A comienzos de la década de 1990, el filósofo francés Gilles Deleuze publicó un breve pero contundente texto titulado “Post-scriptum sobre las sociedades de control” (1990), que se convertiría en una de las reflexiones más influyentes sobre el poder en la era contemporánea. En apenas unas páginas, Deleuze reformula las ideas de su maestro Michel Foucault, quien había descrito con precisión las “sociedades disciplinarias” modernas, aquellas que moldeaban a los individuos mediante instituciones cerradas como la escuela, la fábrica, el hospital o la prisión.
Deleuze sostiene que ese modelo de poder, característico de los siglos XVIII al XX, estaba siendo reemplazado por una nueva forma de dominación más sutil, fluida y difusa: la sociedad de control. Mientras la disciplina encerraba y delimitaba los espacios de vida, el control los disuelve. En lugar de muros, existen códigos; en lugar de encierros, hay vigilancia continua; y en lugar de castigos visibles, se imponen mecanismos invisibles que modulan las conductas en tiempo real.
El poder, en este nuevo paradigma, ya no necesita reprimir de forma física: se infiltra en los flujos de información, en las redes digitales, en las transacciones económicas, en los algoritmos y en la propia subjetividad. No se trata solo de “vigilar”, como en la famosa metáfora foucaultiana del panóptico, sino de predecir y orientar comportamientos antes de que ocurran.
De Foucault a Deleuze: continuidad y ruptura
Para entender a Deleuze, es necesario situarlo en el contexto del pensamiento de Michel Foucault, cuya influencia es decisiva. Foucault había propuesto una genealogía del poder moderno, mostrando cómo, desde el siglo XVIII, las sociedades occidentales organizaron sus instituciones alrededor de la disciplina.
La escuela disciplinaba los cuerpos mediante horarios, filas y exámenes. La fábrica, mediante la división del trabajo y la vigilancia de los supervisores. El hospital, mediante la regulación del cuerpo enfermo. Y la prisión, mediante el castigo como forma de corrección moral. Todas estas instituciones tenían un mismo objetivo: producir sujetos dóciles y útiles, capaces de cumplir con las normas de la sociedad industrial.
Sin embargo, según Deleuze, a fines del siglo XX este modelo comenzó a desmoronarse. Las instituciones tradicionales perdieron eficacia, y el poder se volvió más flexible y descentralizado. El trabajador ya no pasa toda su vida en una fábrica; el estudiante aprende fuera de la escuela, en plataformas digitales; la vigilancia ya no necesita cárceles, porque se ejerce a través de los datos personales que entregamos cotidianamente.
Así, el filósofo francés observa una mutación del poder: de un poder disciplinario basado en el encierro, a un poder de control basado en la circulación. Si en la sociedad disciplinaria el sujeto pasaba “de un espacio cerrado a otro” (de la familia a la escuela, de la escuela a la fábrica), en la sociedad de control ya no hay tránsito entre lugares fijos, sino una continuidad sin interrupciones, un flujo constante donde la vigilancia y la modulación operan de manera ininterrumpida.
El poder como modulación: una nueva lógica
Deleuze utiliza un término fundamental para describir esta transformación: modulación. A diferencia del molde disciplinario, que daba una forma fija al individuo, el control funciona como una modulación adaptable y variable. El molde fabrica un producto idéntico una y otra vez; la modulación ajusta cada caso en función de circunstancias cambiantes.
Un ejemplo claro puede observarse en el sistema financiero. En lugar de imponer un salario fijo o un horario rígido —como en la fábrica industrial—, el capitalismo contemporáneo modula la productividad mediante incentivos, bonificaciones, algoritmos de rendimiento o puntuaciones personales. De esta forma, el control no se impone desde fuera, sino que se interioriza: el propio sujeto regula su comportamiento buscando eficiencia, visibilidad o aceptación social.
Esta lógica también se manifiesta en el mundo digital. Las redes sociales, los sistemas de crédito, las plataformas de trabajo remoto y los entornos digitales de consumo funcionan como espacios de control continuo. No hay coerción directa, pero sí una retroalimentación permanente entre la conducta individual y los algoritmos que la analizan. Cada clic, cada búsqueda o cada “me gusta” es traducido en información útil para perfilar y dirigir nuestras decisiones futuras.
Tecnocracia: Definición, Características y Ejemplos
En palabras de Deleuze, el sujeto ya no es un individuo encerrado, sino una “dividua”, una entidad dividida en datos, fragmentada en bits de información que pueden ser analizados, vendidos y recombinados infinitamente.
Del panóptico al algoritmo
Mientras el panóptico foucaultiano representaba una estructura arquitectónica que permitía la vigilancia desde un punto central —la torre del guardián—, la sociedad de control funciona de manera reticular, distribuida en redes. Nadie observa desde un centro, porque todos participamos del sistema al mismo tiempo. Somos vigilantes y vigilados, productores y consumidores de información.
El panóptico encerraba cuerpos; el algoritmo clasifica datos. En este tránsito, el poder se hace más invisible, más eficiente y, paradójicamente, más aceptado. Ya no necesitamos una celda o un guardia para obedecer: basta con la promesa de una recompensa, el miedo a la exclusión digital o el deseo de reconocimiento social.
Deleuze anticipa aquí un rasgo esencial del siglo XXI: la expansión del capitalismo informacional y el surgimiento de una economía del control, en la que la vigilancia se convierte en un negocio y los datos personales en el recurso más valioso.
Conceptos centrales: del disciplinamiento al control
Del molde a la modulación: una mutación tecnológica del poder
Deleuze parte de una observación clave: cada época histórica desarrolla sus propios dispositivos de poder en función de su base tecnológica y económica. En la sociedad industrial, el poder disciplinario funcionaba con una lógica de molde, es decir, con estructuras cerradas y repetitivas que daban forma a los cuerpos y comportamientos.
¿Qué es una sociedad distópica? Definición, características y ejemplos
Por ejemplo, la escuela moldeaba a los alumnos mediante horarios, programas y exámenes. La fábrica moldeaba a los trabajadores mediante la cadena de montaje y la organización jerárquica. El molde implicaba estabilidad, repetición y control del tiempo: el sujeto debía adaptarse a una forma establecida.
Sin embargo, con el surgimiento de las tecnologías de la información, la comunicación global y el capitalismo flexible, ese molde dejó de ser eficaz. En su lugar aparece la modulación, un proceso dinámico, adaptable, que responde en tiempo real a las variaciones del entorno.
Deleuze escribe: “Las sociedades de control operan mediante una modulación continua, una suerte de molde auto-deformante que cambia constantemente, de instante en instante”.
Esto significa que el poder ya no busca fabricar cuerpos idénticos, sino gestionar flujos cambiantes: flujos de dinero, información, deseos o emociones.
En este contexto, el control no necesita imponer normas fijas; basta con ajustar variables. Las políticas de precios dinámicos, los sistemas de reputación online, los algoritmos de personalización o las puntuaciones de crédito social son ejemplos concretos de modulaciones que influyen en la conducta sin recurrir a la coerción visible.
La sustitución de los espacios cerrados por entornos abiertos
En las sociedades disciplinarias, el poder se organizaba alrededor de instituciones cerradas: la familia, la escuela, el cuartel, la fábrica, la prisión. Cada una tenía fronteras claras y una función definida en el proceso de formación del sujeto.
En cambio, en las sociedades de control esas fronteras se disuelven. La educación se extiende más allá de la escuela, el trabajo invade el hogar mediante el teletrabajo, y la vigilancia acompaña al individuo en su vida cotidiana a través de sus dispositivos digitales.
Deleuze señala que ya no pasamos “de un recinto a otro”, sino que vivimos en un espacio abierto, donde los mecanismos de poder se infiltran en todas partes. Esto no significa libertad, sino una expansión del control a cada aspecto de la vida.
Por ejemplo, el teletrabajo, presentado como símbolo de autonomía, implica en realidad una vigilancia más difusa: softwares que miden la productividad, cámaras encendidas en reuniones virtuales, plataformas que registran la actividad minuto a minuto.
Deleuze anticipa esta transformación antes de la era digital, pero su análisis cobra una relevancia profética en el siglo XXI. Hoy los dispositivos inteligentes —teléfonos, relojes, aplicaciones de salud, redes sociales— convierten la existencia cotidiana en una fuente inagotable de datos. El control ya no se impone: se solicita y se acepta voluntariamente.
De la identificación al seguimiento continuo
Otra diferencia crucial entre la disciplina y el control radica en el modo de identificación de los sujetos. En la sociedad disciplinaria, el individuo era identificado mediante números, expedientes o documentos fijos. Su identidad era estable: estudiante, obrero, paciente o prisionero.
En la sociedad de control, esa identidad se fragmenta. El individuo se convierte en una “dividua”, término que Deleuze utiliza para señalar la descomposición del sujeto en datos parciales: hábitos de consumo, patrones de desplazamiento, preferencias políticas o emocionales.
Ya no se trata de vigilar a una persona completa, sino de analizar segmentos de información que describen comportamientos. La modulación actúa sobre esas “dividuas”, ajustando estímulos y recompensas para influir en las decisiones futuras.
Un ejemplo evidente es el sistema de publicidad personalizada: el algoritmo no necesita “saber quién eres”, solo necesita inferir qué es probable que desees. Así, la identidad deja de ser una esencia y se convierte en una variable estadística.
En este punto, Deleuze se adelanta al debate contemporáneo sobre el big data, la minería de información y la inteligencia artificial. Lo que hoy llamamos “profiling” o “machine learning” responde exactamente a la lógica del control: sistemas que aprenden del comportamiento individual y colectivo para ajustar la realidad social según criterios de optimización.
La deuda como forma de control
Una de las aportaciones más originales de Deleuze es su análisis del endeudamiento como mecanismo de control. Mientras que la sociedad disciplinaria operaba mediante castigos y premios, la sociedad de control produce sujetos endeudados, atrapados en una lógica de dependencia económica y emocional.
En su lectura de Nietzsche, Deleuze ya había explorado cómo la deuda constituye una forma de poder moral. En la era contemporánea, esa lógica se amplifica: créditos, hipotecas, suscripciones, préstamos estudiantiles, micropagos digitales o la presión constante por “mantener una buena puntuación” son dispositivos que aseguran la obediencia a través de la responsabilidad individual.
El sujeto ya no es castigado desde fuera, sino que se autoculpa y se autovigila para cumplir con sus compromisos. En palabras de Deleuze, la deuda reemplaza al encierro: “el hombre ya no está encerrado, sino endeudado”.
Este mecanismo se observa con claridad en el trabajo digital, donde los empleados o freelancers compiten por reputación y calificaciones. La precariedad se disfraza de libertad: “tú eres tu propio jefe”, pero también tu propio vigilante.
El control como interiorización del poder
En la sociedad de control, el poder se internaliza. Ya no hay un amo visible ni una institución que ordene desde arriba. En cambio, los individuos asumen voluntariamente las normas y expectativas que el sistema les impone.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, influido por Deleuze, lo resume con precisión: en la sociedad del rendimiento, “el sujeto se explota a sí mismo creyendo que se realiza”. La autoexplotación reemplaza a la coerción externa.
En este sentido, Deleuze anticipa una nueva forma de servidumbre: la del sujeto que se siente libre mientras obedece, que cree decidir mientras es guiado por algoritmos, que cree comunicarse mientras es monitorizado.
La fuerza del concepto de control radica precisamente en su carácter invisible. No requiere represión, sino adhesión. No impone disciplina, sino deseo. No castiga la desviación, sino que la convierte en información para optimizar el sistema.
Del poder soberano al control descentralizado
Finalmente, Deleuze observa que el poder ya no está concentrado en una autoridad central (como el Estado o la Iglesia), sino que se distribuye en redes. Cada empresa, plataforma o usuario participa de esta dinámica.
En lugar de jerarquías, hay conexiones. En lugar de órdenes, hay protocolos. El control se ejerce mediante infraestructuras invisibles: sistemas de pago, redes digitales, regulaciones algorítmicas o normas de acceso.
El resultado es una forma de poder sin rostro, que no puede localizarse en un punto específico, porque se encuentra en todas partes.
Ejemplos contemporáneos y aplicaciones de la teoría
La digitalización como escenario del control
Cuando Deleuze escribió su Post-scriptum en 1990, Internet apenas comenzaba a popularizarse. Sin embargo, su análisis resulta sorprendentemente profético respecto a los sistemas de poder que hoy organizan la vida digital.
La sociedad de control encuentra su terreno ideal en la era de la información. Las tecnologías digitales permiten una vigilancia constante, difusa e individualizada, que no necesita de muros ni policías. Cada interacción deja una huella: una búsqueda en Google, un desplazamiento registrado por GPS, una compra en línea, una fotografía publicada en redes sociales.
A diferencia de la vigilancia disciplinaria —que requería observadores humanos—, el control contemporáneo es automatizado y algorítmico. Los datos son recolectados, analizados y transformados en perfiles que permiten anticipar comportamientos. En otras palabras: el control predice y moldea el futuro.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, retomando esta línea, describe el presente como una “sociedad de la transparencia”, donde la exposición voluntaria sustituye a la vigilancia forzada. Ya no es necesario vigilar desde afuera: los individuos entregan su privacidad a cambio de comodidad, reconocimiento o placer.
Las redes sociales: del panóptico al “sinóptico”
En las redes sociales, el poder se ejerce de forma horizontal. Todos miran a todos, todos producen y consumen información al mismo tiempo. En este sentido, la lógica del panóptico (un vigilante que observa a muchos) se transforma en una lógica sinóptica (muchos que observan a muchos).
Deleuze había señalado que el control no es coercitivo sino participativo. Las plataformas digitales materializan esta intuición: el usuario se convierte en su propio vigilante, cuidando lo que publica, controlando su imagen, comparándose con los demás, buscando aprobación en forma de “likes”.
El sistema de métricas —seguidores, reproducciones, comentarios, puntuaciones— funciona como un mecanismo de autodisciplina emocional. Las recompensas simbólicas sustituyen a las sanciones físicas. Cada interacción alimenta una base de datos que, a su vez, retroalimenta los algoritmos de predicción y recomendación.
Así, la red social encarna el ideal deleuziano del control continuo: una modulación incesante del deseo y la conducta, donde los límites entre libertad y manipulación se vuelven borrosos.
Economía de datos y capitalismo de vigilancia
El concepto de capitalismo de vigilancia, desarrollado por Shoshana Zuboff, ofrece una actualización contemporánea de la teoría deleuziana. Según Zuboff, las grandes corporaciones tecnológicas —Google, Facebook, Amazon, Apple, entre otras— han convertido la experiencia humana en materia prima para la acumulación económica.
Cada clic, desplazamiento o conversación se transforma en “datos conductuales”, que permiten anticipar nuestras acciones y, en muchos casos, influir sobre ellas. La publicidad personalizada, los precios dinámicos o las recomendaciones algorítmicas no solo buscan vender productos, sino también modificar comportamientos.
Este modelo encarna la idea de Deleuze de una sociedad sin encierros pero controlada, donde la libertad aparente se combina con una dependencia invisible. Las decisiones parecen voluntarias, pero están moldeadas por patrones estadísticos y diseños persuasivos (lo que hoy se conoce como behavioral design o nudging).
Deleuze no pudo prever el auge de las redes sociales o el big data, pero su noción de modulación resume perfectamente este fenómeno: el poder que no oprime, sino que ajusta y orienta el flujo de la vida cotidiana.
Plataformas laborales y control algorítmico
Otro ámbito donde la teoría de Deleuze resulta iluminadora es el del trabajo digital. Plataformas como Uber, Rappi, Glovo o Amazon Mechanical Turk transforman la organización del empleo.
En la sociedad disciplinaria, el obrero era vigilado por un supervisor o un jefe; en la sociedad de control, el algoritmo es el nuevo capataz. Calcula tiempos, evalúa rendimientos, asigna tareas, otorga recompensas y sanciones invisibles.
El trabajador, aparentemente autónomo, se encuentra en realidad sometido a un sistema de control constante: GPS que rastrea sus movimientos, evaluaciones de los clientes, penalizaciones automáticas por demora.
Lo que antes era una jerarquía visible se convierte en un mecanismo invisible y matemático, una modulación perpetua de productividad. Deleuze anticipó esta dinámica al señalar que el control no encierra, sino que hace circular: el trabajador está en movimiento, pero dentro de un circuito cerrado de reglas algorítmicas.
La precarización laboral, la autoexplotación y la lógica de las “puntuaciones” reflejan esa transición: de la obediencia al rendimiento.
Biometría, vigilancia sanitaria y control social
La sociedad de control también se manifiesta en el campo de la biopolítica contemporánea. Los dispositivos de reconocimiento facial, las bases de datos biométricos, las cámaras inteligentes y los sistemas de crédito social (como el implementado en China) son ejemplos tangibles de lo que Deleuze imaginó como un control ubicuo.
Durante la pandemia de COVID-19, esta dinámica se hizo evidente: los gobiernos y empresas tecnológicas desarrollaron aplicaciones de rastreo de contactos, pasaportes sanitarios y monitoreo digital de movilidad. Si bien estas medidas buscaban proteger la salud pública, también expandieron los límites de la vigilancia hacia territorios íntimos: el cuerpo, el espacio privado, los hábitos cotidianos.
Deleuze habría interpretado este fenómeno como una intensificación de la lógica de control: una sociedad donde la seguridad se convierte en justificación para la observación total.
El filósofo italiano Giorgio Agamben complementa esta visión al advertir que el estado de excepción —como el vivido durante la pandemia— tiende a normalizarse. Las tecnologías de control implementadas por motivos sanitarios pueden mantenerse después como herramientas políticas o económicas.
Inteligencia artificial y control predictivo
La llegada de la inteligencia artificial (IA) amplifica el poder del control al extremo. Los sistemas de IA no solo analizan datos pasados, sino que predicen comportamientos futuros. En el ámbito policial, esto se traduce en el llamado predictive policing (vigilancia predictiva), que utiliza algoritmos para anticipar delitos y focalizar recursos.
Aunque presentados como herramientas de eficiencia, estos sistemas reproducen sesgos sociales y éticos, consolidando nuevas formas de discriminación automatizada. Deleuze advirtió que el control tiende a ser diferencial, ajustando comportamientos según perfiles estadísticos.
En la práctica, esto significa que la sociedad de control no busca castigar, sino prevenir, moldeando el comportamiento antes de que ocurra la transgresión. La noción de culpa o responsabilidad se sustituye por la gestión del riesgo.
El individuo ya no es juzgado por lo que hizo, sino por lo que podría llegar a hacer. Este cambio marca un desplazamiento profundo en la forma del poder: de la disciplina que corrige a la modulación que anticipa.
Educación, consumo y entretenimiento: control blando
Más allá de la vigilancia explícita, la sociedad de control se infiltra en ámbitos aparentemente inocentes, como la educación, el consumo o el entretenimiento.
Las plataformas educativas digitales, por ejemplo, registran cada interacción del estudiante: cuánto tiempo dedica a una tarea, qué errores comete, en qué momento pierde atención. Esta información se usa para ajustar los contenidos, pero también para evaluar y clasificar.
En el consumo, los algoritmos de recomendación (Netflix, Spotify, TikTok, YouTube) aprenden de los gustos individuales y modelan el deseo colectivo. El usuario cree elegir, pero su elección está guiada por un sistema que anticipa y condiciona su placer.
Deleuze diría que el poder contemporáneo ya no necesita prohibir nada: basta con administrar las opciones disponibles, modulando la atención, la emoción y el tiempo.
Críticas, debates y conclusiones
Alcances y relevancia del concepto de control
La teoría de la sociedad de control de Deleuze ha demostrado ser extraordinariamente fecunda para comprender la dinámica del poder en la era contemporánea. Su principal aportación radica en desplazar el foco del poder: de la disciplina visible y centralizada a la modulación constante y difusa.
El concepto permite analizar fenómenos tan diversos como la vigilancia digital, el capitalismo de datos, la educación en línea, la autoexplotación laboral o los sistemas biométricos. En todos ellos, la clave no es la coerción física, sino la persuasión, la previsión y la adaptabilidad.
Deleuze logra describir una sociedad donde el poder no oprime, sino que organiza flujos, anticipa conductas y genera adherencia voluntaria. En este sentido, la noción de control se anticipa al debate contemporáneo sobre privacidad, big data, algoritmos y ética digital, convirtiéndose en una herramienta analítica para académicos, periodistas, legisladores y ciudadanos críticos.
Críticas principales
A pesar de su influencia, la teoría de Deleuze no está exenta de críticas. Algunas de las más recurrentes son:
a) Excesiva abstracción y brevedad: El texto de Deleuze es un post-scriptum breve (apenas unas páginas), por lo que carece de un desarrollo sistemático. Algunos críticos sostienen que esto dificulta su aplicación empírica directa y puede dar lugar a interpretaciones demasiado generales o especulativas.
b) Determinismo tecnológico: Al analizar fenómenos digitales y de vigilancia, algunos autores han acusado a Deleuze de un determinismo tecnológico implícito, como si la sociedad de control se impusiera inexorablemente, sin posibilidad de resistencia. Sin embargo, su análisis puede entenderse más como una descripción de tendencias, no como una sentencia histórica inevitable.
c) Invisibilidad del sujeto y resistencia: La teoría enfatiza la modulación y la fragmentación de la identidad, pero algunos críticos argumentan que subestima la capacidad de resistencia y creatividad de los individuos y colectivos. Movimientos sociales, hacktivismo, cultura libre, activismo digital y formas de anonimato muestran que el control no es absoluto.
d) Aplicación limitada a contextos occidentales: La teoría se basa principalmente en la experiencia de sociedades industrializadas y post-industriales. Su extrapolación a contextos culturales distintos requiere matices, ya que las formas de control pueden combinarse con lógicas tradicionales de poder, rituales comunitarios o redes informales.
Debates contemporáneos
El pensamiento de Deleuze se cruza hoy con debates sobre ética, política y tecnología:
a) Privacidad y vigilancia: La sociedad de control permite analizar cómo los datos personales se convierten en un recurso de poder. La pregunta clave es cómo equilibrar seguridad, eficiencia y derechos individuales.
b) Inteligencia artificial y predicción: La modulación algorítmica y el control predictivo plantean dilemas sobre responsabilidad, discriminación y transparencia. ¿Quién decide qué conductas son “deseables”? ¿Cómo se corrigen los sesgos?
c) Autoexplotación y rendimiento: La internalización del poder plantea cuestiones sobre la salud mental, el estrés y la alienación en entornos laborales digitales. La teoría de Deleuze permite entender cómo la libertad aparente puede convertirse en una forma de opresión sutil.
d) Resistencias posibles: Aun en un mundo de control difuso, surgen espacios de resistencia: software libre, cifrado, movimientos de desobediencia digital, economías cooperativas y políticas de privacidad activas. Estos ejemplos muestran que la sociedad de control no es omnipotente.
Conexiones con otros pensadores
La teoría de la sociedad de control dialoga con otros autores y corrientes:
- Michel Foucault: La continuidad es clara en el análisis del poder, pero Deleuze rompe con el encierro disciplinario para describir un poder que fluye y se modula.
- Byung-Chul Han: Extiende la idea de Deleuze a la sociedad del rendimiento, mostrando cómo la autoexplotación y la transparencia voluntaria intensifican el control.
- Shoshana Zuboff: Con el concepto de capitalismo de vigilancia, evidencia cómo la modulación deleuziana se aplica a la explotación económica de los datos.
- Giorgio Agamben: Complementa la lectura de Deleuze al analizar la expansión de estados de excepción y cómo el control puede normalizarse bajo la lógica de la seguridad.
Estas conexiones refuerzan la utilidad del concepto y permiten enriquecerlo con perspectivas críticas y multidisciplinarias.
Conclusiones finales
La sociedad de control es una teoría que ofrece una lente analítica poderosa para entender la transformación del poder en la era contemporánea. Sus aportes clave son:
- Cambio de paradigma: del encierro y la disciplina a la modulación continua y difusa.
- Fragmentación de la identidad: los individuos se convierten en datos, perfiles y flujos de comportamiento.
- Control invisible: la coerción física se sustituye por la persuasión, la predicción y la internalización.
- Aplicaciones contemporáneas: vigilancia digital, inteligencia artificial, capitalismo de datos, trabajo remoto, educación en línea y redes sociales.
- Tensiones y resistencias: el control no es absoluto; existen prácticas culturales, políticas y tecnológicas que lo desafían.
En última instancia, Deleuze nos invita a repensar la noción de libertad y poder. La sociedad de control no se limita a la represión externa: también condiciona deseos, hábitos y emociones, haciendo que los individuos participen activamente en su propia regulación. Comprender esta dinámica es fundamental para analizar críticamente el mundo contemporáneo, proteger derechos y explorar formas de autonomía en la era digital.
La teoría, a pesar de sus críticas y limitaciones, permanece profundamente vigente. Nos obliga a mirar más allá de las instituciones visibles, a identificar los flujos de poder que atraviesan nuestra vida cotidiana y a reflexionar sobre cómo ejercer la libertad en un contexto donde la vigilancia, la modulación y la predicción se han vuelto omnipresentes.
Explora más sobre este tema
Selecciona un tema y sigue aprendiendo...
