El Golpe de Estado contra Juan Domingo Perón en 1955: Un Punto de Inflexión en la Historia Argentina

Rodrigo Ricardo Publicado el 10 abril, 2025 8 minutos y 55 segundos de lectura

Introducción: El Contexto Político y Social Previo al Golpe

El año 1955 marcó un momento crucial en la historia argentina con el derrocamiento del presidente constitucional Juan Domingo Perón, quien había gobernado el país desde 1946. Su liderazgo, basado en el justicialismo (o peronismo), había transformado la estructura social y económica de Argentina, promoviendo políticas de redistribución de la riqueza, derechos laborales y una fuerte intervención del Estado en la economía. Sin embargo, su gobierno también generó profundas divisiones en la sociedad, enfrentándose a la oposición de sectores conservadores, la Iglesia Católica, las Fuerzas Armadas y parte de la clase media y alta, que veían en su administración un régimen autoritario y populista.

La tensión política se intensificó a partir de 1954, cuando Perón entró en conflicto con la Iglesia Católica, hasta entonces un aliado estratégico. La sanción de leyes como la de divorcio vincular y la eliminación de la educación religiosa en las escuelas públicas generaron un quiebre irreversible. Además, la creciente inflación y las dificultades económicas debilitaron su apoyo popular. En este clima de polarización, sectores militares y civiles comenzaron a conspirar para derrocarlo, argumentando que su gobierno había caído en la corrupción y el autoritarismo. El 16 de junio de 1955, un primer intento de golpe, conocido como el bombardeo de la Plaza de Mayo, dejó más de 300 muertos y demostró la gravedad de la crisis política. Finalmente, el 16 de septiembre de ese mismo año, una rebelión militar liderada por el general Eduardo Lonardi logró forzar la renuncia de Perón, quien partió al exilio.

Las Causas del Golpe de Estado: Factores Políticos, Económicos y Religiosos

El derrocamiento de Perón no fue un evento aislado, sino el resultado de múltiples factores que se fueron acumulando a lo largo de su gobierno. En el ámbito político, su estilo de liderazgo centralizado y el culto a su personalidad generaron rechazo en sectores que lo acusaban de ser un «dictador». La reforma constitucional de 1949, que permitió su reelección, fue vista como un intento de perpetuarse en el poder. Además, la fuerte persecución a la oposición, incluyendo el cierre de medios críticos y la intervención de universidades, alimentó el descontento entre intelectuales y partidos tradicionales como la Unión Cívica Radical (UCR).

En el plano económico, aunque el peronismo había impulsado un modelo de industrialización y bienestar social, hacia mediados de los años 50 comenzaron a aparecer señales de agotamiento. La inflación creciente, la caída de las exportaciones agropecuarias (principal fuente de divisas) y el déficit fiscal generaron malestar en los sectores empresariales y agroexportadores, que veían en Perón un obstáculo para la liberalización económica. A esto se sumó el conflicto con la Iglesia Católica, que hasta entonces había sido un pilar de apoyo del peronismo. La ruptura definitiva se dio cuando Perón impulsó medidas laicistas y enfrentó públicamente a obispos y sacerdotes, lo que llevó a su excomunión en 1955. La Iglesia, con gran influencia en la sociedad, pasó a ser un actor clave en la desestabilización del gobierno.

Finalmente, las Fuerzas Armadas, tradicionalmente influyentes en la política argentina, se dividieron entre leales y antiperonistas. Los sectores más conservadores del ejército, aliados con la Marina (que tuvo un rol protagónico en el golpe), consideraban que Perón había corrompido las instituciones y que su liderazgo populista ponía en riesgo la estabilidad del país. La combinación de estos factores —políticos, económicos y religiosos— creó el caldo de cultivo perfecto para el golpe de Estado.

El Bombardeo de la Plaza de Mayo: El Primer Intento Fallido

Antes del golpe definitivo de septiembre de 1955, ocurrió uno de los episodios más trágicos de la historia argentina: el bombardeo de la Plaza de Mayo el 16 de junio de ese año. Ese día, aviones de la Marina y la Fuerza Aérea, en un intento por derrocar a Perón, atacaron la Casa Rosada y sus alrededores, causando una masacre entre civiles que se manifestaban en apoyo al gobierno. Según estimaciones, murieron más de 300 personas y hubo cientos de heridos, en un acto que evidenció la brutalidad del conflicto político.

El ataque fue liderado por militares antiperonistas, quienes esperaban que el bombardeo desencadenara un levantamiento generalizado contra Perón. Sin embargo, el plan fracasó porque el Ejército, en su mayoría, mantuvo su lealtad al presidente en ese momento. Perón, en un discurso ese mismo día, llamó a la calma pero también endureció su postura contra los «traidores». La represión posterior contra sospechosos de participar en la conspiración fue dura, con detenciones y fusilamientos sumarios. Este episodio radicalizó aún más las posiciones: los antiperonistas vieron en Perón a un tirano dispuesto a reprimir violentamente, mientras que los peronistas lo interpretaron como un ataque cobarde contra el pueblo.

A pesar de haber sobrevivido a este primer intento de golpe, el gobierno de Perón quedó seriamente debilitado. La violencia demostró que la salida negociada era cada vez más improbable y que los sectores golpistas no se detendrían hasta derrocarlo. En los meses siguientes, las conspiraciones continuaron, y el régimen peronista comenzó a perder apoyo incluso dentro de sus propias filas.

El Golpe Definitivo: La Revolución Libertadora y la Caída de Perón

El 16 de septiembre de 1955, tras meses de conspiración, un levantamiento militar encabezado por el general Eduardo Lonardi desde Córdoba y apoyado por la Marina en Buenos Aires marcó el inicio del fin del gobierno de Perón. A diferencia del intento fallido de junio, esta vez las Fuerzas Armadas lograron coordinar un movimiento unificado que rápidamente tomó el control de puntos estratégicos del país. Perón, viendo que el apoyo dentro del Ejército se debilitaba y buscando evitar una guerra civil, decidió no resistir militarmente. El 19 de septiembre, luego de refugiarse en la embajada de Paraguay, presentó su renuncia y partió al exilio, primero a Paraguay y luego a otros países como Panamá, Venezuela y finalmente España.

El nuevo régimen, autodenominado «Revolución Libertadora», justificó el golpe como una «cruzada moral» para restaurar la democracia y terminar con el «régimen totalitario» de Perón. Sin embargo, desde el principio mostró un claro sesgo antiperonista: se prohibió toda mención a Perón y a su movimiento, se intervino la CGT (Confederación General del Trabajo) y se persiguió a dirigentes sindicales. Además, se derogó la Constitución de 1949, restableciendo la de 1853, y se implementaron políticas económicas liberales que buscaban desmontar el modelo industrialista del peronismo.

Lonardi, quien inicialmente prometió una transición moderada bajo el lema «Ni vencedores ni vencidos», fue rápidamente desplazado en noviembre de 1955 por el general Pedro Eugenio Aramburu, representante del ala más dura del antiperonismo. Bajo Aramburu, la represión se intensificó: se ilegalizó el Partido Peronista, se quemaron símbolos peronistas en actos públicos y hasta se profanaron los restos de Eva Perón, cuyo cadáver fue secuestrado y ocultado durante años para evitar que se convirtiera en un símbolo de resistencia.

El Exilio de Perón y la Resistencia Peronista

La salida forzada de Perón no significó el fin de su influencia. Desde el exilio, mantuvo contacto con líderes sindicales y políticos, alentando la resistencia contra el gobierno militar. El peronismo, aunque proscrito, siguió siendo la fuerza política mayoritaria en Argentina, demostrado en las elecciones de 1958, donde Arturo Frondizi (de la UCR) ganó gracias a un pacto clandestino con Perón que le aseguraba el apoyo peronista a cambio de futuras concesiones.

Durante los años siguientes, la resistencia peronista adoptó diversas formas: desde huelgas y protestas sindicales hasta acciones de guerrilla urbana. Grupos como los «Uturuncos» (primer foco guerrillero peronista) y más tarde Montoneros emergieron bajo la consigna de retornar a Perón al poder. La proscripción del peronismo generó inestabilidad crónica, con gobiernos civiles débiles (como el de Frondizi, derrocado en 1962) y nuevos golpes militares (1966), evidenciando que el régimen instaurado en 1955 no había logrado consolidar una democracia estable.

Consecuencias del Golpe: Fractura Social y el Regreso Inconcluso de Perón

El golpe de 1955 no solo derrocó a un presidente, sino que abrió una herida profunda en la sociedad argentina que tardaría décadas en cerrarse. La proscripción del peronismo (que no pudo presentar candidatos hasta 1973) generó un ciclo de violencia política que culminaría en los años 70 con el terrorismo de Estado y la dictadura de 1976.

Perón finalmente regresó a Argentina en 1973, en un clima de esperanza pero también de extrema polarización. Su breve tercer mandato (1973-1974) estuvo marcado por conflictos entre facciones peronistas y el aumento de la violencia entre izquierda y derecha. Su muerte en 1974 dejó un vacío de poder que aceleró el caos político y allanó el camino al golpe de 1976.

En retrospectiva, el golpe de 1955 no resolvió los problemas que decía combatir: en vez de democratizar el país, profundizó la división y demostró que el peronismo, más que un simple movimiento político, era un fenómeno arraigado en la identidad de millones de argentinos.

Conclusión: Un Golpe que Marcó la Historia Argentina

El derrocamiento de Perón en 1955 fue un punto de inflexión que definió las décadas siguientes en Argentina. Lejos de traer estabilidad, inauguró un período de inestabilidad crónica, donde las Fuerzas Armadas se convirtieron en un actor político decisivo y el peronismo, aunque prohibido, siguió siendo la fuerza hegemónica de las clases trabajadoras.

La Revolución Libertadora fracasó en su intento de erradicar el peronismo, y su legado fue una Argentina más dividida que nunca. El retorno de Perón en 1973 confirmó que su movimiento había sobrevivido a la persecución, pero también mostró las limitaciones de su liderazgo para unificar un país fracturado. El golpe de 1955, por lo tanto, no fue solo un evento histórico, sino el inicio de un largo y doloroso ciclo de violencia política que aún hoy resuena en la memoria colectiva argentina.

Rodrigo Ricardo
Rodrigo Ricardo Editor y fundador