El Partido Radical y el caso Estraperlo: corrupción y crisis política

Rodrigo Ricardo Publicado el 18 agosto, 2025 10 minutos y 44 segundos de lectura

El Partido Radical en la Segunda República

El Partido Radical fue una de las formaciones políticas más influyentes en los primeros años de la Segunda República Española, especialmente bajo el liderazgo de Alejandro Lerroux. Se trataba de un partido que, en sus orígenes, había representado un republicanismo anticlerical y de carácter progresista, pero que con el tiempo derivó hacia posiciones más moderadas, situándose en el centro-derecha del espectro político. Este cambio ideológico no fue casual, sino el reflejo de las tensiones de la España de los años treinta: un país polarizado, en el que las fuerzas de izquierda y derecha se enfrentaban de manera cada vez más radical. Dentro de este escenario, el Partido Radical se convirtió en una especie de bisagra política, capaz de colaborar tanto con la izquierda como con la derecha, aunque en la práctica terminó gobernando aliado con la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA).

El problema fundamental del Partido Radical fue que, pese a su relevancia, nunca llegó a consolidar una base social fuerte y estable. Su poder dependía en gran medida de la figura de Lerroux y de los pactos que lograba alcanzar en el Parlamento. Esta debilidad estructural hizo que el partido fuese especialmente vulnerable a las críticas y, sobre todo, a los escándalos de corrupción. En este contexto aparece el famoso caso Estraperlo, que estalló en 1935 y marcó un antes y un después en la historia de la República. Se trataba de un asunto aparentemente trivial —un juego de ruleta eléctrica que buscaba autorización para operar en España—, pero que se transformó en un auténtico terremoto político al destaparse que varios dirigentes radicales habían recibido sobornos para favorecer su legalización.

Comprender el impacto del caso Estraperlo exige analizar no solo el propio escándalo, sino también la evolución del Partido Radical, la figura de Lerroux y la creciente desconfianza hacia el sistema republicano. A lo largo de esta lección veremos cómo un episodio de corrupción, en apariencia menor, se convirtió en símbolo de la descomposición política y de la crisis moral de una República que se encaminaba, inexorablemente, hacia la Guerra Civil.


El Partido Radical y Alejandro Lerroux: de la esperanza a la desconfianza

Alejandro Lerroux fue, sin duda, la gran figura del Partido Radical. Apodado en su juventud el “Emperador del Paralelo” por su oratoria combativa en los barrios populares de Barcelona, Lerroux había sido un político de discurso incendiario, anticlerical y profundamente crítico con la monarquía y la oligarquía. Durante los primeros años del siglo XX, su figura estuvo asociada a un republicanismo de masas, que prometía regeneración política y social. Sin embargo, con la llegada de la Segunda República en 1931, Lerroux y su partido evolucionaron hacia posturas mucho más pragmáticas, buscando ocupar un espacio de centro que les permitiera ser árbitros de la vida política.

Este giro tuvo consecuencias profundas. El Partido Radical pasó de ser visto como una fuerza transformadora a convertirse en un partido marcado por el oportunismo. Su alianza con la CEDA durante el bienio radical-cedista (1933-1935) consolidó esta percepción. Mientras la CEDA representaba a los sectores conservadores, católicos y agrarios, el Partido Radical servía de socio moderado, encargado de gestionar los ministerios y dar estabilidad parlamentaria. Lerroux asumió varias veces la presidencia del Consejo de Ministros, pero su liderazgo se fue desgastando debido a su incapacidad para contentar a unos y otros, y por la creciente percepción de que su partido se había convertido en una maquinaria burocrática y clientelar.

El escándalo del Estraperlo golpeó directamente a esta imagen. Para muchos españoles, Lerroux pasó de ser un político combativo y popular a simbolizar la corrupción, el favoritismo y el descrédito de la política republicana. El caso no solo destruyó la credibilidad del Partido Radical, sino que también puso en evidencia el deterioro de la República como régimen democrático. La población, cansada de la inestabilidad, veía cómo los partidos que prometían regeneración caían en los mismos vicios que habían criticado en la monarquía. Este cambio en la percepción pública de Lerroux y del radicalismo fue clave para comprender por qué, a partir de 1935, la República entró en un estado de crisis irreversible.


El origen del caso Estraperlo: ruletas, sobornos y favores políticos

El caso Estraperlo debe su nombre a una combinación de apellidos: los de Strauss y Perlowitz, empresarios de origen judío que introdujeron en España una ruleta eléctrica que pretendía sustituir a las tradicionales en los casinos. La novedad tecnológica del juego parecía atractiva y, en principio, no tendría por qué haber supuesto un problema. Sin embargo, en una España donde los juegos de azar estaban prohibidos, los empresarios necesitaban obtener una autorización gubernamental para legalizar su negocio. Fue en ese proceso cuando comenzaron las irregularidades que acabarían desencadenando el escándalo.

Strauss y Perlowitz buscaron contactos dentro del Partido Radical para conseguir la autorización. Pronto se supo que varios dirigentes radicales habían aceptado sobornos para favorecer el proyecto. Entre los implicados destacó Juan Pich y Pon, un dirigente muy cercano a Lerroux, y el propio hijo adoptivo de Lerroux, que fue acusado de haber intercedido a cambio de dinero. El problema no era únicamente la existencia de un soborno, sino el hecho de que se evidenciaba la utilización de la política para fines privados y el enriquecimiento de personas cercanas al poder. La palabra “Estraperlo” se convirtió en sinónimo de corrupción, clientelismo y abuso de poder.

El escándalo salió a la luz en 1935, justo en un momento crítico para la República. El bienio radical-cedista ya había provocado gran descontento entre los sectores obreros y campesinos, especialmente tras la represión de la Revolución de Octubre de 1934. Cuando el caso se conoció, se reforzó la idea de que el sistema estaba corrompido desde dentro. La opinión pública reaccionó con indignación, los partidos de izquierda aprovecharon la situación para denunciar la inmoralidad de sus adversarios, y la derecha observó con satisfacción cómo se debilitaba el principal socio que les había dado estabilidad en el Parlamento. El Partido Radical, ya frágil y sin una base social sólida, comenzó entonces a desmoronarse de manera acelerada.


La reacción de la opinión pública y la prensa: del escándalo al desprestigio

Uno de los elementos más importantes para comprender la magnitud del caso Estraperlo fue la reacción de la prensa y de la opinión pública. En los años treinta, los periódicos desempeñaban un papel central en la formación de la opinión política. Cuando la noticia del escándalo se filtró, los diarios de izquierda no tardaron en amplificarla, presentando el caso como la prueba definitiva de la corrupción del Partido Radical. Titulares, editoriales y caricaturas ridiculizaban a Lerroux y a sus colaboradores, retratándolos como oportunistas dispuestos a vender la legalidad republicana a cambio de unos cuantos favores.

La derecha, por su parte, se encontró en una situación ambivalente. La CEDA, aliada de los radicales, observaba cómo se debilitaba su socio de gobierno, lo que podía ser perjudicial en términos de estabilidad política. Sin embargo, también entendió que el descrédito del Partido Radical abría nuevas oportunidades para ampliar su influencia y presentarse como la verdadera alternativa de orden frente a la corrupción de los partidos republicanos. Por este motivo, la prensa conservadora fue más cauta, pero tampoco defendió de manera entusiasta a los radicales.

Para la ciudadanía, el caso Estraperlo supuso la confirmación de lo que muchos ya sospechaban: que la República no había logrado regenerar la política, sino que había reproducido los mismos vicios del caciquismo y la corrupción que habían caracterizado al régimen monárquico. Esta percepción de fracaso moral fue devastadora. Los partidos republicanos, que habían llegado al poder con promesas de honestidad y modernización, se vieron envueltos en un escándalo que los desacreditaba. El resultado fue un aumento del desencanto, del abstencionismo y, al mismo tiempo, de la radicalización de quienes pensaban que solo una transformación profunda, ya fuese desde la revolución o desde el autoritarismo, podía salvar a España de su crisis.


Consecuencias políticas: la caída del Partido Radical y la crisis de 1935

El impacto del caso Estraperlo en la política española fue inmediato y demoledor. El Partido Radical, que hasta ese momento había sido uno de los pilares de la coalición parlamentaria, se derrumbó como un castillo de naipes. La implicación de dirigentes cercanos a Lerroux, junto con la imagen de corrupción generalizada, provocó que el partido perdiera la confianza de gran parte de sus votantes y, lo que era más grave, de sus propios aliados. La CEDA, que había mantenido su apoyo a los radicales, aprovechó la ocasión para distanciarse y ganar más influencia en el gobierno.

La crisis de 1935 no se limitó a la caída del Partido Radical. El escándalo se sumó a otros problemas, como el llamado caso Nombela, otro episodio de corrupción que afectó al ministerio de Gobernación. En conjunto, estos acontecimientos dieron la impresión de que el sistema republicano estaba completamente carcomido por la inmoralidad y la ineficacia. El presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, consciente de la gravedad de la situación, decidió disolver las Cortes y convocar nuevas elecciones. De esta manera, el escándalo del Estraperlo se convirtió en un detonante directo de la convocatoria electoral de 1936.

La consecuencia más inmediata fue la desaparición del Partido Radical como fuerza política relevante. En las elecciones de febrero de 1936, el partido obtuvo resultados insignificantes, quedando relegado a la irrelevancia. Alejandro Lerroux, que había sido una de las figuras más destacadas del republicanismo español, quedó marcado para siempre por el escándalo. La corrupción no solo había destruido un partido, sino que había dejado a la República sin un centro político moderado capaz de actuar como contrapeso entre izquierda y derecha. El vacío que dejó el radicalismo contribuyó al proceso de polarización que desembocó en la victoria del Frente Popular y, pocos meses después, en el estallido de la Guerra Civil.


Conclusión: el caso Estraperlo como símbolo de la crisis republicana

El caso Estraperlo fue mucho más que un simple escándalo de corrupción. Representó el derrumbe moral de una clase política que había llegado al poder con la promesa de regenerar España, pero que terminó envuelta en los mismos vicios que había criticado en la monarquía. El Partido Radical, bajo el liderazgo de Lerroux, pasó de ser una fuerza de esperanza a convertirse en sinónimo de corrupción y clientelismo. Su desaparición no solo marcó el fin de una etapa política, sino que dejó a la República sin una alternativa moderada, abriendo el camino a la radicalización y al enfrentamiento abierto entre bloques irreconciliables.

Desde una perspectiva histórica, el caso Estraperlo nos enseña que los escándalos de corrupción no son únicamente problemas morales, sino también políticos e institucionales. Minan la confianza de los ciudadanos, debilitan a los partidos y pueden desencadenar crisis de gran envergadura. En la España de los años treinta, el Estraperlo simbolizó el agotamiento del sistema republicano y contribuyó a acelerar su descomposición. No es casual que, tras su estallido, la República entrara en una espiral de inestabilidad que culminó en la Guerra Civil.

En definitiva, el caso Estraperlo no fue solo una anécdota pintoresca sobre una ruleta eléctrica y unos sobornos. Fue el reflejo de un país dividido, en el que las instituciones democráticas no lograron consolidarse, y donde la corrupción actuó como catalizador de un desencanto generalizado. La caída del Partido Radical y el desprestigio de Lerroux forman parte de esa historia trágica de la Segunda República, que todavía hoy nos ofrece lecciones sobre la importancia de la ética pública y la fragilidad de las democracias cuando la confianza ciudadana se ve quebrada.

Rodrigo Ricardo
Rodrigo Ricardo Editor y fundador