relaciones destructivas y su aparente pasividad ante la policía o los servicios sociales.

La Relación Específica en los Delitos de Estafa

Quizás la relación más puramente psicológica sea la de la estafa. No hay violencia física; todo es manipulación mental. El estafador profesional no ve a un sujeto pasivo, sino a un coautor del guion. La víctima de una estafa participa porque se le ofrece un “cuento del tío” que apela a sus deseos más profundos: dinero fácil, amor, estatus o salud.
Aquí el concepto clave es la “ceguera voluntaria” (willful blindness). La víctima ignora las señales de alerta porque la recompensa prometida es demasiado atractiva. El delincuente, por su parte, utiliza técnicas de ingeniería social:

  • Principio de escasez: “Solo quedan 2 plazas”.
  • Principio de autoridad: Suplantan a un ejecutivo del banco o a un policía.
  • Prueba social: “Cientos de inversores ya están ganando dinero”.

En esta díada, el delincuente diseña una trampa perfectamente adaptada a los sesgos cognitivos de la víctima. No hay víctima al azar; hay una víctima cuyo perfil psicológico fue meticulosamente estudiado.

Del Estudio del Vínculo a la Aplicación Forense: La Prevención

Comprender esta relación tiene una aplicación práctica directa en el diseño de estrategias de prevención del delito. La prevención tradicional se ha centrado en el espacio físico (alarmas, policía) y en el delincuente (reinserción). La perspectiva victimológica nos da la tercera pata del taburete: la reducción de la vulnerabilidad de la víctima.

No se trata de dictar a la gente cómo debe vivir, sino de dotarla de herramientas psicológicas. Los programas de prevención más vanguardistas incluyen:

  • Entrenamiento en asertividad y detección de manipulación: Para que las personas reconozcan las señales del «grooming» y sepan poner límites firmes.
  • Reducción de la victimización secundaria: Formar a policías, jueces y sanitarios en psicología de la víctima para que su intervención no añada más trauma. Una entrevista forense mal realizada puede consolidar un recuerdo traumático.
  • Educación sobre sesgos cognitivos: Enseñar, especialmente a los ancianos, cómo funcionan las estafas de autoridad y escasez para crear una «alarma mental» que salte automáticamente.

Conclusión: La Complejidad Humana ante el Delito

La psicología de la relación víctima-delincuente nos invita a un profundo ejercicio de humildad intelectual. Nos muestra que la línea entre el bien y el mal, entre el perpetrador y el dañado, no siempre es un abismo infranqueable, sino a veces una zona gris tejida con miedo, manipulación y vulnerabilidad. Entender esta danza macabra no es un gesto de empatía hacia el criminal, sino un acto de justicia radical hacia la víctima, a quien dejamos de simplificar para empezar a comprender en toda su complejidad humana.

Ignorar la interacción es querer resolver un tango analizando a un solo bailarín. La ciencia psicológica, en su mejor versión, nos da la música completa, y con ella, la posibilidad de interrumpir la danza antes de que cobre otra víctima más.


Resultados de Aprendizaje

Después de leer detenidamente este artículo, deberías haber adquirido los siguientes conocimientos y competencias:

  1. Definir y diferenciar las tipologías victimales clásicas: Puedes explicar con ejemplos la escala de culpabilidad de Benjamin Mendelsohn y las categorías de predisposición victimógena de Hans von Hentig.
  2. Describir el proceso de victimización: Eres capaz de enumerar y explicar las fases del proceso interactivo, desde la selección de la víctima hasta la revictimización secundaria institucional.
  3. Analizar los mecanismos psicológicos extremos: Comprendes la base neuropsicológica del Síndrome de Estocolmo como estrategia de supervivencia y de la Indefensión Aprendida como colapso motivacional en contextos de maltrato crónico.
  4. Aplicar el conocimiento a la prevención: Puedes argumentar cómo el estudio del lenguaje no verbal, la ingeniería social en estafas y la formación en asertividad son herramientas clave para reducir las oportunidades delictivas sin caer en la culpabilización de la víctima.
  5. Desmontar el mito de la víctima pasiva: Has interiorizado que el delito, especialmente el interpersonal, es un fenómeno de interacción dinámica donde la comprensión del vínculo es esencial para un abordaje psicológico y judicial completo.

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Rodrigo Ricardo Editor y fundador