La prensa como espejo y motor de la política
El periodismo político argentino es una de las tradiciones más ricas y dinámicas de América Latina. Desde los albores de la Nación, la prensa no solo relató los hechos del poder, sino que participó activamente en su construcción. En Argentina, el periodismo fue —y en muchos sentidos continúa siendo— una extensión del debate político, un escenario donde las ideas se disputan con la misma intensidad que en el Congreso o en la calle.
Comprender la historia del periodismo político argentino implica leer la evolución del país mismo: desde las luchas por la organización nacional hasta las disputas ideológicas del siglo XXI. En sus distintas etapas, el periodismo ha sido tribuna de doctrina, herramienta de militancia, empresa económica, aparato de propaganda, y también espacio de resistencia democrática. Cada época moldeó su prensa según las tensiones sociales, los avances tecnológicos y los cambios en la cultura política.
Este recorrido, que abarca desde Domingo Faustino Sarmiento y los orígenes del periodismo moderno hasta la era de las redes sociales y la posverdad, permite entender cómo la comunicación política argentina pasó de la pluma a la pantalla táctil, sin perder su esencia: influir en la opinión pública.
Los orígenes: la prensa como arma de civilización (1830–1880)
Sarmiento y la palabra como proyecto de nación
En el siglo XIX, la prensa argentina fue un instrumento central para pensar y fundar el país. Figuras como Domingo F. Sarmiento, Juan Bautista Alberdi o Bartolomé Mitre no fueron solo políticos e intelectuales, sino también periodistas que vieron en la palabra impresa un medio para transformar la realidad.
Sarmiento, desde El Zonda, El Progreso o El Nacional, comprendía que la prensa debía “educar al soberano”. Su concepción del periodismo era profundamente política: escribir era gobernar. Cada artículo era una trinchera contra la barbarie, entendida como ignorancia, atraso o autoritarismo. En ese sentido, su obra Facundo o civilización y barbarie (1845) puede leerse como un extenso editorial sobre el destino nacional.
La prensa decimonónica no pretendía neutralidad: era doctrinaria y combativa. Los periódicos eran órganos de partido o voceros de facciones. Mitre, por ejemplo, utilizó La Nación Argentina —antecesor de La Nación— para promover su ideario liberal y legitimar su presidencia. En paralelo, otros medios surgieron desde posiciones federales, como El Federalista, que defendía los intereses provinciales frente al centralismo porteño.
El papel del exilio y las imprentas de frontera
Durante los conflictos entre unitarios y federales, muchos periodistas escribieron desde el exilio, especialmente en Chile, Uruguay y Bolivia. Las imprentas de frontera se convirtieron en laboratorios del pensamiento político. Desde Montevideo, Sarmiento y Alberdi publicaban manifiestos y columnas que cruzaban el Río de la Plata escondidas entre cargamentos comerciales, burlando la censura de Rosas.
Esa práctica clandestina dio origen a una prensa transnacional, donde el debate argentino se proyectaba en el contexto latinoamericano. No por casualidad, muchos de esos periódicos —como El Mercurio de Valparaíso o El Comercio del Plata— fueron espacios de encuentro entre exiliados y pensadores extranjeros, marcando el inicio de una cultura periodística con vocación continental.
La consolidación del Estado y la profesionalización de la prensa
Con la Organización Nacional (1862–1880), el periodismo comenzó a institucionalizarse. Las guerras civiles cedieron lugar a un país en construcción, y los periódicos pasaron de ser herramientas de combate a ser empresas editoriales. Nacieron así medios con estructura estable, redacciones permanentes y tiradas regulares.
La Nación (fundada por Mitre en 1870) y La Prensa (de José C. Paz en 1869) simbolizaron el ingreso de la prensa argentina a la modernidad. Ambos periódicos defendían el ideario liberal y republicano, pero también encarnaban un nuevo modelo empresarial basado en la objetividad informativa y la credibilidad pública. Aunque su línea editorial seguía siendo política, se profesionalizó el trabajo periodístico: surgieron cronistas, corresponsales y columnistas especializados.
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La prensa ya no era solo política: empezaba a ser también poder económico y mediador social. Desde entonces, el vínculo entre periodismo y poder se volvió más complejo: el periodista debía informar, pero también influir.
La prensa en la era oligárquica y la modernización del discurso (1880–1916)
La expansión del público lector
El último cuarto del siglo XIX y los inicios del XX fueron una época de expansión social y tecnológica. La inmigración masiva, la alfabetización creciente y la urbanización de Buenos Aires generaron un nuevo público lector, diverso y ávido de información. El periodismo dejó de ser patrimonio de las élites ilustradas y empezó a dirigirse a sectores medios y populares.
Aparecieron publicaciones de corte popular como Caras y Caretas (1898), que combinaba humor político, caricaturas y reportajes fotográficos. Este semanario marcó una ruptura en el lenguaje periodístico: introdujo una mirada más cercana y visual, sin abandonar la crítica social. Su director, Eustaquio Pellicer, entendió que el periodismo debía entretener sin dejar de educar.
La prensa como actor político del régimen conservador
En la etapa conocida como la “República Oligárquica”, la prensa consolidó su rol como intermediaria entre el poder político y la sociedad. La Nación y La Prensa apoyaban al régimen, pero a la vez ejercían presión sobre los gobiernos cuando se vulneraban los intereses económicos o institucionales del grupo dirigente.
Los grandes diarios eran voceros del orden y el progreso, pero también fiscalizadores morales. Su influencia era tal que una editorial podía cambiar el curso de una ley o el destino de un ministro. Los periodistas más reconocidos empezaron a ser figuras públicas, incluso con capacidad para influir en la diplomacia y en las políticas exteriores.
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El surgimiento de la prensa partidaria y socialista
A comienzos del siglo XX emergieron voces disidentes. Con la fundación del Partido Socialista en 1896, el periodismo obrero cobró fuerza. La Vanguardia (1894), dirigida por Juan B. Justo, fue su órgano principal. Representaba una prensa militante, comprometida con los derechos laborales, la educación pública y la justicia social.
Simultáneamente, los anarquistas desarrollaron su propio circuito editorial, con periódicos como La Protesta y La Antorcha. Estas publicaciones fueron perseguidas por su tono radical, pero cumplieron un papel decisivo en la politización de las masas trabajadoras y en la difusión de ideas modernizadoras como el sindicalismo y el laicismo.
Entre la opinión y la información: un periodismo en transición
En esos años se dio una tensión permanente entre el periodismo de opinión (heredero del siglo XIX) y el periodismo informativo, que aspiraba a la neutralidad. La influencia de las agencias de noticias y el telégrafo introdujeron nuevas dinámicas: la noticia breve, el cable internacional, el titular de impacto. La objetividad comenzó a valorarse como signo de modernidad.
No obstante, la política seguía en el centro. Los diarios podían ser más o menos partidistas, pero siempre se posicionaban ante los grandes temas nacionales: la ley Sáenz Peña (1912), la cuestión obrera, la expansión del sufragio o la relación con el capital extranjero. La prensa era el escenario privilegiado del debate público.
El periodismo y la democratización: de Yrigoyen al primer peronismo (1916–1955)
La llegada del voto popular y el nuevo mapa mediático
Con la Ley Sáenz Peña (1912) y la llegada de Hipólito Yrigoyen al poder (1916), el periodismo argentino enfrentó una transformación profunda. El voto secreto y obligatorio abrió el juego político a nuevas fuerzas, y con ellas emergieron también nuevas formas de comunicación política. La prensa ya no se dirigía solo a las élites, sino al conjunto de la ciudadanía.
Durante el primer gobierno radical, la relación entre el Estado y los medios fue ambivalente. Por un lado, la prensa liberal —encabezada por La Nación y La Prensa— se mostraba crítica del estilo personalista y “místico” de Yrigoyen, al que acusaban de populista y de subordinar las instituciones. Por otro, surgieron periódicos y revistas afines al radicalismo, como El País y La Época, que defendían la gestión del “Peludo” y su apelación directa al pueblo.
En este período, el periodismo se diversificó: convivían los grandes diarios tradicionales con una prensa partidaria, revistas ilustradas y publicaciones satíricas. Las portadas de Caras y Caretas, con caricaturas de Yrigoyen y sus opositores, reflejaban una época en la que la política se debatía tanto en las redacciones como en las plazas.
El auge de la prensa obrera y el periodismo militante
En paralelo, el movimiento obrero continuó fortaleciendo su red de publicaciones. Los sindicatos, los socialistas y los comunistas usaban la prensa como herramienta de organización. La Vanguardia, La Protesta y Bandera Roja informaban sobre huelgas, conflictos fabriles y represión estatal.
Este periodismo militante fue clave en la formación de una conciencia de clase y en la difusión de ideas socialistas y anarquistas. Sin embargo, su supervivencia fue precaria: la censura, los allanamientos y las detenciones eran frecuentes, especialmente durante las crisis políticas o los estados de sitio.
El golpe de 1930 y la prensa como campo de batalla
El golpe de Estado de 1930, que derrocó a Yrigoyen, marcó un punto de inflexión en la historia del periodismo político argentino. Por primera vez, los grandes diarios justificaron abiertamente una interrupción del orden constitucional. La Nación y La Prensa celebraron la caída del radicalismo como una “restauración moral”.
Durante la llamada Década Infame (1930–1943), la prensa liberal se convirtió en vocera de los intereses conservadores, apoyando gobiernos fraudulentos y legitimando la represión de la oposición. A la vez, emergieron nuevas publicaciones independientes, como Crítica, dirigido por Natalio Botana, que revolucionó el lenguaje periodístico.
Botana introdujo un estilo moderno y sensacionalista, combinando noticias políticas con policiales, deportes y farándula. Crítica llegó a vender más de 400.000 ejemplares diarios, algo inédito para la época. Aunque mantenía una línea editorial progresista, su verdadero mérito fue haber entendido que la política debía contarse en clave popular, con titulares vibrantes y lenguaje coloquial.
El diario se convirtió en un fenómeno cultural: fue leído por obreros, inmigrantes, amas de casa y estudiantes. A través de Crítica, la prensa política se masificó, y el periodismo comenzó a mezclar información, espectáculo y emoción, anticipando rasgos que dominarían la comunicación política del siglo XX.
La irrupción del peronismo y el control de la prensa
La llegada de Juan Domingo Perón al poder (1946) transformó el sistema mediático argentino. Perón comprendió mejor que nadie el poder simbólico de los medios. Su gobierno impulsó una política comunicacional centralizada, en la que el Estado se convirtió en productor, regulador y distribuidor de información.
A partir de 1947, el gobierno fue adquiriendo o clausurando medios opositores. La cadena de diarios La Prensa —uno de los más influyentes del país— fue intervenida en 1951 y entregada a la Confederación General del Trabajo (CGT), bajo el argumento de que respondía a intereses “antipatrióticos”.
Simultáneamente, el peronismo promovió sus propios medios: Democracia, El Laborista y una red de radios estatales que difundían los discursos de Perón y Evita. La Subsecretaría de Informaciones coordinaba una política de comunicación vertical, donde la prensa debía “educar al pueblo en los valores justicialistas”.
El discurso oficial construyó una narrativa épica: el líder, el pueblo y la justicia social frente a la oligarquía y la prensa “vendida”. Esta polarización comunicacional —que enfrentó a “medios del pueblo” contra “medios del poder”— se convirtió en un rasgo estructural de la cultura política argentina, que aún persiste.
Radio, propaganda y cultura política de masas
Durante el primer peronismo, la radio alcanzó su apogeo como medio político. La voz de Eva Perón, transmitida en cadena nacional, se convirtió en símbolo de cercanía emocional con las masas. Los radioteatros, las transmisiones deportivas y los mensajes presidenciales consolidaron un nuevo vínculo entre política y espectáculo.
El gobierno peronista entendió la comunicación como parte del Estado. No se trataba solo de informar, sino de crear una identidad nacional, donde los medios fueran herramientas de cohesión. La consigna era clara: “El pueblo debe oír una sola voz, la voz de la verdad”.
Si bien esta estrategia generó una poderosa movilización simbólica, también provocó una fuerte concentración del discurso y limitó la pluralidad informativa. Tras la caída de Perón en 1955, la prensa se dividió entre quienes denunciaban la “dictadura mediática” y quienes reivindicaban la función social del periodismo peronista.
Entre dictaduras y democracias: la prensa frente al poder (1955–1983)
El péndulo político y la prensa como instrumento de legitimación
Desde la Revolución Libertadora (1955) hasta el retorno de la democracia en 1983, el periodismo argentino atravesó un ciclo de inestabilidad política y censura intermitente. Cada nuevo golpe de Estado redefinía los límites de la libertad de expresión, y los medios debían adaptarse a contextos cambiantes de represión o autocensura.
Tras la caída de Perón, muchos medios recuperaron su autonomía, pero también se alinearon con los gobiernos militares que lo sucedieron. La Nación y La Prensa respaldaron las “revoluciones” de 1955 y 1966, en nombre de la restauración institucional. En cambio, surgieron publicaciones más independientes, como Primera Plana y Confirmado, que introdujeron el periodismo de investigación y una estética moderna inspirada en las revistas europeas y norteamericanas.
Estas revistas —dirigidas por figuras como Jacobo Timerman— marcaron una nueva etapa del periodismo político: sofisticado en su diseño, crítico en su análisis y atento a las transformaciones culturales. Con la irrupción de La Opinión (1971), Timerman llevó el debate público a un nivel inédito, combinando rigor informativo con una mirada intelectual.
La Opinión buscaba construir un espacio de reflexión plural, pero su existencia fue corta: la violencia política de los años setenta y la polarización ideológica terminaron por clausurar esa experiencia. Timerman fue secuestrado y torturado durante la dictadura de 1976, lo que simbolizó la fragilidad de la prensa en tiempos autoritarios.
El periodismo durante la última dictadura (1976–1983)
El Proceso de Reorganización Nacional instaurado por las Fuerzas Armadas en 1976 significó uno de los capítulos más oscuros de la historia del periodismo argentino. La censura, las listas negras y el terror de Estado eliminaron toda posibilidad de crítica abierta. Los medios debían reproducir el discurso oficial sobre “la guerra contra la subversión”.
Los grandes diarios, como Clarín, La Nación y La Prensa, evitaron cuestionar los crímenes del régimen. En muchos casos, participaron activamente en la manipulación informativa, ocultando desapariciones y legitimando la represión. La dictadura, a su vez, utilizó la publicidad oficial y el control del papel prensa como herramientas de presión.
Sin embargo, hubo excepciones. Revistas como Humor Registrado o El Porteño mantuvieron un tono irónico y crítico, utilizando el humor y la cultura como estrategias de resistencia simbólica. En paralelo, periodistas como Rodolfo Walsh llevaron la denuncia a la clandestinidad. Su Carta Abierta a la Junta Militar (1977) sigue siendo un testimonio ético del compromiso periodístico frente al terror.
El retorno de la democracia y la reconstrucción del periodismo libre
Con el retorno de la democracia en 1983, la prensa argentina recuperó su voz. La cobertura del juicio a las Juntas y la difusión del informe Nunca Más marcaron el renacimiento del periodismo investigativo y el compromiso con los derechos humanos.
El diario Página/12, fundado en 1987 por Jorge Lanata y un grupo de periodistas jóvenes, redefinió la agenda mediática con un estilo irónico, gráfico y provocador. Su lema —“El medio de los periodistas”— expresaba una crítica a la concentración mediática y a la pérdida de independencia de los grandes diarios.
La televisión, que había crecido enormemente durante los años setenta, se convirtió ahora en un espacio central de debate político, con programas como Tiempo Nuevo o Siglo XX Cambalache. El periodismo político, tras décadas de censura, volvía a ejercer su función esencial: controlar al poder.
El periodismo político en la era democrática (1983–2001)
El regreso de la palabra libre
El retorno de la democracia en 1983 con Raúl Alfonsín marcó un renacimiento del periodismo político argentino. Tras años de censura y autocontrol, las redacciones recuperaron la libertad de investigar, opinar y denunciar. Los medios se convirtieron en actores fundamentales en la reconstrucción de la vida democrática.
El gobierno alfonsinista promovió un discurso de apertura y diálogo, donde la prensa fue vista como un aliado en la tarea de consolidar el Estado de derecho. Sin embargo, la relación entre ambos no tardó en tensionarse. Las denuncias sobre la crisis económica, las leyes de obediencia debida y punto final, o los alzamientos militares fueron tratadas con intensidad mediática, marcando la agenda política.
El juicio a las Juntas Militares de 1985 fue un punto de inflexión: los medios televisivos transmitieron los testimonios de las víctimas, generando una conciencia colectiva sobre los crímenes del terrorismo de Estado. El periodismo argentino asumió entonces una función moral y pedagógica, contribuyendo a la memoria democrática.
El auge de la televisión y el periodismo espectáculo
Durante los años noventa, bajo el gobierno de Carlos Menem, el sistema mediático se transformó radicalmente. La privatización de los canales estatales, la expansión del cable y la concentración empresarial crearon un nuevo ecosistema mediático dominado por el entretenimiento.
Programas como Hora Clave, Memoria, Fax o Día D combinaron periodismo político con formatos televisivos dinámicos y de alto impacto. Los periodistas comenzaron a adquirir status de figuras públicas, y el debate político se desplazó de los editoriales escritos a los estudios televisivos.
Simultáneamente, el gobierno menemista desarrolló una estrategia mediática populista y neoliberal: buscó seducir a la opinión pública a través de la espectacularización y la empatía personal. La figura del “presidente mediático” —presente en programas de farándula o deportes— redefinió el vínculo entre política y comunicación.
El caso “Yomagate” y las investigaciones de periodistas como Horacio Verbitsky o Jorge Lanata revelaron que, pese a la cercanía entre medios y poder, aún existía un espacio de periodismo crítico capaz de incomodar al establishment. La prensa alternaba entre la complicidad y la denuncia, reflejando las contradicciones del modelo político y económico de la época.
La concentración mediática y el poder de Clarín
En paralelo, el Grupo Clarín consolidó su posición como principal actor del mercado mediático. Con la compra de Canal 13, Radio Mitre y Cablevisión, se transformó en un conglomerado multimedia de alcance nacional. Este fenómeno anticipó una tendencia global: la concentración de medios y la fusión entre información, entretenimiento y negocio publicitario.
La relación entre los gobiernos democráticos y los grupos mediáticos se volvió cada vez más estratégica. Los medios ya no eran solo vehículos de comunicación, sino instrumentos de negociación política y económica. En esa lógica, el periodismo político oscilaba entre su vocación de control del poder y su dependencia de intereses corporativos.
A fines de los años noventa, la crisis del sistema político comenzó a reflejarse en la prensa: el desencanto ciudadano, la corrupción y el desempleo marcaron la agenda. Los titulares ya no hablaban de “épica democrática”, sino de “fatiga institucional”. Ese desgaste desembocaría en el estallido de 2001, un punto de quiebre para el periodismo y la política.
Del periodismo digital a las redes sociales (2001–presente)
La crisis de 2001 y el descrédito mediático
El colapso económico y social de diciembre de 2001 no solo puso en jaque al sistema político, sino también al mediático. La cobertura de las protestas, la represión y la caída de De la Rúa expuso el distanciamiento entre los grandes medios y la sociedad.
Muchos periodistas fueron increpados en la calle; el público percibía a los medios como parte del poder que había fracasado. Surgieron entonces medios alternativos, como Indymedia, radios comunitarias y portales independientes que transmitían desde las marchas y asambleas. Era el nacimiento de una contraprensa digital que cuestionaba el monopolio informativo.
Esa crisis fue también el punto de partida de un cambio estructural: el paso del papel a la pantalla. Internet comenzaba a alterar las rutinas de las redacciones, el modo de producir noticias y la relación entre periodistas y audiencia.
El kirchnerismo y la guerra mediática
Con la llegada de Néstor Kirchner (2003) y luego de Cristina Fernández de Kirchner (2007–2015), la relación entre el poder político y los medios alcanzó niveles inéditos de confrontación. El kirchnerismo consideraba que los grandes conglomerados mediáticos —especialmente el Grupo Clarín— eran “opositores encubiertos” y buscaban condicionar la agenda pública.
La respuesta fue una estrategia comunicacional de alto contenido ideológico, que incluyó la creación de medios estatales y comunitarios, como Canal Encuentro, Télam TV y Radio Nacional Rock, además de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (2009), que buscó democratizar el espectro mediático.
El conflicto entre el gobierno y Clarín se convirtió en una verdadera guerra discursiva. Mientras los medios concentrados denunciaban autoritarismo, el oficialismo hablaba de “batalla cultural”. El periodismo político se polarizó, dividiéndose entre medios “militantes” y “opositores”.
Programas como 6,7,8 o Periodismo para todos reflejaron esta grieta mediática: ambos hacían política desde la pantalla, pero desde posiciones enfrentadas. La objetividad se volvió una palabra en disputa, y la audiencia aprendió a leer la prensa según su alineamiento ideológico.
El ascenso del periodismo digital y los nuevos lenguajes
A partir de la década de 2010, el periodismo político argentino experimentó una digitalización acelerada. Los diarios tradicionales abrieron sus versiones online, mientras surgieron portales nativos digitales como Infobae, Perfil, El Destape o Chequeado.
Estos nuevos medios introdujeron prácticas innovadoras: el fact-checking (verificación de datos), la multimedialidad y la interacción directa con la audiencia. Las redes sociales —especialmente Twitter y Facebook— se transformaron en las verdaderas arenas del debate político.
En lugar de esperar la edición matutina, el público ahora seguía el minuto a minuto en sus dispositivos. Los periodistas se convirtieron en influencers de la información, y los políticos en comunicadores directos, capaces de hablar sin intermediarios.
Sin embargo, esta nueva dinámica trajo consigo un problema estructural: la velocidad reemplazó a la profundidad. La presión por publicar primero debilitó los procesos de verificación, y el algoritmo comenzó a determinar qué noticias alcanzaban visibilidad. La lógica del clic desplazó, en muchos casos, la lógica del rigor.
Las redes sociales y la política de la posverdad
Desde mediados de la década de 2010, la irrupción de las redes sociales transformó radicalmente la comunicación política argentina. Twitter (hoy X), Facebook, Instagram y más recientemente TikTok se convirtieron en plataformas de construcción de imagen y poder.
Los políticos ya no dependen exclusivamente de los medios: sus equipos de comunicación diseñan estrategias digitales basadas en microsegmentación, storytelling y viralización. El discurso político se fragmentó en videos de 30 segundos, memes o hashtags.
Este escenario favoreció la aparición de la posverdad, donde la emoción y la identidad pesan más que los hechos verificables. Las fake news, los bots y las operaciones mediáticas se volvieron parte cotidiana del ecosistema informativo.
El caso de las elecciones presidenciales de 2019 y 2023 mostró cómo las redes pueden moldear percepciones en tiempo real. Cuentas anónimas, influencers y medios digitales independientes disputan la narrativa minuto a minuto. El periodismo tradicional perdió el monopolio de la agenda, pero sigue siendo referencia de legitimidad frente al caos informativo.
Del periodismo de opinión al periodismo de participación
Hoy el periodismo político argentino vive una transición compleja. Los lectores ya no son solo receptores, sino productores de contenido. Las audiencias interactúan, opinan y desafían a los medios en los comentarios o en las redes. Esta democratización comunicacional ha ampliado la diversidad de voces, pero también ha generado un entorno más agresivo y polarizado.
Surgen nuevos formatos —podcasts, newsletters, streams en Twitch o YouTube— que permiten un análisis más pausado y conversacional. Periodistas como María O’Donnell, Ernesto Tenembaum o Reynaldo Sietecase combinan ahora su trabajo en radio o TV con plataformas digitales, adaptándose al consumo multiplataforma.
El desafío del presente es reconstruir la credibilidad. En un contexto de saturación informativa, el periodismo político debe volver a ser un espacio de contexto, análisis y verificación. La transparencia en las fuentes, la independencia económica y la ética profesional se han vuelto valores estratégicos, más que discursivos.
Conclusión: del papel a la pantalla, la misma batalla
La historia del periodismo político argentino, desde Sarmiento hasta las redes sociales, revela un hilo conductor: la palabra como campo de disputa. Desde las imprentas clandestinas del siglo XIX hasta los tuits de los líderes contemporáneos, el periodismo ha sido escenario y protagonista de la lucha por el sentido político.
Cada etapa redefinió su función:
- en el siglo XIX, la prensa fue tribuna de doctrina;
- a principios del XX, instrumento de movilización;
- en las dictaduras, espacio de resistencia;
- en la democracia, voz del control ciudadano;
- y en la era digital, campo de batalla simbólica.
Hoy el periodismo político argentino enfrenta un desafío doble: mantener la independencia frente a los poderes económicos y políticos, y sobrevivir a la revolución tecnológica sin perder profundidad. La digitalización democratizó la palabra, pero también la desordenó.
La misión del periodismo sigue siendo la misma que en tiempos de Sarmiento: educar al soberano, es decir, ofrecer herramientas para pensar críticamente en medio del ruido. Porque más allá del soporte o la época, la esencia del periodismo político argentino se mantiene intacta: la búsqueda apasionada de la verdad pública.
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