Un país entre la crisis y la dependencia
Cuando en 1933 se firmó el pacto Roca-Runciman entre la Argentina y el Reino Unido, el país se encontraba en un punto de inflexión. La crisis económica mundial de 1929 había golpeado duramente a las exportaciones argentinas, que dependían casi por completo del comercio con Gran Bretaña. Las cosechas y los frigoríficos, motores de la economía agroexportadora, enfrentaban un escenario adverso: la demanda internacional se contraía, los precios caían, y los países industrializados comenzaban a proteger sus mercados.
En ese marco, el gobierno argentino, encabezado por el general Agustín P. Justo y su vicepresidente Julio A. Roca (h), buscó asegurar el acceso de la carne argentina al mercado británico. Sin embargo, la firma del acuerdo con el ministro británico Walter Runciman no fue solo un tratado comercial. Se transformó en un símbolo de las relaciones desiguales entre la metrópoli industrial y su ex colonia económica, y despertó una intensa polémica política y mediática dentro del país.
La prensa argentina, dividida entre el apoyo al gobierno conservador y las voces nacionalistas o reformistas, jugó un papel crucial en la construcción de la opinión pública sobre el pacto. Sus editoriales, titulares y debates reflejaron la tensión entre el poder económico británico y la soberanía nacional, y pusieron en evidencia cómo los medios podían actuar como instrumentos de legitimación o de resistencia frente a los intereses externos.
Contexto histórico: la Argentina de la “Década Infame”
El escenario posterior al golpe de 1930
El golpe de Estado de 1930, encabezado por José Félix Uriburu, marcó el final del ciclo democrático iniciado en 1916 con Hipólito Yrigoyen. El nuevo régimen inauguró la llamada “Década Infame”, caracterizada por el fraude electoral, la corrupción política y la subordinación del Estado a los grandes intereses económicos.
Uriburu intentó instaurar un orden corporativista inspirado en el fascismo europeo, pero su breve gestión abrió el camino a una restauración conservadora bajo la presidencia de Agustín P. Justo (1932–1938). Este último, aliado con los grupos agroexportadores y el Partido Demócrata Nacional, buscó estabilizar la economía y reconstruir los vínculos con Gran Bretaña, el principal comprador de carne y cereales argentinos.
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El impacto de la crisis mundial
La Gran Depresión de 1929 afectó profundamente la economía argentina. El precio del trigo cayó más de un 50%, y las exportaciones de carne se redujeron drásticamente. Gran Bretaña, que había sido el principal socio comercial argentino, comenzó a aplicar políticas proteccionistas. En la Conferencia de Ottawa de 1932, el Imperio Británico estableció un sistema de preferencias imperiales: los países miembros del Commonwealth tendrían prioridad en el acceso al mercado británico.
La Argentina, fuera de ese bloque, temía perder su lugar privilegiado en las importaciones británicas de carne. Las autoridades argentinas interpretaron que, si no actuaban rápidamente, Australia, Nueva Zelanda o Canadá ocuparían ese espacio. En ese contexto, surgió la necesidad de negociar un acuerdo bilateral que asegurara la continuidad del comercio.
La estructura económica y la influencia británica
Desde fines del siglo XIX, el capital británico había sido un componente central de la economía argentina. Los ferrocarriles, los frigoríficos, las empresas de servicios públicos y la banca tenían participación mayoritaria británica. Esa presencia configuró una dependencia estructural: la Argentina exportaba alimentos e importaba manufacturas, mientras los beneficios del comercio se concentraban en los grandes estancieros y en las compañías extranjeras.
Cuando el comercio global se contrajo, el poder británico utilizó su posición para mantener sus privilegios en el país. Los diplomáticos y empresarios británicos presionaron al gobierno argentino para obtener concesiones fiscales y comerciales, en un contexto donde la necesidad de mantener el flujo de divisas justificaba casi cualquier concesión.
El pacto Roca-Runciman: contenido y características
Negociaciones y firma del acuerdo
El pacto Roca-Runciman fue firmado el 1º de mayo de 1933 en Londres, tras intensas negociaciones encabezadas por el vicepresidente Julio A. Roca (h) en representación de la Argentina, y por Walter Runciman, presidente del Board of Trade, en nombre del Reino Unido.
El objetivo declarado era garantizar la exportación de carne argentina al mercado británico. Sin embargo, los términos del tratado fueron ampliamente criticados por su asimetría en favor de los intereses británicos.
Principales cláusulas del acuerdo
El pacto establecía, entre otros puntos:
- El Reino Unido se comprometía a comprar a la Argentina un cuota fija del 85% de las importaciones de carne que había adquirido en 1932.
- Las empresas frigoríficas británicas (como Armour, Swift, Anglo, etc.) conservarían su posición dominante en el mercado argentino, con acceso preferencial a las cuotas de exportación.
- La Argentina, a su vez, debía mantener los privilegios de esas empresas, no aumentar los impuestos a los frigoríficos extranjeros y garantizar el libre giro de utilidades a Londres.
- Además, el Banco de Inglaterra ofrecía líneas de crédito para financiar las exportaciones argentinas, pero condicionadas a que los pagos de importaciones británicas fueran priorizados.
En la práctica, el acuerdo consagraba un régimen de dependencia económica, en el cual el país garantizaba sus ventas al precio de renunciar a su autonomía fiscal y comercial.
El debate político y la frase emblemática de Pinedo
Durante la presentación del acuerdo ante el Congreso Nacional, el ministro de Hacienda Federico Pinedo pronunció una frase que se volvió símbolo de la época:
“La Argentina es una parte integrante del Imperio Británico, aunque no de derecho, sí de hecho”.
Esa afirmación sintetizó el sentido del pacto: la subordinación de la política económica argentina a los intereses del capital británico, disfrazada de pragmatismo comercial.
Las reacciones inmediatas
El pacto generó una intensa polémica pública. Mientras el gobierno y la prensa conservadora lo presentaban como una victoria diplomática que aseguraba el trabajo rural y las exportaciones, los sectores nacionalistas, socialistas y radicales denunciaban una entrega de la soberanía económica.
El debate trascendió el ámbito político: la prensa se convirtió en el principal campo de batalla ideológica.
La prensa argentina frente al pacto: un espejo del poder
Los diarios como actores políticos
En la década de 1930, la prensa argentina tenía un papel fundamental en la formación de la opinión pública. No existía televisión y la radio aún era incipiente; por eso, los diarios y revistas eran el principal canal de información y debate político.
Los medios no eran neutrales: la mayoría estaba vinculada a grupos económicos o partidos políticos. La cobertura del pacto Roca-Runciman se convirtió en un caso paradigmático de cómo los medios reflejan y refuerzan intereses de clase.
Los medios conservadores: defensa del orden y la estabilidad
Los diarios La Nación y La Prensa, representantes de la elite agroexportadora, defendieron abiertamente el acuerdo. En sus editoriales de mayo y junio de 1933, se podía leer que el pacto “aseguraba la continuidad del comercio exterior” y “protegía los intereses legítimos del productor argentino”.
La Nación, tradicionalmente vinculada al Partido Conservador, sostenía que la política exterior debía ser “realista” y que, ante la crisis mundial, “no se podía romper con Inglaterra, nuestro mejor cliente”. El discurso enfatizaba la idea de la dependencia como necesidad, apelando al argumento del “mal menor”.
La Prensa, por su parte, adoptó una postura similar, destacando la “sabiduría y prudencia” del vicepresidente Roca. En su visión, el acuerdo era una muestra de madurez diplomática frente a la incertidumbre global.
Estas posiciones no eran inocentes. Ambos diarios estaban vinculados a sectores ganaderos y exportadores que dependían directamente de la estabilidad del mercado británico. En consecuencia, su defensa del pacto era también la defensa de su propio modelo económico.
La prensa crítica y la oposición política
1. “Crítica” y la voz del pueblo: la denuncia de la entrega
Si los grandes diarios conservadores defendieron el pacto Roca-Runciman como una necesidad inevitable, el diario Crítica, dirigido por Natalio Botana, se convirtió en el principal vocero de la oposición popular. Con su estilo sensacionalista, lenguaje directo y gran tirada nacional, Crítica representaba un nuevo tipo de periodismo: moderno, urbano, combativo y masivo.
Desde sus titulares, el periódico denunció el acuerdo como un acto de “sumisión a la oligarquía y al imperio británico”. Publicó caricaturas del vicepresidente Roca como un sir inglés, o del ministro Pinedo arrodillado ante la bandera británica. En sus páginas se podían leer frases como:
“Se ha firmado un pacto que reduce a la Argentina a la condición de colonia comercial.”
(Editorial de Crítica, 2 de mayo de 1933)
El diario enfatizaba que el acuerdo beneficiaba a los frigoríficos extranjeros y perjudicaba a los productores argentinos más pequeños. Con datos y testimonios, señalaba que el 85% de las exportaciones de carne quedaban bajo control de empresas anglo-norteamericanas, mientras los ganaderos locales recibían precios bajos.
El tono popular de Crítica logró movilizar la indignación de amplios sectores urbanos, especialmente clases medias y trabajadores, que empezaban a percibir que el Estado actuaba en favor de una minoría privilegiada.
2. “El Mundo” y el periodismo de masas ilustrado
Otro diario que jugó un papel importante fue El Mundo, propiedad de Editorial Haynes, una empresa con capitales mayoritariamente británicos, pero que paradójicamente mantuvo una línea editorial moderadamente crítica del pacto.
El Mundo, dirigido por Francisco Latzina y Alberto Haynes, combinaba la noticia política con secciones culturales, humorísticas y de interés general. Si bien no atacó abiertamente al gobierno, sí permitió publicar artículos y columnas de intelectuales reformistas como Raúl Scalabrini Ortiz o Arturo Jauretche, que denunciaban el poder del capital extranjero en los ferrocarriles y los frigoríficos.
En sus páginas se introdujo una idea que luego sería clave en la narrativa nacionalista: la de la “colonización económica”. Según esta visión, la Argentina no era una nación soberana en términos materiales, porque sus principales recursos —transportes, bancos, comercio exterior— estaban controlados por intereses extranjeros.
El lenguaje de El Mundo fue más analítico que el de Crítica, pero su impacto fue igualmente importante: educó a la clase media urbana en una conciencia económica nacional, cuestionando por primera vez de manera sistemática el modelo agroexportador dependiente.
3. El radicalismo y la denuncia parlamentaria
El Partido Radical, aún herido por la proscripción tras el golpe de 1930, encontró en el pacto una oportunidad para recuperar protagonismo. En el Congreso, Arturo Frondizi, Ricardo Rojas y Amadeo Sabattini, entre otros, denunciaron que el acuerdo violaba el principio de soberanía nacional.
Frondizi afirmó en uno de sus discursos:
“El pacto Roca-Runciman no es un tratado comercial: es un acto de vasallaje económico.”
El bloque radical utilizó los medios opositores, especialmente Crítica y La Época, para difundir su postura. Se organizaron mítines, conferencias y publicaciones en las que se detallaba cómo las cláusulas del tratado afectaban la política fiscal y limitaban la capacidad del Estado argentino para regular los frigoríficos.
La oposición también señalaba que el pacto favorecía el fraude electoral y la concentración económica: al garantizar los ingresos del sector exportador, el gobierno Justo podía sostener su poder político mediante redes clientelares financiadas con esos recursos.
4. La izquierda y el discurso antiimperialista
Los partidos socialistas y comunistas ofrecieron una crítica más estructural. Para ellos, el pacto no era un hecho aislado sino parte del imperialismo británico, que oprimía a las naciones periféricas a través del capital financiero.
El diario La Vanguardia, órgano del Partido Socialista, publicó análisis económicos detallados en los que explicaba cómo el acuerdo consolidaba el monopolio de los frigoríficos ingleses y estadounidenses, reducía la participación del Estado argentino y perpetuaba la desigualdad en el campo.
El Partido Comunista, por su parte, difundió panfletos y editoriales en publicaciones como Bandera Roja, denunciando al pacto como una alianza de la oligarquía local con el imperialismo extranjero. Estas posturas, aunque minoritarias en términos electorales, influenciaron el pensamiento nacionalista de la década siguiente.
5. El nacionalismo económico: el surgimiento de una nueva conciencia
De este clima de crítica y debate emergió un grupo de intelectuales jóvenes —Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Homero Manzi, Gabriel del Mazo— que más tarde integrarían el movimiento FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina).
Su lema, “Somos una Argentina colonial: queremos ser una Argentina libre”, resumía la herencia intelectual del conflicto generado por el pacto Roca-Runciman.
Scalabrini Ortiz publicó años después su célebre obra Política británica en el Río de la Plata, donde analizó cómo la diplomacia y la economía inglesa habían construido un sistema de dominación “invisible” sobre la estructura argentina.
El pacto de 1933, según él, fue el punto de máxima evidencia de esa dependencia.
En ese sentido, el debate periodístico de la época no solo fue una disputa coyuntural, sino el origen de una conciencia nacional antiimperialista, que marcaría a toda una generación de periodistas, escritores y políticos.
La prensa como escenario simbólico: caricaturas, humor e intelectuales
1. La sátira política: el poder del dibujo
Más allá de los editoriales y columnas, la caricatura política desempeñó un papel central en la interpretación del pacto. En un tiempo donde la imagen tenía tanto impacto como la palabra escrita, revistas como Caras y Caretas, Don Goyo o El Mosquito utilizaron el humor gráfico para representar la sumisión del poder argentino ante el británico.
Uno de los dibujos más reproducidos mostraba a Julio A. Roca (h) como un mayordomo que ofrecía una bandeja con bifes a un caballero inglés, mientras un pequeño gaucho observaba desde lejos con gesto de humillación.
Esa escena sintetizaba la sensación popular: el país productor se subordinaba a la potencia compradora.
El humor gráfico actuó como una forma de resistencia simbólica, capaz de llegar a lectores que no necesariamente leían editoriales políticos. Las caricaturas se convirtieron en un instrumento de educación política visual, que ponía en imágenes la desigualdad de poder entre ambas naciones.
2. Los intelectuales y la prensa cultural
La controversia también se trasladó al ámbito cultural. Escritores y ensayistas como Roberto Arlt, Jorge Luis Borges, Raúl Scalabrini Ortiz y Manuel Gálvez expresaron en la prensa literaria distintas visiones del fenómeno.
- Roberto Arlt, en sus célebres Aguafuertes porteñas publicadas en El Mundo, ironizó sobre la “diplomacia de las vacas” y la pasividad del pueblo frente a los intereses extranjeros.
- Borges, aunque distante de la política partidaria, criticó el servilismo cultural hacia Europa, anticipando el debate sobre la identidad nacional.
- Gálvez, desde un nacionalismo católico, veía el pacto como un signo de decadencia moral de la dirigencia argentina.
La prensa cultural de los años treinta se convirtió así en un espacio de reflexión sobre la soberanía, la identidad y la economía, donde los intelectuales comenzaron a cuestionar los fundamentos del orden oligárquico.
3. Las radios y la difusión del debate
Aunque todavía incipiente, la radio tuvo un rol emergente. Programas de comentarios políticos, como los conducidos por Jaime Yankelevich o Celedonio Pereda, discutían el tema del pacto en tono didáctico, acercando el debate a las clases populares.
Por primera vez, la discusión sobre una cuestión económica internacional trascendía los círculos académicos o parlamentarios y llegaba al ciudadano común.
Este fenómeno fue clave para la formación de una opinión pública nacional, que comenzaba a comprender que la economía no era un tema de élites sino una cuestión que afectaba la vida cotidiana de todos.
Las consecuencias económicas y políticas del pacto
1. Los efectos inmediatos en la economía argentina
En los meses siguientes a la firma del pacto, el gobierno de Agustín P. Justo celebró el acuerdo como un éxito diplomático. En apariencia, el convenio garantizaba que la carne argentina seguiría ingresando al mercado británico, evitando la exclusión comercial tras las políticas proteccionistas del Imperio.
Durante 1934 y 1935, las exportaciones se estabilizaron, y los sectores ganaderos más poderosos —especialmente los vinculados a la Sociedad Rural Argentina (SRA)— recuperaron parte de sus ingresos.
Sin embargo, los beneficios fueron altamente concentrados. Los pequeños y medianos productores quedaron relegados, ya que las cuotas de exportación fueron monopolizadas por los frigoríficos británicos y norteamericanos.
De hecho, el Frigorífico Anglo, propiedad del grupo británico Vestey Brothers, controlaba casi un 40% del total de las exportaciones de carne argentina.
El resultado fue que el Estado argentino no aumentó sus ingresos, ni mejoró su poder regulatorio. Por el contrario, el pacto reforzó la estructura de dependencia:
la Argentina seguía exportando productos primarios e importando bienes industriales, sin capacidad para modificar los términos del intercambio.
2. La consolidación de la “diplomacia de los frigoríficos”
Una de las consecuencias menos visibles, pero más profundas, fue el fortalecimiento de lo que algunos historiadores llamaron la “diplomacia de los frigoríficos”: un sistema en el cual las grandes empresas extranjeras condicionaban la política nacional a través de su peso económico y su influencia en la prensa.
Los frigoríficos no solo controlaban la producción, sino también el precio interno de la carne, la cadena de transporte y la comunicación política. Muchos medios recibían publicidad o apoyo financiero de estas empresas, lo que explicaba la defensa editorial del pacto en periódicos como La Nación o La Prensa.
Por ejemplo, las páginas de economía de La Nación entre 1933 y 1935 publicaban informes estadísticos elaborados por los propios frigoríficos, presentándolos como “fuentes oficiales”. Esto creaba un círculo informativo cerrado, donde el poder económico definía qué información era legítima y qué datos merecían ser difundidos.
Este fenómeno anticipó una problemática que persistiría durante todo el siglo XX: la influencia de los grandes grupos económicos sobre los medios de comunicación, una relación de dependencia que condicionaba la libertad de prensa bajo la apariencia de objetividad.
3. El desequilibrio comercial y financiero
En términos macroeconómicos, el pacto no resolvió la vulnerabilidad externa de la Argentina.
Aunque las exportaciones de carne se mantuvieron, el flujo de divisas fue absorbido por el pago de intereses de la deuda externa y por la remisión de utilidades de las empresas extranjeras, tal como lo garantizaba una de las cláusulas del tratado.
El Banco de Inglaterra supervisaba las operaciones financieras entre ambos países, y las reservas argentinas en libras esterlinas quedaban, en gran parte, retenidas en Londres.
Esto limitaba la capacidad del país para disponer libremente de su propio comercio exterior.
En palabras del economista Alejandro Bunge, uno de los técnicos más respetados de la época:
“El pacto ha consolidado una situación en la cual la Argentina no controla ni el destino de sus exportaciones ni el uso de su moneda.”
Este diagnóstico mostraba que el acuerdo, lejos de ser un instrumento de estabilidad, había institucionalizado la dependencia financiera del capital británico.
4. El impacto político: la división del régimen conservador
El pacto también tuvo efectos políticos internos. Dentro de la coalición gobernante —la Concordancia— surgieron tensiones entre los sectores que apoyaban la alianza con Gran Bretaña y aquellos que buscaban una mayor autonomía nacional.
Algunos ministros, como Manuel Fresco o Robustiano Patrón Costas, defendían la necesidad de mantener la “amistad económica” con el Reino Unido.
Otros, más pragmáticos o nacionalistas, consideraban que el país debía diversificar sus relaciones exteriores e impulsar una política industrial incipiente.
Sin embargo, el predominio del modelo agroexportador y el peso de los intereses británicos en los ferrocarriles, frigoríficos y servicios públicos impidieron cualquier cambio estructural.
El resultado fue una continuidad del poder oligárquico, sostenido por un sistema de fraude electoral y control mediático, que garantizaba la permanencia del bloque conservador en el poder hasta 1943.
5. Las críticas desde la sociedad civil y los sindicatos
El descontento frente al pacto se extendió más allá de los partidos políticos.
Los sindicatos obreros, especialmente los vinculados a la Confederación General del Trabajo (CGT) y a la Federación Obrera Marítima, criticaron que el acuerdo beneficiaba solo a los exportadores y no generaba mejoras salariales ni empleo industrial.
La prensa sindical —como La Voz del Marino o El Obrero Ferroviario— comenzó a publicar notas donde se denunciaba que el país trabajaba “para enriquecer a Inglaterra” mientras los trabajadores vivían en la miseria.
Este discurso prefiguró, años después, la retórica del peronismo: la idea de que el pueblo argentino debía liberarse de la “tutela extranjera” y construir una economía socialmente justa e industrializada.
El legado del pacto: economía, prensa y nacionalismo
1. De la dependencia al nacionalismo económico
El pacto Roca-Runciman no solo fue un tratado comercial: fue el símbolo de un modelo económico agotado. Representó la culminación del esquema agroexportador, basado en la complementariedad con Gran Bretaña, pero también el punto de partida del pensamiento nacionalista moderno.
A partir de 1933, comenzaron a desarrollarse corrientes intelectuales y políticas que denunciaron la “colonización económica” del país y reclamaron una nueva relación entre Estado, economía y soberanía.
Los nacionalistas económicos, inspirados en parte por la reacción al pacto, sostuvieron que la independencia política solo sería posible si el país controlaba sus recursos estratégicos.
Esta idea se proyectaría en las décadas siguientes, influyendo directamente en las políticas de Juan Domingo Perón durante el período 1946–1955, cuando se nacionalizaron los ferrocarriles británicos y se renegoció la deuda externa.
2. El papel de la prensa en la construcción de la conciencia nacional
La actuación de la prensa frente al pacto Roca-Runciman dejó una huella profunda en la historia del periodismo argentino. Por primera vez, se hizo visible una división estructural entre medios alineados con el poder económico y medios críticos que buscaban representar los intereses populares.
Podemos distinguir tres grandes actitudes periodísticas frente al pacto:
- Prensa conservadora (La Nación, La Prensa): legitimó la dependencia como un acto de realismo político.
- Prensa popular y crítica (Crítica, El Mundo, La Época): denunció la entrega de soberanía y defendió el interés nacional.
- Prensa ideológica o militante (La Vanguardia, Bandera Roja): interpretó el pacto como parte del imperialismo capitalista global.
Esta diversidad de voces marcó un punto de inflexión en el rol social del periodismo: la prensa ya no era solo un observador, sino un actor político y económico de primer orden.
En adelante, la lucha por el control de la información sería también una lucha por el sentido y la soberanía.
3. El impacto cultural: del humor al ensayo político
El conflicto en torno al pacto también impulsó la creación de un imaginario cultural antiimperialista.
En el cine, la literatura y el teatro aparecieron obras que reflejaban la tensión entre el campo y la ciudad, el patrón y el obrero, la nación y el extranjero.
El escritor Raúl Scalabrini Ortiz publicó artículos en los que denunciaba el “dominio invisible” del capital inglés. Arturo Jauretche desarrolló, años más tarde, el concepto de “colonización pedagógica”, para describir cómo la prensa y la educación habían contribuido a naturalizar la dependencia.
Por otro lado, el humor político de revistas como Caras y Caretas o PBT continuó retratando al “inglés con galera” como símbolo del poder extranjero.
Estas expresiones culturales consolidaron una identidad nacional que ya no se reconocía como parte de una periferia complaciente, sino como un país con derecho a decidir su destino económico.
4. Repercusiones internacionales
El pacto Roca-Runciman fue observado con atención por otros países latinoamericanos. En Chile, México y Brasil, la prensa lo comentó como ejemplo de cómo los imperios económicos moldeaban la política de los Estados dependientes.
Incluso en la propia Gran Bretaña, algunos periódicos liberales como The Manchester Guardian criticaron que el tratado beneficiaba a los grandes frigoríficos en detrimento del consumidor británico y del productor argentino.
En este sentido, el pacto fue parte de una lógica global de subordinación económica, que evidenciaba el desequilibrio entre las potencias industriales y los países exportadores de materias primas.
5. Una herencia ambigua
Paradójicamente, el pacto Roca-Runciman dejó una doble herencia:
- Por un lado, consolidó la dependencia económica y mediática de la Argentina respecto del capital británico.
- Por otro, provocó una reacción nacionalista e intelectual que sembró las bases de un pensamiento económico autónomo.
En palabras del historiador Tulio Halperin Donghi:
“El pacto Roca-Runciman fue el último acto de la Argentina liberal y el primer síntoma de la Argentina nacionalista.”
La prensa fue, en ese proceso, el campo de batalla donde se enfrentaron dos visiones del país: la Argentina de las élites vinculadas al comercio exterior y la Argentina que buscaba definirse como nación moderna e independiente.
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