¿Quién Inventó la Penicilina?

Rodrigo Ricardo Publicado el 23 agosto, 2025 4 minutos y 59 segundos de lectura

La respuesta directa es que la penicilina no fue «inventada» en un taller, sino descubierta y desarrollada. El hombre a quien se atribuye este logro monumental es el bacteriólogo escocés Sir Alexander Fleming. Sin embargo, afirmar que fue un descubrimiento fortuito y exclusivo de una sola persona simplifica enormemente una historia compleja y colaborativa. Fue Fleming quien hizo el descubrimiento inicial, pero fueron los científicos Howard Florey y Ernst Boris Chain quienes transformaron ese hallazgo casual en el medicamento que salvaría a millones, un esfuerzo por el que los tres compartieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1945.


La Historia del Descubrimiento: Una Serie de Eventos Afortunados

La historia de la penicilina es un relato fascinante de observación aguda, suerte («serendipia») y tenacidad científica.

El Descubrimiento Fortuito de Fleming (1928)

En septiembre de 1928, Alexander Fleming regresaba a su desordenado laboratorio en el Hospital St. Mary’s de Londres después de unas vacaciones. Estaba revisando unas placas de Petri donde había cultivado la bacteria Staphylococcus aureus.

Fleming notó algo extraordinario: en una de las placas, un moho azul-verdoso había contaminado el cultivo. Lo crucial fue lo que observó alrededor del moho: un anillo claro donde las bacterias no crecían. Era como si el moho estuviera produciendo una sustancia que mataba o inhibía el crecimiento de la bacteria. Fleming, con su mente inquisitiva, no descartó el experimento arruinado. En cambio, lo investigó.

Identificó el moho como perteneciente al género Penicillium (concretamente Penicillium notatum), y llamó a la sustancia antibacteriana que producía «penicilina«. Comprobó que era efectiva contra una amplia gama de bacterias dañinas y, lo que es más importante, que era no tóxica para los glóbulos blancos humanos, a diferencia de los antisépticos brutos de la época.

A pesar de su potencial, Fleming encontró enormes dificultades. Le resultaba extremadamente difícil producir, purificar y estabilizar la penicilina en cantidades suficientes. Podía producir pequeñas cantidades para experimentos de laboratorio, pero no para uso terapéutico masivo. Sus hallazgos, publicados en 1929, atrajeron interés científico limitado durante una década.

La Revolución de Florey y Chain (1939-1945)

La penicilina podría haber quedado como una curiosidad de laboratorio de no ser por un equipo de la Universidad de Oxford. Una década después, el pathólogo Howard Florey y el bioquímico Ernst Boris Chain (un refugiado judío de la Alemania nazi) se embarcaron en un estudio sistemático de sustancias antibacterianas naturales. Redescubrieron el trabajo de Fleming y decidieron centrarse en la penicilina.

Su contribución fue fundamental. Utilizando técnicas de bioquímica avanzada, Chain logró purificar y concentrar la penicilina. Florey dirigió el equipo que probó su eficacia. En 1940, realizaron un experimento crucial con 8 ratones infectados con una dosis letal de estreptococo. Los 4 tratados con penicilina sobrevivieron; los 4 no tratados murieron. Era una prueba irrefutable.

El primer tratamiento en un humano fue en 1941, con un policía que se moría de una septicemia. La penicilina mostró un efecto milagroso, pero las cantidades limitadas (se recuperaba de la orina del paciente para reutilizarla) hicieron que el suministro se agotara y el hombre finalmente murió. Sin embargo, quedó claro que, con suficiente cantidad, la penicilina funcionaba.

El problema era la producción. El laboratorio de Oxford era insuficiente. La Segunda Guerra Mundial fue el catalizador definitivo. La necesidad desesperada de un antibiótico eficaz para tratar las infecciones de las heridas de batalla impulsó una colaboración masiva. Florey viajó a los Estados Unidos y convenció a varios laboratorios y al gobierno para que se unieran al esfuerzo.

Se emprendió una búsqueda masiva para encontrar una cepa de Penicillium más productiva (encontraron una en un melón podrido en un mercado de Peoria, Illinois) y se desarrollaron métodos de fermentación industrial a gran escala (utilizando tanques profundos en lugar de superficies planas). Para el Desembarco de Normandía en 1944, había suficiente penicilina para tratar a todos los soldados aliados heridos, cambiando para siempre el panorama médico de la guerra y la medicina civil posterior.


¿Cómo se Descubrió Realmente? El Mecanismo Científico

El descubrimiento fue visual (la placa de Petri), pero la ciencia detrás de él es profunda. La penicilina funciona de una manera ingeniosa y específica:

  1. Target Débil: Las bacterias tienen una pared celular rígida que las protege. Las células humanas y animales no tienen esta pared.
  2. Interferencia Letal: La penicilina interfiere con la síntesis de los peptidoglicanos, los componentes cruciales que forman esa pared celular bacteriana.
  3. Debilitamiento y Muerte: Impide que la bacteria construya y repare su pared celular. Cuando la bacteria intenta multiplicarse, se debilita tanto que estalla (lisis) y muere.

Este mecanismo de «acción selectiva» es la clave. Ataca un proceso vital para la bacteria sin afectar a las células humanas, lo que la convierte en un arma extraordinariamente eficaz y segura, a diferencia de los primeros tratamientos como el arsénico o la radiación.


Conclusión: Un Esfuerco Colectivo

Por lo tanto, atribuir la penicilina a un solo «inventor» es insuficiente.

  • Alexander Fleming fue el visionario que hizo la observación inicial y reconoció su importancia.
  • Howard Florey fue el estratega y líder que dirigió el equipo que demostró su potencial práctico.
  • Ernst Boris Chain fue el ingeniero molecular que resolvió el problema de la purificación.

Juntos, iniciaron la Era de los Antibióticos, uno de los avances médicos más significativos de la historia humana, que ha salvado cientos de millones de vidas. Su historia es un testimonio eterno de cómo la curiosidad, la colaboración internacional y la perseverancia científica pueden convertir un accidente de laboratorio en un milagro global.

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Rodrigo Ricardo Editor y fundador