La Iglesia católica y su papel durante el bienio negro

Rodrigo Ricardo Publicado el 18 agosto, 2025 10 minutos y 30 segundos de lectura

La Iglesia católica en la Segunda República española

Hablar de la Iglesia católica en la España de la Segunda República significa adentrarse en un terreno cargado de tensiones, pasiones y contradicciones. La institución religiosa, que había sido históricamente un pilar fundamental del poder social, político y cultural en el país, se encontró con un contexto inédito desde 1931: un régimen republicano que planteaba reformas profundas que afectaban directamente a sus privilegios y a su presencia en la vida pública. La proclamación de la Segunda República no fue solo un cambio político, sino también un desafío a un orden tradicional en el que la Iglesia desempeñaba un rol casi hegemónico en la educación, la moral y el control de la vida cotidiana.

Las reformas del primer bienio republicano (1931-1933), especialmente la Constitución de 1931, supusieron un golpe para la Iglesia: se estableció la separación entre Iglesia y Estado, se eliminaron los privilegios jurídicos del clero, se limitaron las órdenes religiosas (en particular la Compañía de Jesús), se secularizó la educación y se prohibió la financiación pública de actividades religiosas. Estas medidas, inspiradas en un proyecto laico y democrático, generaron un choque directo con la jerarquía eclesiástica, que interpretó estas reformas como un ataque frontal a la fe católica y a la tradición española.

En este marco, la llegada al poder de las fuerzas conservadoras tras las elecciones de 1933 —con la CEDA y el Partido Radical como protagonistas— supuso un respiro y una oportunidad para la Iglesia. El período conocido como el bienio negro (1933-1935) permitió a la institución recuperar parte de la influencia perdida, reforzar su relación con los sectores conservadores y actuar como un agente político de primer orden en un país cada vez más polarizado. Analizar este papel de la Iglesia en el bienio radical-cedista nos ayuda a comprender mejor cómo se fraguaron las tensiones que terminarían desembocando en la Guerra Civil.


La Iglesia y el fin del primer bienio: expectativas ante la victoria de la derecha

Al terminar el primer bienio republicano en 1933, la Iglesia católica se encontraba debilitada institucionalmente, aunque no derrotada en su influencia social. La ofensiva laicizadora había conseguido reducir su poder en las escuelas, limitar su financiación y cuestionar su presencia en la vida pública. Sin embargo, el peso de la religión en la vida cotidiana de millones de españoles seguía siendo enorme, especialmente en las zonas rurales, donde la parroquia continuaba siendo el centro de referencia social, cultural y hasta económico.

La victoria electoral de las derechas en 1933 fue recibida por la Iglesia como una oportunidad histórica para revertir las políticas anticlericales del primer bienio. La jerarquía católica se mostró cercana a la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) de José María Gil-Robles, un partido que defendía abiertamente los principios católicos y que había convertido en eje de su programa la defensa de la religión frente al laicismo republicano. Aunque la CEDA no formó parte inmediata del gobierno, sí ejerció una enorme influencia desde las Cortes, presionando al Partido Radical de Alejandro Lerroux para que frenara las reformas progresistas y se aproximara a los intereses eclesiásticos.

Durante esta etapa, los obispos y sacerdotes reforzaron su discurso público contra el socialismo, el anarquismo y el republicanismo de izquierdas, presentándolos como enemigos de la tradición cristiana y como amenazas al orden natural de la sociedad. La Iglesia se convirtió en un actor movilizador, capaz de orientar el voto de miles de fieles y de articular un bloque conservador unido frente a la República laica. Además, asociaciones como la Acción Católica sirvieron como instrumento de participación social y política de los católicos, canalizando la influencia de la Iglesia en los ámbitos civiles.


La defensa de la educación religiosa y el enfrentamiento con el laicismo

Uno de los ámbitos en los que la Iglesia jugó un papel central durante el bienio negro fue la educación. El primer bienio republicano había impulsado la creación de miles de escuelas públicas laicas, había limitado la presencia de órdenes religiosas en la enseñanza y había promovido un modelo de instrucción ajeno al dogma católico. Para la jerarquía eclesiástica, esto no solo significaba la pérdida de un campo donde tradicionalmente había ejercido control absoluto, sino también el riesgo de que las nuevas generaciones crecieran en un ambiente secularizado, contrario a la moral cristiana.

Durante el bienio radical-cedista, la presión de la CEDA y de sectores católicos logró frenar y revertir parcialmente esas reformas. Se permitió de nuevo una mayor presencia de las órdenes religiosas en la enseñanza, se suavizaron los controles sobre los colegios confesionales y se impulsaron medidas que beneficiaban a instituciones educativas ligadas a la Iglesia. Aunque no se pudo derogar la Constitución republicana, que seguía marcando el marco legal de la separación Iglesia-Estado, en la práctica se generó una tolerancia hacia la educación confesional que significó un resurgimiento de la influencia eclesiástica en este campo.

La lucha por la educación fue uno de los ejes fundamentales de la confrontación ideológica en la España de los años treinta. Mientras las izquierdas defendían la escuela laica como símbolo de modernización, libertad y justicia social, la Iglesia y los conservadores la consideraban una agresión contra la tradición y contra el derecho de los padres a educar a sus hijos en la fe católica. Esta disputa generó una profunda polarización social, que se reflejaba en las familias, en las comunidades rurales y urbanas, y en la vida política del país.


La Iglesia como aliada de la CEDA y los partidos conservadores

El papel de la Iglesia católica durante el bienio negro no puede entenderse sin tener en cuenta su estrecha relación con la CEDA. Este partido, liderado por José María Gil-Robles, representaba la voz política del catolicismo social en España y estaba inspirado en modelos europeos de democracia cristiana, aunque con una fuerte carga autoritaria en su discurso. Para la Iglesia, la CEDA no solo era un aliado político, sino también un instrumento para reconstruir un orden social basado en la moral cristiana y en la defensa de sus intereses.

Los sermones en las parroquias, los artículos en la prensa católica y las pastorales de los obispos eran auténticos manifiestos políticos que llamaban a apoyar a la CEDA y a rechazar los proyectos de izquierdas. La Iglesia no actuaba como un agente neutral, sino como un actor político con capacidad para movilizar masas y orientar el rumbo del país. Incluso en los pueblos más pequeños, la influencia de los párrocos en la vida política era decisiva, ya que podían orientar el voto de sus feligreses hacia opciones conservadoras.

Al mismo tiempo, la Iglesia se convirtió en un elemento de cohesión para los sectores más reaccionarios, que veían en ella el último bastión frente a la amenaza revolucionaria. El miedo a la pérdida de privilegios y a la expansión de ideologías como el comunismo o el anarquismo reforzó la alianza entre clero, terratenientes, militares y derecha política. En este sentido, la Iglesia fue mucho más que una institución religiosa: fue un factor de poder que jugó un papel determinante en la configuración del bloque conservador que acabaría siendo decisivo en la guerra civil.


La Iglesia frente a la Revolución de Octubre de 1934

Uno de los momentos más críticos del bienio radical-cedista fue la Revolución de Octubre de 1934, un levantamiento obrero y socialista que tuvo especial fuerza en Asturias y que buscaba frenar la entrada de la CEDA en el gobierno. Para la Iglesia, esta insurrección fue vista como la confirmación de sus advertencias: el socialismo y el anarquismo representaban, en su discurso, un ataque directo a la civilización cristiana y al orden moral.

Durante los sucesos de octubre, muchos templos y propiedades de la Iglesia fueron atacados y quemados, especialmente en Asturias, donde los revolucionarios identificaban al clero como cómplice de la explotación de los trabajadores. La violencia anticlerical que se desató en algunos puntos del país reforzó aún más la postura de la jerarquía eclesiástica, que a partir de entonces presentó la lucha política en España como una batalla entre la fe y la barbarie, entre el catolicismo y el ateísmo revolucionario.

Tras la derrota de la revolución, la Iglesia se alineó plenamente con el discurso represivo del gobierno, justificando la dura respuesta militar y policial como una defensa legítima del orden social y de la religión. Los obispos publicaron pastorales en las que celebraban la victoria sobre los «enemigos de Dios» y llamaban a fortalecer la unidad de los católicos en torno a la CEDA y al Estado. En este contexto, la institución religiosa se convirtió en un agente legitimador de la represión, reforzando la fractura política y social que recorría España.


El discurso religioso como arma política

Durante todo el bienio negro, la Iglesia no se limitó a defender sus intereses materiales o educativos, sino que construyó un discurso religioso-político que presentaba la situación del país como una lucha trascendental. En esta narrativa, el catolicismo representaba la esencia de España, su tradición y su identidad, mientras que el socialismo, el comunismo y el anarquismo eran descritos como fuerzas extranjeras, destructoras y contrarias a la fe.

Este discurso fue fundamental para la movilización de las masas conservadoras. No se trataba solo de una disputa política, sino de una cuestión de fe: defender a la Iglesia era, al mismo tiempo, defender a la nación y al orden natural querido por Dios. Esta visión impregnó los sermones, las publicaciones católicas, los movimientos juveniles de Acción Católica y los mensajes de la jerarquía eclesiástica.

El resultado fue una creciente polarización en la sociedad española. Los sectores católicos se radicalizaron frente a la amenaza revolucionaria, mientras que las izquierdas veían en la Iglesia a un enemigo irreconciliable, aliado de los terratenientes, del ejército y de los explotadores. De este modo, el discurso religioso de la Iglesia no solo reforzó a la derecha política, sino que también contribuyó a la división que conduciría a la guerra civil.


Conclusiones: la Iglesia católica en el bienio negro y su herencia histórica

El papel de la Iglesia católica durante el bienio negro fue mucho más que el de una institución religiosa preocupada por su supervivencia. Se trató de un actor político central, estrechamente vinculado a la CEDA y al bloque conservador, que trabajó activamente para frenar las reformas republicanas, recuperar su influencia en la educación, movilizar a los católicos y legitimar la represión contra las izquierdas.

Su actuación en este periodo no puede entenderse al margen de la profunda crisis de la Segunda República. En un país dividido entre proyectos políticos y sociales irreconciliables, la Iglesia eligió aliarse con los sectores más conservadores, contribuyendo así a la radicalización del conflicto. La violencia anticlerical de 1934, los ataques a templos y la hostilidad de las izquierdas reforzaron esta postura, convirtiendo a la institución en un pilar del bloque que terminaría apoyando el golpe militar de 1936.

En definitiva, la Iglesia católica desempeñó un papel decisivo durante el bienio radical-cedista, no solo en la defensa de sus intereses, sino también en la configuración de una narrativa política que alimentó la polarización. Su influencia fue determinante en la formación de un frente conservador que, pocos años después, se alinearía con la sublevación franquista. Comprender este papel nos ayuda a entender por qué la religión fue uno de los elementos más controvertidos y conflictivos en la España de los años treinta.

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