La teoría de la utilidad es un modelo económico que explica cómo las personas toman decisiones cuando se enfrentan a varias opciones. Su idea central es sencilla: cada individuo asigna un valor subjetivo, llamado utilidad, a cada bien, servicio o situación posible, y elige aquella opción que, según su percepción, le proporcionará la mayor satisfacción o bienestar. No se trata de una teoría sobre lo que la gente debería elegir desde un punto de vista moral o de salud, sino de un intento de describir y predecir lo que realmente elige.
Este modelo, que hunde sus raíces en el pensamiento de filósofos y matemáticos de los siglos XVIII y XIX, se ha convertido en uno de los pilares de la economía moderna. La teoría de la utilidad está detrás de casi todo lo que estudia la microeconomía: por qué compramos un producto y no otro, por qué aceptamos un trabajo con un salario menor pero más cerca de casa, por qué ahorramos o gastamos, por qué invertimos en educación o en un coche nuevo. Cada una de esas decisiones, por trivial o trascendente que parezca, puede ser analizada bajo el prisma de la utilidad.
La ciencia de decidir entre el café y el té
Imaginemos la escena más cotidiana posible. Estamos en la cocina de casa, por la mañana, y nos apetece una bebida caliente. Abrimos el armario y nos encontramos con café y té. Cualquiera de las dos opciones nos gusta. Pero solo vamos a tomar una. En ese breve instante, nuestro cerebro ejecuta una operación que la teoría de la utilidad lleva siglos intentando modelar: compara dos opciones, les asigna un valor subjetivo basado en nuestras preferencias, nuestro estado de ánimo, el frío que hace fuera o el tiempo que tenemos antes de salir, y elige la que en ese momento nos proporciona más satisfacción. No hemos hecho números, no hemos calculado nada conscientemente, pero nuestro cerebro ha aplicado, a su manera intuitiva, una versión rudimentaria de la teoría de la utilidad.
Lo que hace la teoría económica es tomar ese proceso intuitivo y expresarlo en un lenguaje formal, con conceptos, gráficos y ecuaciones, para poder analizarlo, predecirlo y entender qué ocurre cuando las condiciones cambian. La teoría de la utilidad no pretende que los seres humanos seamos calculadoras racionales perfectas; pretende ofrecer un modelo que se aproxime razonablemente bien a cómo nos comportamos en la mayoría de las situaciones. Como todos los modelos, simplifica la realidad, pero lo hace de una forma que resulta útil para explicar fenómenos económicos que van desde el consumo individual hasta el funcionamiento de mercados enteros.
Los cimientos de la teoría de la utilidad
Jeremy Bentham y la búsqueda del placer
El concepto de utilidad no nació en un departamento de economía, sino en los debates filosóficos de la Inglaterra de finales del siglo XVIII. Jeremy Bentham, filósofo y reformador social, propuso una idea tan simple como revolucionaria: los seres humanos actúan buscando el placer y evitando el dolor. Todas nuestras acciones, por complejas que parezcan, pueden explicarse en última instancia por este principio, que Bentham llamó el principio de utilidad.
Bentham no se limitó a enunciar el principio, sino que intentó convertirlo en una herramienta práctica para evaluar las leyes y las políticas públicas. Llegó a proponer un cálculo, la aritmética moral o cálculo felicífico, para medir la cantidad de placer y dolor que producía cada acción. En ese cálculo intervenían variables como la intensidad del placer, su duración, su probabilidad, su proximidad en el tiempo, su fecundidad (si generaba más placeres en el futuro) y su pureza (si no iba seguido de dolor). Era un intento ambicioso, quizá ingenuo, de cuantificar lo que parecía inmensurable, pero sentó las bases de todo lo que vendría después.
La economía adoptó el concepto de utilidad, pero fue despojándolo progresivamente de sus connotaciones filosóficas y psicológicas. Ya no interesaba tanto qué era la utilidad en un sentido profundo, sino cómo se comportaba, cómo variaba cuando cambiaban las circunstancias y cómo podía utilizarse para predecir elecciones.
La utilidad marginal: la primera gran revolución
A lo largo del siglo XIX, varios economistas, entre ellos William Stanley Jevons, Carl Menger y Léon Walras, llegaron de forma independiente a una idea que transformó la teoría económica. Esa idea es la utilidad marginal decreciente. Para entenderla, nada mejor que un ejemplo concreto.
Imaginemos un día de verano especialmente caluroso. Llevamos horas caminando bajo el sol y por fin encontramos un vendedor de botellas de agua fría. El primer trago de esa primera botella nos produce un placer casi indescriptible. La utilidad que obtenemos de esa unidad inicial de agua es enorme. Compramos una segunda botella. Sabe bien, pero ya no es lo mismo. La sed ha remitido. La tercera botella nos cuesta terminarla. La cuarta, sencillamente, no la compraríamos aunque nos la ofrecieran a mitad de precio. La utilidad que nos proporciona cada botella adicional de agua, lo que los economistas llaman utilidad marginal, va disminuyendo a medida que consumimos más unidades del mismo bien.
Esta observación, que parece de puro sentido común, tiene implicaciones profundas. Explica por qué los bienes abundantes, como el agua, tienen un precio bajo aunque su utilidad total sea enorme (sin agua moriríamos), mientras que los bienes escasos, como los diamantes, tienen un precio alto aunque su utilidad total sea baja (nadie necesita diamantes para vivir). Lo que determina el valor de intercambio de un bien no es la utilidad total que proporciona, sino la utilidad de la última unidad consumida, es decir, la utilidad marginal. Esta es la famosa paradoja del valor que tanto había intrigado a los economistas clásicos, y la utilidad marginal decreciente la resolvió de un plumazo.
De la utilidad cardinal a la ordinal: medir sin números
Los primeros teóricos de la utilidad, incluido Bentham, pensaban que la utilidad era una magnitud que, en principio, se podía medir con números absolutos, como la temperatura o el peso. Esta concepción se conoce como utilidad cardinal. Según este enfoque, se podría decir que un café nos proporciona diez unidades de utilidad y un té nos proporciona siete, y que la diferencia entre ambos es de tres unidades. Esta idea resultó ser problemática. ¿Cómo se mide exactamente una unidad de utilidad? ¿Existe algún instrumento que la registre? ¿Son comparables las utilidades de dos personas distintas?
La economía del siglo XX, liderada por figuras como Vilfredo Pareto y John Hicks, abandonó la utilidad cardinal y adoptó la utilidad ordinal. Ya no importa cuánta utilidad proporciona cada opción en términos absolutos; solo importa el orden de preferencia. No necesitamos saber si el café nos da diez o cincuenta unidades de utilidad; basta con saber que, en este momento, preferimos el café al té. Con esa información, expresable como una ordenación (primero café, segundo té, tercero chocolate), la teoría económica puede construir todo su edificio analítico sin necesidad de medir nada. Es un ejemplo de cómo la economía, a veces, avanza renunciando a preguntas que no puede responder para centrarse en aquellas que sí.
La teoría de la elección racional y sus supuestos
La versión estándar de la teoría de la utilidad que se enseña en los cursos de microeconomía se conoce como teoría de la elección racional. Esta teoría asume que los individuos toman decisiones basándose en un conjunto de preferencias que cumplen ciertas propiedades. Esas propiedades pueden sonar abstractas, pero describen comportamientos bastante intuitivos.
La primera propiedad es la completitud. Significa que, ante dos opciones cualesquiera, A y B, una persona siempre puede decir si prefiere A a B, si prefiere B a A, o si ambas le resultan indiferentes. No puede ocurrir que no tenga ni idea de cuál prefiere o que no pueda compararlas. La segunda propiedad es la transitividad. Si alguien prefiere A a B, y prefiere B a C, entonces necesariamente prefiere A a C. Esto evita que las preferencias formen círculos viciosos donde A es mejor que B, B es mejor que C y C es mejor que A, lo que haría imposible predecir la elección.
La tercera propiedad es la no saciedad, que asume que, en igualdad de condiciones, más de un bien siempre es preferible a menos. Nadie rechaza un aumento de sueldo si todo lo demás permanece constante. La cuarta propiedad es la convexidad, que implica que las personas prefieren las cestas de bienes equilibradas a las cestas extremas. Dicho de otro modo, preferimos tener un poco de pan y un poco de queso que mucho pan y nada de queso o mucho queso y nada de pan.
Cuando las preferencias de un individuo cumplen estas propiedades, los economistas pueden representarlas mediante una función de utilidad, una fórmula matemática que asigna un número a cada cesta de bienes posible. El individuo elige entonces la cesta que maximiza esa función, sujeto a la restricción de su presupuesto. La teoría de la elección del consumidor, que ocupa los primeros capítulos de cualquier manual de microeconomía, no es más que el desarrollo matemático de esta idea.
Tabla de los tipos de utilidad y su evolución histórica
| Tipo de utilidad | Época | Autores clave | Idea central | ¿Es medible? |
|---|---|---|---|---|
| Utilidad cardinal | Siglos XVIII-XIX | Jeremy Bentham, William Stanley Jevons | La utilidad es una magnitud que se puede medir en unidades absolutas | Sí, en teoría |
| Utilidad ordinal | Siglo XX | Vilfredo Pareto, John Hicks | Solo importa el orden de preferencias, no la magnitud absoluta | No, solo se ordena |
| Utilidad marginal | Mediados del siglo XIX | Jevons, Carl Menger, Léon Walras | La utilidad de cada unidad adicional de un bien disminuye al aumentar el consumo | Sí, como variación |
Utilidad esperada: elegir cuando el futuro es incierto
Hasta ahora hemos hablado de elecciones donde las consecuencias de cada opción son conocidas. Pero en la vida real, casi todas las decisiones importantes se toman en condiciones de incertidumbre. No sabemos si al elegir una carrera universitaria encontraremos trabajo al terminar. No sabemos si el negocio que vamos a emprender tendrá éxito. No sabemos si mañana lloverá y nos conviene llevar paraguas.
La teoría de la utilidad esperada, desarrollada por John von Neumann y Oskar Morgenstern en los años cuarenta del siglo XX, extiende la teoría de la utilidad al mundo de la incertidumbre. La idea es que, cuando las consecuencias de nuestras acciones no son seguras, no maximizamos la utilidad, sino la utilidad esperada, que es el promedio de las utilidades de todos los resultados posibles, ponderado por sus respectivas probabilidades.
Un ejemplo ayuda a entenderlo. Supongamos que nos ofrecen participar en un juego que consiste en lanzar una moneda al aire. Si sale cara, ganamos cien euros. Si sale cruz, perdemos cincuenta euros. La ganancia esperada del juego es de veinticinco euros, ya que hay un cincuenta por ciento de ganar cien y un cincuenta por ciento de perder cincuenta. Una persona neutral al riesgo aceptaría jugar siempre que la ganancia esperada sea positiva. Pero la mayoría de las personas no son neutrales al riesgo. Muchas son aversas al riesgo y rechazarían jugar aunque la ganancia esperada sea positiva, porque el dolor de perder cincuenta euros es mayor que el placer de ganar cien. Otras son amantes del riesgo y jugarían incluso con una ganancia esperada negativa, por la emoción de la apuesta.
La teoría de la utilidad esperada permite modelar estas actitudes frente al riesgo y se utiliza en campos tan diversos como los seguros, las finanzas o el diseño de políticas públicas. La prima que pagamos por un seguro de hogar, por ejemplo, es una consecuencia directa de nuestra aversión al riesgo. Preferimos pagar una cantidad pequeña y cierta ahora que enfrentarnos a la posibilidad, aunque sea remota, de una pérdida catastrófica en el futuro.
Cuando la realidad se rebela: las anomalías y la economía del comportamiento
La teoría de la utilidad, en sus versiones ordinal y esperada, es un modelo elegante y potente. Pero los seres humanos, empecinados como somos, a menudo nos negamos a comportarnos como el modelo predice. A partir de la segunda mitad del siglo XX, psicólogos y economistas empezaron a documentar de forma sistemática desviaciones de la racionalidad que la teoría estándar no podía explicar. Así nació la economía del comportamiento, que incorpora hallazgos de la psicología al análisis económico.
Daniel Kahneman y Amos Tversky son las figuras más influyentes de este campo. En 1979 publicaron la teoría de las perspectivas, que modificaba la teoría de la utilidad esperada para dar cuenta de varias anomalías observadas experimentalmente. Una de ellas es el efecto de aversión a las pérdidas: las personas sienten mucho más intensamente el dolor de perder una cantidad de dinero que el placer de ganar esa misma cantidad. Perder cien euros duele aproximadamente el doble de lo que alegra ganarlos.
Otra anomalía es el efecto de encuadre. La forma en que se presenta un problema influye en la decisión, aunque la información objetiva sea la misma. Decir que una operación quirúrgica tiene un noventa por ciento de probabilidades de éxito no es lo mismo que decir que tiene un diez por ciento de probabilidades de fracaso, aunque ambas afirmaciones sean equivalentes desde el punto de vista lógico. La mayoría de las personas prefieren la primera formulación y rechazan la segunda.
El sesgo del presente es otra desviación sistemática. Valoramos mucho más el bienestar presente que el futuro, incluso en situaciones donde la elección racional aconsejaría lo contrario. Es la razón por la que aplazamos el gimnasio para el lunes, posponemos el ahorro para la jubilación o preferimos el pastel hoy a la salud de mañana. Estos sesgos no son simples errores aleatorios; son patrones predecibles que la teoría de la utilidad tradicional no puede explicar y que la economía del comportamiento ha incorporado a sus modelos.
Comparación con una brújula: la utilidad como guía de la acción
Para entender la utilidad en la práctica cotidiana, puede servir una comparación con una brújula. La brújula no nos dice dónde está nuestro destino, pero nos orienta hacia el norte magnético. Del mismo modo, la utilidad no nos dice qué deberíamos desear, pero nos ayuda a entender hacia dónde se orientan nuestras preferencias y cómo se traducen en acciones. Si la brújula se desvía del norte real por la presencia de un campo magnético cercano, la utilidad también se desvía de la racionalidad perfecta por la presencia de sesgos, emociones y limitaciones cognitivas. La economía del comportamiento sería el mapa que corrige esas desviaciones y nos permite navegar con más realismo.
Glosario de términos complicados
- Aversión al riesgo: Tendencia de las personas a preferir una opción segura antes que una opción incierta con la misma ganancia esperada. Explica por qué contratamos seguros o preferimos inversiones conservadoras.
- Cálculo felicífico: Método propuesto por Jeremy Bentham para medir la cantidad de placer y dolor generada por una acción, teniendo en cuenta su intensidad, duración, probabilidad y otros factores.
- Economía del comportamiento: Rama de la economía que incorpora hallazgos de la psicología para explicar las desviaciones sistemáticas del comportamiento humano respecto del modelo de elección racional.
- Efecto de encuadre: Sesgo cognitivo por el cual la forma en que se presenta una información o un problema influye en la decisión, aunque la información objetiva no varíe.
- Función de utilidad: Representación matemática de las preferencias de un individuo que asigna un número a cada opción o cesta de bienes, permitiendo ordenarlas de menos a más preferida.
- Homo economicus: Expresión que designa al agente económico idealizado de la teoría neoclásica, perfectamente racional, maximizador de utilidad y con información completa.
- Paradoja del valor: Contradicción aparente entre la utilidad total de un bien y su precio de mercado. El agua, indispensable para la vida, es barata; los diamantes, inútiles para la supervivencia, son caros. Se resuelve con la distinción entre utilidad total y utilidad marginal.
- Utilidad marginal: Variación en la utilidad total que experimenta un individuo al consumir una unidad adicional de un bien. Tiende a disminuir a medida que aumenta el consumo.
Resultados de aprendizaje
Al finalizar esta lectura, habrás construido un conocimiento sólido sobre los siguientes aspectos:
- El concepto de utilidad como medida subjetiva de la satisfacción que obtenemos de los bienes, las situaciones y las elecciones, y su origen en la filosofía utilitarista de Jeremy Bentham.
- La evolución de la teoría desde la utilidad cardinal y mensurable hasta la utilidad ordinal, que solo requiere ordenar preferencias, y la utilidad marginal decreciente como explicación de la paradoja del valor.
- Los supuestos de la teoría de la elección racional (completitud, transitividad, no saciedad y convexidad) y cómo permiten construir funciones de utilidad para modelar el comportamiento del consumidor.
- La extensión de la teoría a situaciones de incertidumbre mediante la utilidad esperada y los conceptos de aversión, neutralidad y amor al riesgo.
- Las principales críticas y anomalías detectadas por la economía del comportamiento, como el efecto de aversión a las pérdidas, el efecto de encuadre y el sesgo del presente.
Preguntas Frecuentes (FAQs)
No necesariamente. La utilidad es un concepto subjetivo y puede incluir cualquier cosa que una persona valore. Si alguien obtiene satisfacción ayudando a los demás, donando a organizaciones benéficas o sacrificando su tiempo por su familia, esas acciones aumentan su utilidad. La teoría de la utilidad no impone ningún contenido concreto a las preferencias; simplemente asume que, sean cuales sean, las personas actúan para satisfacerlas. Un santo y un egoísta pueden ser modelados con la misma teoría; la diferencia está en lo que cada uno valora.
Por una razón fisiológica y psicológica: la saciedad. El primer vaso de agua cuando tenemos sed, el primer bocado de comida cuando tenemos hambre o la primera hora de vacaciones después de un año de trabajo proporcionan una satisfacción muy elevada. Las unidades siguientes proporcionan menos satisfacción adicional porque la necesidad que las motivaba ya ha sido parcialmente satisfecha. Es un principio que se aplica a casi todos los placeres y necesidades humanas, y tiene un correlato neurológico: los circuitos de recompensa del cerebro responden con menos intensidad a medida que el estímulo se repite.
Sí, y de hecho se aplica. La elección de pareja, la decisión de tener hijos, la distribución del tiempo entre trabajo y ocio, la participación en actividades políticas o la decisión de emigrar a otro país pueden analizarse bajo el prisma de la utilidad. En todos estos casos, las personas comparan opciones, evalúan costes y beneficios subjetivos y eligen la que creen que les proporcionará mayor bienestar. La teoría de la utilidad proporciona un lenguaje común para hablar de decisiones que, en apariencia, pertenecen a esferas muy distintas de la vida.
La crítica más persistente es que sus supuestos sobre la racionalidad humana son demasiado exigentes y a menudo no se cumplen. Las personas no siempre tienen preferencias completas y transitivas. No siempre maximizan su utilidad esperada. A veces actúan por impulso, por costumbre, por presión social o por razones que ni ellas mismas entienden del todo. La teoría de la utilidad, en su versión más formal, describe a un ser humano que nunca ha existido: el homo economicus perfectamente racional y maximizador. Los defensores de la teoría responden que ningún modelo es perfecto y que la pregunta relevante no es si los supuestos son realistas, sino si el modelo predice correctamente el comportamiento en suficientes situaciones como para ser útil. En muchas situaciones de mercado, la teoría de la utilidad funciona razonablemente bien; en otras, las anomalías detectadas por la economía del comportamiento obligan a matizarla o complementarla.
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