En pleno corazón de Buenos Aires, entre el aire solemne de los ministerios y la mirada imponente de los próceres, se alza una figura que irrumpe en el paisaje con fuerza y sentido histórico: el Monumento a Juana Azurduy de Padilla. No es una escultura más dentro del repertorio de homenajes nacionales; es, en realidad, una declaración política, cultural y simbólica. Representa a una mujer que no solo empuñó armas por la independencia, sino que también desafió las jerarquías de su tiempo: las de género, las coloniales y las sociales.
El monumento, inaugurado en 2015 frente al Centro Cultural Kirchner (CCK), no solo recupera la figura de una heroína latinoamericana olvidada por siglos, sino que también reabre un debate profundo sobre la memoria, el lugar de las mujeres en la historia y la identidad regional. Su existencia misma —su emplazamiento, su financiamiento, su posterior traslado y controversia— constituye una crónica apasionante de cómo las sociedades reinterpretan su pasado.
Comprender la historia de este monumento implica ir más allá de la piedra y el bronce: es adentrarse en las disputas simbólicas de la Argentina contemporánea, en los diálogos entre arte y política, y en la necesidad de revisar quiénes son los verdaderos protagonistas de la independencia latinoamericana.
Juana Azurduy: la mujer detrás del símbolo
Orígenes y contexto histórico

Juana Azurduy de Padilla nació en Chuquisaca (actual Sucre, Bolivia) en 1780, en tiempos en que el Alto Perú formaba parte del Virreinato del Río de la Plata. Hija de una familia mestiza, creció en una sociedad profundamente jerárquica, donde el linaje y el color de la piel determinaban el destino de las personas. Desde joven, Azurduy se destacó por su espíritu rebelde, su inteligencia y su deseo de libertad.
Su educación, inicialmente en un convento, fue interrumpida por su carácter indómito. Al casarse con Manuel Ascencio Padilla, un criollo comprometido con las ideas independentistas, Juana se sumergió de lleno en las luchas revolucionarias que comenzaron a estallar en todo el continente a partir de 1810.
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La guerrillera de la independencia
Entre 1810 y 1825, Juana Azurduy se convirtió en una líder militar de enorme prestigio. Participó activamente en la guerra por la independencia del Alto Perú, liderando cientos de hombres y mujeres indígenas y mestizos conocidos como “los leales” o “los republiquetas”. Su conocimiento del terreno y su carisma la convirtieron en una figura temida por las tropas realistas.
Uno de los episodios más recordados fue su participación en la toma de Cerro Rico de Potosí, donde se distinguió por su valentía al arrebatar banderas al enemigo. En reconocimiento, el general Manuel Belgrano —quien admiraba profundamente su coraje— le obsequió su propia espada, símbolo máximo de confianza y respeto militar.
Con el paso de los años, Azurduy perdió casi todo: su marido, sus hijos y su fortuna. Sin embargo, nunca abandonó la causa de la independencia. Murió en 1862 en la pobreza, olvidada por el Estado que había ayudado a liberar. Solo mucho tiempo después, su figura sería rescatada del silencio.
El rescate de una heroína olvidada
Durante gran parte del siglo XIX y XX, la historia oficial argentina y boliviana se centró en los próceres varones: San Martín, Belgrano, Bolívar, Sucre. Las mujeres quedaron relegadas a papeles secundarios o simbólicos. No fue sino hasta finales del siglo XX que el nombre de Juana Azurduy comenzó a reaparecer en libros escolares, homenajes y producciones culturales.
Su reivindicación fue impulsada especialmente por los movimientos feministas y por sectores que buscaban reconstruir una memoria latinoamericana más inclusiva y diversa, donde las mujeres indígenas y mestizas también fueran reconocidas como protagonistas. Este proceso culminaría, décadas después, en el homenaje escultórico más grande que se le haya dedicado: el Monumento a Juana Azurduy de Padilla.
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El proyecto del monumento: arte, política y memoria compartida
El nacimiento de una idea
La iniciativa de erigir un monumento a Juana Azurduy surgió a comienzos de la década de 2010, impulsada por los gobiernos de Argentina y Bolivia. En 2013, la entonces presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner y su par boliviano Evo Morales acordaron rendir homenaje conjunto a la heroína altoperuana como símbolo de unidad latinoamericana y de la lucha de los pueblos originarios por su independencia.
La elección de Azurduy no fue casual. Representaba una figura transnacional, una mujer nacida en territorio boliviano que combatió junto a los ejércitos del Río de la Plata. Su historia encarnaba el ideal de la Patria Grande: una América Latina unida, soberana y solidaria.
El proyecto contó con un financiamiento significativo: Bolivia donó un millón de dólares para la construcción del monumento, como gesto de gratitud y hermandad entre ambos pueblos. La obra fue encomendada al reconocido artista argentino Andrés Zerneri, quien ya se había destacado por su escultura de bronce de Ernesto “Che” Guevara en la ciudad de Rosario.
El proceso de creación y el simbolismo de la escultura
1. El artista detrás de la obra: Andrés Zerneri

El escultor Andrés Zerneri (Buenos Aires, 1972) es conocido por su compromiso social y su enfoque artístico orientado a los valores colectivos. Antes de embarcarse en el monumento de Juana Azurduy, Zerneri ya había logrado notoriedad con el Monumento al Che Guevara en Rosario (2008), una escultura realizada con metal donado por miles de personas, en un proceso comunitario que buscó democratizar el arte y el homenaje histórico.
La elección de Zerneri para el nuevo proyecto no fue casual: se buscaba un artista capaz de transmitir la fuerza, el heroísmo y la dimensión popular de Azurduy, pero también de reflejar la perspectiva contemporánea sobre el rol de las mujeres en la historia. El escultor aceptó el desafío con una premisa clara: “No hacer un monumento de mármol frío, sino una figura viva, hecha del mismo bronce que los pueblos.”
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2. Un proceso colectivo y continental
El Monumento a Juana Azurduy fue concebido como una obra participativa y simbólicamente continental. Al igual que en el caso del Che, Zerneri impulsó una campaña para recolectar metal donado por ciudadanos de toda América Latina, que luego sería fundido para dar vida a la escultura.
El proyecto involucró talleres, conferencias y actividades educativas en escuelas, donde se debatió el legado de Azurduy y su relevancia actual. De ese modo, el monumento no fue solo una obra artística, sino también una herramienta pedagógica y de memoria colectiva.
La escultura fue fundida en talleres del barrio porteño de Palermo, con la colaboración de más de veinte técnicos y artesanos. Cada etapa —desde el modelado hasta el vaciado del bronce— fue documentada y difundida públicamente, reforzando la idea de una obra abierta y compartida.
3. Dimensiones y materiales
El monumento fue concebido para impresionar no solo por su tamaño, sino por su expresividad. Mide 25 metros de altura y pesa unas 25 toneladas, convirtiéndose en una de las esculturas de bronce más grandes de América del Sur.
Representa a Juana Azurduy en una pose dinámica y combativa: empuñando una espada con la mano derecha y sosteniendo una bandera en la izquierda, mientras su cabello y su vestimenta parecen ondear al viento. A sus pies se insinúan elementos naturales, como rocas y raíces, que simbolizan su conexión con la tierra y los pueblos originarios.
El uso del bronce reciclado —fundido a partir de objetos cotidianos donados— refuerza la idea de una unidad latinoamericana forjada por múltiples manos. La superficie rugosa del material, lejos de buscar la perfección clásica, evoca la dureza de la lucha, las cicatrices del tiempo y la resistencia.
4. El simbolismo de la figura
El lenguaje visual de la escultura es profundamente político. Juana Azurduy aparece erguida, poderosa, sin temor, a diferencia de las representaciones tradicionales que suelen mostrar a las mujeres en actitudes pasivas o maternales. Zerneri quiso representar una mujer guerrera, campesina e insurgente, con el rostro mestizo y rasgos indígenas, en un acto de reivindicación de las raíces olvidadas del continente.
El pedestal sobre el que se alza la escultura está decorado con relieves que narran episodios de su vida: la lucha junto a Manuel Padilla, la defensa del Alto Perú, la vida familiar truncada por la guerra. Cada relieve funciona como una página de bronce de la historia latinoamericana.
Más allá de su dimensión estética, el monumento encarna una reparación simbólica: por siglos, el canon patriótico argentino y boliviano invisibilizó a las mujeres. Colocar a Juana Azurduy en el centro de Buenos Aires —en un espacio antes ocupado por un conquistador europeo— fue una decisión con un poderoso mensaje.
La ubicación y la controversia: del Colón al CCK
1. Un lugar cargado de historia
El monumento fue originalmente emplazado detrás de la Casa Rosada, donde hasta 2013 se erigía una estatua de Cristóbal Colón, donada por la comunidad italiana en 1921. Aquella obra, diseñada por el escultor Arnaldo Zocchi, representaba la herencia europea y la mirada colonial del siglo XX. Su presencia, dominante en la Plaza Colón, había sido por décadas un símbolo del vínculo entre Argentina y Europa.
La decisión del gobierno argentino de retirar la estatua de Colón y reemplazarla por la de Juana Azurduy fue, por tanto, mucho más que una elección estética: fue una relectura política de la memoria nacional. El cambio de monumento implicó también un cambio de paradigma: del homenaje al conquistador al homenaje a la libertadora.
2. Las reacciones y el debate público
La iniciativa desató una intensa controversia. Algunos sectores —especialmente vinculados a asociaciones culturales italianas y a la oposición política— criticaron el traslado del monumento de Colón, calificándolo como un acto de “revisionismo ideológico”. Otros denunciaron la falta de consulta y la presunta pérdida patrimonial que implicaba desmontar una obra centenaria.
Por su parte, los defensores del nuevo monumento argumentaron que la historia debía reinterpretarse a la luz de los valores actuales y que Juana Azurduy representaba una visión más auténtica de la independencia y la identidad americana. El entonces presidente boliviano, Evo Morales, expresó durante la inauguración: “Hoy, la América morena recupera su lugar en la historia.”
3. Inauguración y significación política
El 15 de julio de 2015, en una ceremonia multitudinaria, se inauguró oficialmente el Monumento a Juana Azurduy de Padilla. Participaron las presidentas Cristina Fernández de Kirchner y Evo Morales, acompañados por ministros, artistas, delegaciones escolares y organizaciones sociales.
Durante el acto, se destacó la importancia de rescatar figuras femeninas y populares de la historia latinoamericana. Cristina Fernández señaló: “En tiempos en que se construyen muros, nosotros levantamos puentes de memoria. Juana Azurduy no conquistó, liberó.”
La fecha elegida no fue casual: coincidía con el Aniversario de la Revolución de La Paz de 1809, uno de los primeros movimientos emancipadores del Alto Perú. Así, la inauguración se convirtió en un homenaje conjunto a las raíces compartidas entre Argentina y Bolivia.
4. Deterioro y traslado
Sin embargo, la historia del monumento no terminó con su inauguración. Tras el cambio de gobierno en 2015, la escultura comenzó a sufrir problemas de mantenimiento y filtraciones en su base, debido a deficiencias en la obra civil. En 2017, se decidió trasladarla al Parque del Bajo, frente al Centro Cultural Kirchner (CCK), donde se encuentra actualmente.
El traslado también fue interpretado en clave política. Algunos críticos señalaron que la reubicación implicaba “borrar” el mensaje original, mientras que otros la consideraron una medida técnica necesaria para preservar la obra. En su nuevo emplazamiento, el monumento fue restaurado y reinaugurado en 2018, con un entorno más verde y accesible al público.
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