¿Qué fue la Guerra de la Oreja de Jenkins? (1739–1748)

Rodrigo Ricardo Publicado el 18 agosto, 2025 9 minutos y 43 segundos de lectura

Introducción a un conflicto poco recordado pero fundamental

La Guerra de la Oreja de Jenkins (1739–1748) constituye uno de esos episodios históricos que, aunque en apariencia anecdóticos, tuvieron un impacto profundo en la política y la economía del siglo XVIII. Su nombre, llamativo y hasta pintoresco, se debe a un incidente ocurrido en 1731, cuando un guardacostas español mutiló a un capitán británico llamado Robert Jenkins, cortándole una oreja como escarmiento por supuestas actividades de contrabando.

Ese suceso, presentado años más tarde ante el Parlamento británico, fue utilizado como pretexto para justificar un enfrentamiento militar de mayores dimensiones entre el Imperio Británico y la Monarquía Hispánica. Sin embargo, más allá de la anécdota, el conflicto estuvo profundamente ligado a la competencia económica en el Caribe y el Atlántico, a las tensiones coloniales y al auge del comercio transoceánico en una era de expansión imperial.

Para comprender adecuadamente este conflicto debemos analizar no solo el incidente que le da nombre, sino también los factores políticos, económicos y sociales que lo hicieron posible. La Guerra de la Oreja de Jenkins no puede entenderse de manera aislada, sino como parte de una cadena de guerras imperiales que marcaron el siglo XVIII, caracterizado por una competencia feroz entre potencias europeas por el control de rutas marítimas, colonias y riquezas. Su desarrollo militar, aunque a menudo eclipsado por la posterior Guerra de Sucesión Austríaca, refleja la importancia del Caribe como escenario estratégico y como punto de fricción entre imperios.


El origen del conflicto: comercio, contrabando y rivalidades coloniales

El origen de la Guerra de la Oreja de Jenkins está profundamente relacionado con el comercio colonial y las tensiones económicas entre España y Gran Bretaña. Desde el siglo XVI, la Monarquía Hispánica había intentado mantener un monopolio comercial en América, restringiendo el acceso de otras potencias a sus colonias mediante un sistema de flotas y puertos controlados.

Sin embargo, el crecimiento del poder naval británico y el interés de sus comerciantes en las riquezas americanas chocaban de manera constante con esas restricciones. En el marco del Tratado de Utrecht (1713), que puso fin a la Guerra de Sucesión Española, Gran Bretaña obtuvo ciertas concesiones comerciales, entre ellas el célebre Asiento de Negros, que le otorgaba el derecho a suministrar esclavos africanos a las colonias hispanoamericanas. También se le permitió enviar un “navío de permiso” anual para comerciar con productos en la región.

No obstante, en la práctica, estas concesiones fueron insuficientes para las ambiciones británicas. Muchos comerciantes ingleses recurrieron al contrabando, introduciendo mercancías en América sin pagar los impuestos debidos a la Corona española. Para controlar estas prácticas, España reforzó la actividad de los guardacostas, que tenían autorización para inspeccionar embarcaciones sospechosas y, en caso de encontrar pruebas de contrabando, confiscar la carga e incluso detener a la tripulación.

Estos enfrentamientos entre guardacostas y comerciantes británicos se multiplicaron a lo largo de la primera mitad del siglo XVIII, alimentando la tensión diplomática. Fue en este contexto donde se produjo el famoso incidente con Robert Jenkins, que terminaría simbolizando la causa británica contra los abusos españoles en el mar.


El incidente de Robert Jenkins y la manipulación política

En 1731, mientras navegaba cerca de las costas de la Florida, el capitán escocés Robert Jenkins, al mando de la nave británica Rebecca, fue interceptado por un guardacostas español comandado por Juan de León Fandiño. Según los testimonios británicos, los españoles lo acusaron de contrabando, lo maltrataron y, como advertencia, le cortaron una oreja con su espada, diciéndole que podía mostrarla a su rey.

Este episodio, aunque inicialmente no tuvo repercusión internacional, fue retomado años más tarde por políticos británicos que buscaban un motivo para presionar a España y justificar una declaración de guerra. En 1738, Jenkins fue llevado ante el Parlamento británico y mostró, según las crónicas, su oreja conservada en un frasco. La imagen fue impactante y explotada con fines propagandísticos.

El contexto político interno en Gran Bretaña explica por qué un incidente aparentemente menor se convirtió en un casus belli. El gobierno del primer ministro Robert Walpole se encontraba bajo presión de los sectores más beligerantes, que exigían una postura firme frente a España. Estos grupos, vinculados a comerciantes, armadores y parlamentarios interesados en ampliar el comercio colonial, veían en el incidente de Jenkins la oportunidad de movilizar la opinión pública y alimentar un sentimiento de agravio nacional. Walpole, inicialmente reacio a entrar en guerra, acabó cediendo a las presiones y en 1739 Gran Bretaña declaró oficialmente la guerra a España.


Desarrollo militar en el Caribe y el Atlántico

La Guerra de la Oreja de Jenkins tuvo como escenario principal el Caribe, aunque también se extendió al Atlántico y a la costa de América del Sur. Desde el inicio, Gran Bretaña buscó golpear los principales puertos españoles en las Antillas para debilitar su capacidad defensiva y apoderarse de enclaves estratégicos.

En 1739, los británicos lanzaron ataques contra Portobelo (Panamá), un puerto fundamental para el comercio de la plata procedente de Perú. La expedición, dirigida por el almirante Edward Vernon, logró una resonante victoria que fue celebrada en Londres como un gran triunfo naval. Sin embargo, esta fue una excepción, ya que la mayoría de las operaciones posteriores resultaron desastrosas.

Uno de los episodios más significativos fue el sitio de Cartagena de Indias (1741), en la actual Colombia. Allí, una enorme flota británica compuesta por más de 180 barcos y cerca de 25.000 hombres intentó tomar la ciudad, defendida por las fuerzas españolas bajo el mando de Blas de Lezo, un marino vasco de gran prestigio.

A pesar de la superioridad numérica británica, la resistencia española y las enfermedades tropicales diezmaron a los invasores, obligándolos a retirarse tras sufrir enormes pérdidas. La derrota en Cartagena fue un duro golpe para las aspiraciones británicas y consolidó la fama de Blas de Lezo como uno de los grandes estrategas navales de su tiempo.


La dimensión europea y la conexión con la Guerra de Sucesión Austríaca

Aunque en un principio la Guerra de la Oreja de Jenkins fue un enfrentamiento bilateral entre España y Gran Bretaña, rápidamente se vio absorbida por un conflicto de mayor escala: la Guerra de Sucesión Austríaca (1740–1748). Este conflicto europeo enfrentó a varias potencias por la herencia de los dominios de los Habsburgo tras la muerte del emperador Carlos VI. En este marco, las hostilidades entre británicos y españoles se entrelazaron con las alianzas europeas, ampliando el teatro de operaciones a escenarios en Italia y el Mediterráneo.

La participación española se orientó en parte a proteger sus intereses en Italia, donde buscaba recuperar territorios perdidos en guerras anteriores, mientras que los británicos se involucraron en la defensa de aliados como Austria. Así, la Guerra de la Oreja de Jenkins perdió progresivamente su carácter autónomo y se integró en una guerra mucho más amplia que duró hasta 1748.

Al final, los acuerdos de paz firmados en el Tratado de Aquisgrán no alteraron de manera significativa la situación previa en América, lo que deja en evidencia que, pese a la violencia y las pérdidas humanas, el conflicto no produjo cambios territoriales sustanciales en el Caribe.


Consecuencias políticas, económicas y sociales

Las consecuencias de la Guerra de la Oreja de Jenkins fueron diversas y deben analizarse en diferentes niveles. Para España, el conflicto supuso un desafío importante a su dominio en América, pero también una demostración de la capacidad defensiva de sus plazas fortificadas, como Cartagena de Indias. La victoria frente a la mayor flota británica enviada hasta entonces reforzó el prestigio de la Monarquía Hispánica y de sus comandantes militares. Sin embargo, el comercio legal continuó siendo objeto de tensiones, y el contrabando siguió prosperando.

Para Gran Bretaña, la guerra fue un recordatorio de las dificultades de operar en escenarios tropicales y de la resistencia de las defensas españolas. Aunque obtuvo victorias puntuales como la de Portobelo, el balance general fue decepcionante, y muchos críticos señalaron los errores estratégicos y logísticos. A nivel interno, el conflicto debilitó al gobierno de Walpole, que finalmente dimitió en 1742. Desde una perspectiva global, la guerra subraya cómo el Caribe se convirtió en un espacio decisivo para las potencias europeas, anticipando futuros enfrentamientos coloniales en los siglos XVIII y XIX.

Socialmente, el conflicto también dejó huellas en las poblaciones locales del Caribe, donde los enfrentamientos interrumpieron el comercio y provocaron la movilización de tropas, con consecuencias en la vida cotidiana de criollos, indígenas y afrodescendientes que vivían en la región.


La memoria histórica de la Guerra de la Oreja de Jenkins

A pesar de su importancia en el siglo XVIII, la Guerra de la Oreja de Jenkins ha sido en gran medida olvidada en la memoria colectiva. Parte de ello se debe a que quedó subsumida dentro de la más amplia Guerra de Sucesión Austríaca, lo que relegó su protagonismo. Sin embargo, episodios como la defensa de Cartagena de Indias han sobrevivido como símbolos de resistencia heroica.

En Colombia, la figura de Blas de Lezo es recordada como un héroe nacional, mientras que en Gran Bretaña el conflicto suele mencionarse más por el anecdotario de la oreja mutilada que por sus consecuencias geopolíticas. El estudio de esta guerra nos invita a reflexionar sobre cómo los conflictos internacionales no siempre se recuerdan por sus resultados objetivos, sino por los relatos simbólicos que construyen las naciones.

La imagen de Jenkins mostrando su oreja, aunque probablemente exagerada, funcionó como un catalizador emocional para movilizar a la opinión pública británica. Del mismo modo, la victoria española en Cartagena se transformó en un mito fundacional que reforzó la identidad local frente a las amenazas externas.


Conclusión: la importancia de un conflicto singular

En conclusión, la Guerra de la Oreja de Jenkins fue mucho más que una anécdota curiosa de la historia. Constituyó un enfrentamiento real entre dos imperios que competían por el control del comercio y de los territorios en el Caribe.

Aunque no alteró de forma sustancial el mapa colonial, sí reflejó las tensiones inherentes a la expansión europea y al sistema mercantilista que dominaba la época. También dejó un legado en la memoria histórica, tanto por el valor simbólico de la defensa de Cartagena como por la capacidad de un pequeño incidente para desencadenar un conflicto internacional.

Entender esta guerra nos ayuda a comprender mejor el siglo XVIII, un periodo marcado por la constante rivalidad entre potencias imperiales y por la importancia del mar como escenario de poder. Asimismo, ofrece una lección sobre cómo los intereses económicos, la propaganda política y los símbolos pueden entrelazarse para dar lugar a episodios bélicos que, aunque aparentemente menores, forman parte de la compleja red de acontecimientos que definieron la historia global.

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