🌍 División de la Era Mesozoica: Triásico, Jurásico y Cretácico

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La era Mesozoica, que se extiende desde hace 252 hasta hace 66 millones de años, no es un bloque uniforme, sino que está dividida en tres períodos geológicos consecutivos: el Triásico, el Jurásico y el Cretácico. Cada uno de estos períodos representa un capítulo distinto de la historia de la Tierra, con su propia configuración de continentes, su propio clima, su propia vegetación y su propia fauna dominante. Lo que conocemos popularmente como la era de los dinosaurios fue, en realidad, una larguísima sucesión de cambios que transformó el planeta de forma radical.

Esta división no es un capricho de los científicos, sino el resultado de más de dos siglos de observación geológica. Los primeros geólogos se dieron cuenta de que las capas de rocas sedimentarias de Europa contenían fósiles distintos según la profundidad a la que se encontraban. Las rocas más antiguas mostraban unas criaturas; las intermedias, otras; las más recientes, otras diferentes. Esas diferencias permitieron establecer las fronteras entre los tres períodos y, con el tiempo, los avances en la datación radiométrica les pusieron cifras exactas a unas divisiones que hasta entonces solo eran relativas.

El calendario de piedra que cuenta la historia de la vida

Imaginemos que la historia de la Tierra fuera un libro de tres mil páginas. Si dedicáramos una página a cada mil años, el Mesozoico ocuparía ciento ochenta y seis mil páginas, un tomo entero dentro de la gran enciclopedia del tiempo geológico. Pero ese tomo no es una narración continua. Está dividido en tres capítulos de extensión desigual, cada uno con su propio escenario, sus propios protagonistas y su propio desenlace.

Lo fascinante de esta división es que las fronteras entre los tres capítulos no son arbitrarias. Corresponden a momentos de crisis planetaria, a cambios geológicos de enorme magnitud o a transiciones biológicas irreversibles. El paso del Triásico al Jurásico está marcado por una extinción masiva que barrió del mapa a muchos de los competidores de los dinosaurios. El paso del Jurásico al Cretácico es más sutil, pero refleja la apertura de nuevos océanos y la transformación de los ecosistemas. Y el final del Cretácico es, sencillamente, uno de los cataclismos más brutales que ha sufrido la vida en este planeta. Conocer cada uno de estos períodos es como leer el diario de un mundo perdido, escrito en roca y en fósiles.

La tabla de los tiempos: cómo se organizan los tres períodos

Antes de sumergirnos en cada período, conviene tener una visión de conjunto de la cronología mesozoica. La siguiente tabla recoge los datos fundamentales de cada división.

PeríodoInicio (millones de años)Fin (millones de años)DuraciónEvento de inicioEvento de cierre
Triásico25220151 MaExtinción masiva del Pérmico-TriásicoExtinción masiva del Triásico-Jurásico
Jurásico20114556 MaExtinción masiva del Triásico-JurásicoSin extinción masiva relevante
Cretácico1456679 MaTransición gradual sin gran crisisExtinción masiva del Cretácico-Paleógeno

El Triásico: el primero en llegar y el más extraño

Un mundo unido y hostil

El período Triásico se inauguró hace 252 millones de años sobre las cenizas de la mayor extinción masiva de la historia de la Tierra. La crisis del Pérmico-Triásico, conocida como la Gran Mortandad, había eliminado a más del noventa por ciento de las especies marinas y al setenta por ciento de las terrestres. El planeta era un lugar devastado, casi estéril, donde los ecosistemas tardaron millones de años en recuperar algo parecido a la normalidad.

La configuración geográfica del Triásico era radicalmente distinta a la actual. Todos los continentes estaban soldados en un único supercontinente, Pangea, que se extendía desde el polo Norte hasta el polo Sur rodeado por un océano global llamado Panthalassa. Esta masa de tierra colosal tenía consecuencias climáticas extremas. Las zonas del interior, situadas a miles de kilómetros de la costa, se convirtieron en desiertos abrasadores con fluctuaciones térmicas brutales entre el día y la noche. No había cordilleras que detuvieran los vientos ni mares interiores que templaran el ambiente.

En estas condiciones, solo las plantas y los animales más resistentes podían prosperar. La vegetación estaba dominada por helechos, cícadas y coníferas primitivas, plantas capaces de sobrevivir en climas secos y suelos pobres. Los bosques del Triásico no se parecían a los actuales: eran masas de troncos rectilíneos coronados por penachos de hojas coriáceas, sin flores, sin frutos y sin los colores que hoy asociamos con la naturaleza.

Los primeros dinosaurios y sus competidores

Los dinosaurios aparecieron a mediados del Triásico, hace aproximadamente 230 millones de años, pero no fueron los reyes de la creación desde el principio. Eran criaturas modestas, de tamaño mediano o pequeño, que caminaban sobre dos patas y compartían el paisaje con otros grupos de reptiles que hoy nos resultan mucho menos familiares.

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Eoraptor tenia un tamaño pequeño: alrededor de 1 a 1,7 metros de longitud
Eoraptor tenia un tamaño pequeño: alrededor de 1 a 1,7 metros de longitud

Uno de los dinosaurios más antiguos que conocemos es el Eoraptor, un animal de apenas un metro de largo que vivió en lo que hoy es Argentina. Su aspecto no impresionaba: cuerpo esbelto, cuello fino y una dentadura que sugiere una dieta omnívora. Competía por los recursos con los rincosaurios, reptiles herbívoros de pico curvo que pastaban en grandes manadas, y con los etosaurios, acorazados cuadrúpedos que recuerdan vagamente a los cocodrilos. En la cima de la cadena alimentaria no había un dinosaurio, sino los rauisuquios, reptiles emparentados con los cocodrilos que podían alcanzar los siete metros de largo y que eran los superdepredadores del Triásico.

El Triásico fue, por tanto, un período de experimentación evolutiva. Los dinosaurios eran solo uno de los varios grupos de reptiles que pugnaban por dominar la tierra firme, y nada garantizaba su éxito futuro. Fue necesaria una crisis global para despejarles el camino.

El cierre con otra gran extinción

El Triásico terminó como había empezado: con una catástrofe. Hace 201 millones de años, la fragmentación de Pangea desencadenó una actividad volcánica colosal en lo que hoy es el Atlántico central. Las erupciones liberaron cantidades ingentes de dióxido de carbono y metano, provocaron un calentamiento global repentino y acidificaron los océanos. La extinción masiva del Triásico-Jurásico barrió del mapa a los rauisuquios, los rincosaurios, los etosaurios y a la mayoría de los grandes anfibios que habitaban los ríos y lagos.

Los dinosaurios, sin embargo, sobrevivieron. No se sabe exactamente por qué. Quizá su metabolismo era más eficiente, quizá su sistema respiratorio, similar al de las aves, les permitió soportar mejor una atmósfera con poco oxígeno, o quizá simplemente tuvieron suerte. El caso es que cuando el polvo volcánico se disipó y los ecosistemas empezaron a recuperarse, sus principales competidores habían desaparecido. El escenario estaba vacío y los dinosaurios, que durante treinta millones de años habían sido actores secundarios, se preparaban para convertirse en los protagonistas absolutos del siguiente acto.

El Jurásico: la edad de oro de los gigantes

La ruptura de Pangea y el cambio climático

El período Jurásico, que comenzó hace 201 millones de años y se prolongó durante 56 millones de años, fue testigo de una transformación geográfica de primera magnitud. Pangea, que había permanecido unida durante todo el Triásico, empezó a resquebrajarse de forma acelerada. El supercontinente se partió en dos grandes bloques: Laurasia al norte y Gondwana al sur, separados por un mar ecuatorial cada vez más ancho que los geólogos llaman el mar de Tetis.

El Mar de Tetis fue un antiguo océano que existió hace millones de años, especialmente durante la era mesozoica (cuando vivían los dinosaurios). Se encontraba entre los supercontinentes Laurasia (al norte) y Gondwana (al sur).
El Mar de Tetis fue un antiguo océano que existió hace millones de años, especialmente durante la era mesozoica (cuando vivían los dinosaurios). Se encontraba entre los supercontinentes Laurasia (al norte) y Gondwana (al sur).

Esta fragmentación cambió el clima de forma radical. Los desiertos abrasadores del Triásico fueron retrocediendo a medida que las masas de tierra se acercaban al mar y los océanos penetraban en el interior de los continentes. El clima se volvió más húmedo, más templado y mucho más apto para la vida vegetal. Una cubierta de bosques de coníferas, helechos arborescentes y cícadas se extendió por la mayor parte de las tierras emergidas. Las condiciones eran, en una palabra, paradisíacas para los herbívoros, y donde hay muchos herbívoros, los carnívoros no tardan en prosperar.

La explosión de tamaño y diversidad

El Jurásico fue el período en que los dinosaurios alcanzaron sus tallas más descomunales. La abundancia de vegetación permitió la evolución de los saurópodos, dinosaurios herbívoros de cuello largo y cola larga que caminaban sobre cuatro patas macizas y que se convirtieron en los animales terrestres más pesados de todos los tiempos.

El Diplodocus es uno de los saurópodos más emblemáticos del Jurásico. Con sus treinta metros de largo y sus quince toneladas de peso, no era el más pesado, pero sí uno de los más esbeltos y elegantes. Su cuello, que podía medir hasta ocho metros, le permitía barrer grandes extensiones de vegetación sin mover el cuerpo, como una jirafa prehistórica a escala industrial. El Brachiosaurus, en cambio, era una mole de más de veinte metros de altura en su punto más elevado y un peso que podía superar las cincuenta toneladas. Sus patas delanteras eran más largas que las traseras, lo que le daba un perfil inclinado hacia arriba, como una montaña de carne y hueso coronada por una cabeza diminuta.

El Diplodocus fue uno de los dinosaurios más largos que existieron. Vivió hace aproximadamente 155–145 millones de años, durante el Jurásico tardío, en lo que hoy es Norteamérica.
El Diplodocus fue uno de los dinosaurios más largos que existieron. Vivió hace aproximadamente 155–145 millones de años, durante el Jurásico tardío, en lo que hoy es Norteamérica.

Los depredadores del Jurásico no se quedaron atrás. El Allosaurus fue el gran cazador de este período, un terópodo de hasta nueve metros de largo armado con garras curvas y dientes aserrados. Probablemente cazaba en manada, atacando a saurópodos jóvenes, enfermos o desorientados. En los cielos, los pterosaurios como el Rhamphorhynchus surcaban el aire con sus alas de cuero y sus largas colas estabilizadoras. En los mares, los ictiosaurios y los plesiosaurios compartían las aguas con tiburones primitivos y cocodrilos marinos.

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El nacimiento de las aves

El acontecimiento evolutivo más trascendental del Jurásico, sin embargo, no fue un gigante, sino una criatura del tamaño de un cuervo. En las calizas de Solnhofen, en Alemania, se descubrió en 1861 el fósil de un animal que parecía un mosaico de reptil y ave: el Archaeopteryx. Tenía plumas idénticas a las de las aves modernas, alas capaces de generar sustentación y una furcula —la espoleta o hueso de los deseos— típica de los dinosaurios terópodos. Pero también conservaba rasgos reptilianos: una boca llena de dientes afilados, garras en los dedos de las alas y una larga cola ósea con vértebras.

El Archaeopteryx es uno de los fósiles más importantes para entender la evolución, ya que representa una forma de transición entre los dinosaurios y las aves modernas. Vivió hace unos 150 millones de años, durante el Jurásico tardío
El Archaeopteryx es uno de los fósiles más importantes para entender la evolución, ya que representa una forma de transición entre los dinosaurios y las aves modernas. Vivió hace unos 150 millones de años, durante el Jurásico tardío

El Archaeopteryx demostró, de forma incontestable, que las aves descienden de los dinosaurios. Es uno de esos raros fósiles que capturan un momento de transición evolutiva y que cambian para siempre nuestra comprensión del árbol de la vida. Cada gorrión que vemos hoy en un parque es, en un sentido muy real, un dinosaurio jurásico que ha llegado hasta nosotros.

El Cretácico: el canto del cisne

La Tierra se parece cada vez más a la actual

El Cretácico es el más largo de los tres períodos mesozoicos, con 79 millones de años de duración, y fue el escenario del capítulo final de la era de los dinosaurios. Durante este tiempo, la fragmentación de los continentes continuó hasta alcanzar una configuración que empieza a resultarnos familiar. Gondwana se partió en Sudamérica, África, la Antártida, Australia y la India. Esta última inició un largo viaje hacia el norte que culminaría, ya en la era siguiente, con una colisión titánica contra Asia que levantó la cordillera del Himalaya. El océano Atlántico se ensanchó hasta alcanzar dimensiones oceánicas, separando faunas y floras en continentes aislados.

El clima del Cretácico era, en general, más cálido que el actual, con temperaturas medias globales varios grados por encima de las de hoy. No había casquetes polares permanentes, aunque al final del período empezaron a formarse glaciares en la Antártida. Los niveles del mar eran muy superiores a los actuales, y extensas regiones de lo que hoy son continentes estaban sumergidas bajo mares poco profundos. El interior de Norteamérica, por ejemplo, estaba partido en dos por un brazo de mar que conectaba el Golfo de México con el Ártico: el Mar Interior Occidental, un canal de agua salada de miles de kilómetros de largo repleto de reptiles marinos, ammonites y peces.

La revolución de las flores

El Cretácico trajo consigo una innovación botánica que transformó los ecosistemas terrestres para siempre: la aparición y diversificación de las plantas con flores, las angiospermas. Hasta entonces, la vegetación terrestre estaba dominada por plantas que no producían flores ni frutos: helechos, cícadas, coníferas y ginkgos. Las angiospermas introdujeron una estrategia reproductiva revolucionaria que implicaba la colaboración con insectos polinizadores y la protección de las semillas dentro de un fruto carnoso.

Esta alianza entre plantas e insectos desencadenó una cascada de consecuencias ecológicas. Las abejas, las mariposas diurnas y las hormigas se diversificaron y se multiplicaron al calor de las nuevas fuentes de néctar y polen. Los herbívoros obtuvieron alimentos más nutritivos y variados. Los bosques se llenaron de colores y olores que nunca antes habían existido. La revolución de las angiospermas fue silenciosa, sin los rugidos ni las pisadas de los dinosaurios, pero cambió la faz de la Tierra de un modo más profundo y duradero que cualquier otro acontecimiento del Mesozoico.

Los dinosaurios del final: especialización y espectáculo

Los dinosaurios del Cretácico fueron los más diversos y especializados de toda la era. En Norteamérica, el Tyrannosaurus rex reinaba como superdepredador absoluto. Con sus doce metros de largo, sus seis toneladas de peso y una mandíbula capaz de ejercer una fuerza de mordida de varias toneladas, el T. rex era una máquina de matar perfectamente diseñada por la evolución. Sus dientes, gruesos como plátanos y aserrados como cuchillos de carne, podían triturar huesos y arrancar trozos de carne de decenas de kilos de un solo bocado.

Sus presas no eran fáciles. El Triceratops, con su gola ósea de más de dos metros de envergadura y sus tres cuernos afilados, era uno de los herbívoros más formidables del Cretácico. Los paleontólogos han encontrado marcas de dientes de T. rex en huesos de Triceratops que muestran signos de curación, lo que prueba que estos dos colosos se enfrentaban en combates reales, no solo en la imaginación de los dibujantes. Otros herbívoros como el Ankylosaurus, una especie de tanque viviente con placas óseas incrustadas en la piel y una maza caudal capaz de partir huesos, llevaban la defensa al extremo.

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En Sudamérica, aislada del resto del mundo por el océano Atlántico en expansión, la evolución tomó caminos distintos. Los saurópodos alcanzaron dimensiones aún mayores que en el Jurásico. El Argentinosaurus, cuyos restos incompletos se han encontrado en la Patagonia, pudo haber superado las setenta toneladas de peso, convirtiéndose en uno de los animales terrestres más pesados de todos los tiempos. Los terópodos sudamericanos también eran distintos: el Giganotosaurus, un depredador de tamaño comparable al T. rex pero de complexión más ligera, probablemente cazaba en manada a estos saurópodos gigantescos.

Los mares y los cielos del Cretácico

Los océanos del Cretácico estaban dominados por un grupo de reptiles marinos que no habían existido en el Jurásico: los mosasaurios. Estos lagartos emparentados con los varanos actuales se adaptaron a la vida acuática de forma espectacular, transformando sus patas en aletas y desarrollando cuerpos alargados y musculosos que podían alcanzar los quince metros de largo. El Mosasaurus era el equivalente cretácico de una orca, un depredador ápice que cazaba peces, ammonites, tortugas marinas e incluso otros reptiles marinos más pequeños.

El Mosasaurus fue un enorme reptil marino que vivió al final del período Cretácico, hace aproximadamente 70 a 66 millones de años. Era uno de los principales depredadores de los océanos, comparable a los grandes tiburones actuales.
El Mosasaurus fue un enorme reptil marino que vivió al final del período Cretácico, hace aproximadamente 70 a 66 millones de años. Era uno de los principales depredadores de los océanos, comparable a los grandes tiburones actuales.

Los cielos del Cretácico presenciaron el vuelo del animal volador más grande de todos los tiempos: el Quetzalcoatlus. Este pterosaurio, descubierto en Texas, tenía una envergadura alar estimada en diez u once metros, comparable a la de un avión ligero. Con un pico largo y desdentado y un cuello desproporcionadamente largo, probablemente se alimentaba de pequeños vertebrados que cazaba en tierra firme, como una cigüeña gigante y prehistórica. Su mera existencia desafía los límites de lo que creíamos posible para un animal volador.

El final con fuego y polvo

El Cretácico terminó hace 66 millones de años con un acontecimiento que ha cautivado la imaginación popular desde que fue propuesto en 1980 por el físico Luis Álvarez y su hijo, el geólogo Walter Álvarez. Un asteroide de entre diez y quince kilómetros de diámetro impactó contra la Tierra en lo que hoy es la península de Yucatán, México, excavando el cráter de Chicxulub y liberando una energía equivalente a miles de millones de bombas atómicas.

Las consecuencias fueron devastadoras. El polvo y los aerosoles lanzados a la estratosfera bloquearon la luz solar durante meses o años, colapsaron la fotosíntesis y provocaron el hundimiento de las cadenas alimentarias. Los incendios forestales a escala continental liberaron hollín y dióxido de carbono. Las temperaturas cayeron en picado durante lo que se ha llamado un invierno de impacto, y luego se dispararon por el efecto invernadero de los gases liberados. Los océanos se acidificaron.

El resultado fue la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno, que acabó con aproximadamente el setenta y cinco por ciento de las especies del planeta. Los dinosaurios no avianos desaparecieron. Los pterosaurios, los mosasaurios, los plesiosaurios y los ammonites se extinguieron para siempre. Los mamíferos, las aves, los cocodrilos y las tortugas sobrevivieron y heredaron el mundo que los dinosaurios habían dominado durante más de ciento sesenta millones de años.

Glosario de términos complicados

  • Angiospermas: Plantas que producen flores y frutos. Surgieron y se diversificaron durante el Cretácico y hoy constituyen la inmensa mayoría de las plantas terrestres.
  • Cráter de Chicxulub: Estructura de impacto situada en la península de Yucatán, México, producida por el asteroide que causó la extinción masiva del final del Cretácico. Tiene unos 180 kilómetros de diámetro.
  • Datación radiométrica: Técnica que permite calcular la edad absoluta de una roca midiendo la proporción entre isótopos radiactivos y sus productos de desintegración. Es la herramienta que ha permitido poner fechas exactas a las divisiones del tiempo geológico.
  • Extinción masiva: Evento durante el cual desaparece un porcentaje muy elevado de las especies del planeta en un lapso de tiempo geológicamente breve. El Mesozoico está delimitado por tres de las cinco grandes extinciones masivas de la historia de la Tierra.
  • Gondwana: Supercontinente que agrupaba las masas terrestres del hemisferio sur (Sudamérica, África, la Antártida, Australia y la India) durante buena parte del Mesozoico. Se fragmentó a lo largo del Cretácico.
  • Laurasia: Supercontinente que agrupaba las masas terrestres del hemisferio norte (Norteamérica, Europa y Asia) tras la fragmentación de Pangea a principios del Jurásico.
  • Mar de Tetis: Antiguo océano ecuatorial que separaba Laurasia de Gondwana durante el Jurásico y el Cretácico. Su cierre progresivo dio origen al mar Mediterráneo y a la cadena alpina e himaláyica.
  • Pangea: Supercontinente que agrupaba todas las masas terrestres del planeta a finales del Paleozoico y principios del Triásico. Su fragmentación a lo largo del Mesozoico dio origen a los continentes actuales.

Resultados de aprendizaje

Al finalizar esta lectura, habrás construido un conocimiento sólido sobre los siguientes aspectos:

  • La división de la era Mesozoica en tres períodos —Triásico, Jurásico y Cretácico—, los criterios geológicos y paleontológicos que justifican esta división y las fechas de inicio y fin de cada uno.
  • Las características distintivas de cada período en cuanto a configuración de los continentes, clima, vegetación y fauna dominante, entendiendo que cada uno fue un mundo distinto con su propia identidad ecológica.
  • La evolución de los dinosaurios desde su aparición modesta en el Triásico, pasando por su explosión de tamaño y diversidad en el Jurásico, hasta su máxima especialización en el Cretácico.
  • Los dos eventos de extinción masiva que delimitan el Mesozoico —la del Triásico-Jurásico y la del Cretácico-Paleógeno— y su papel como motores de cambio evolutivo que reconfiguraron la vida en la Tierra.
  • La falsedad de la imagen popular que mezcla dinosaurios de períodos distintos y la importancia del tiempo geológico profundo para comprender la historia de la vida.

Preguntas Frecuentes (FAQs)

La división actual es el resultado de más de dos siglos de trabajo de campo y de consenso científico. Los geólogos del siglo XIX identificaron tres grandes paquetes de rocas sedimentarias en Europa con fósiles claramente distintos. El Triásico, definido por el geólogo alemán Friedrich von Alberti en 1834, agrupa tres capas de rocas rojizas muy características de Alemania. El Jurásico, establecido por Alexander von Humboldt y formalizado por Alcide d'Orbigny, toma su nombre de los montes Jura, entre Francia y Suiza. El Cretácico, definido por Jean-Baptiste-Julien d'Omalius d'Halloy en 1822, debe su nombre a los enormes depósitos de creta, una roca calcárea blanca, que se formaron en los mares someros de este período. Estas divisiones, basadas inicialmente en la litología y los fósiles, han sido confirmadas y datadas con precisión por la geocronología moderna.

No. Muchas películas y representaciones populares mezclan dinosaurios de períodos distintos que nunca coexistieron. El Stegosaurus, con sus placas dorsales características, vivió durante el Jurásico, hace unos 150 millones de años. El Tyrannosaurus rex vivió a finales del Cretácico, hace unos 66 millones de años. Entre ambos median más de 80 millones de años, una distancia temporal mayor que la que nos separa a nosotros del propio T. rex. Un Stegosaurus y un T. rex nunca se encontraron, del mismo modo que un humano nunca se ha encontrado con un T. rex.

Los límites entre períodos se definen mediante una combinación de criterios paleontológicos y geoquímicos. El límite Triásico-Jurásico, por ejemplo, coincide con un cambio brusco en los tipos de polen fósil, con la desaparición de varios grupos de reptiles y con una anomalía en la proporción de isótopos de carbono en las rocas, que refleja la perturbación del ciclo del carbono causada por las erupciones volcánicas. El límite Cretácico-Paleógeno está marcado por una fina capa de arcilla enriquecida en iridio, un elemento raro en la corteza terrestre pero abundante en los meteoritos, que se ha encontrado en todo el planeta y que es la firma química del impacto del asteroide.

No. Las extinciones masivas son devastadoras, pero nunca eliminan toda la vida del planeta. La del Triásico-Jurásico acabó con muchos grupos de reptiles, pero los dinosaurios y los mamíferos sobrevivieron. La del Cretácico-Paleógeno acabó con los dinosaurios no avianos, pero las aves, los mamíferos, los cocodrilos y muchos otros grupos persistieron. De hecho, las extinciones masivas funcionan como podas catastróficas que eliminan a los grupos dominantes y permiten que otros, hasta entonces marginales, ocupen los nichos ecológicos vacíos y se diversifiquen. Sin la extinción del Cretácico, los mamíferos probablemente seguirían siendo pequeñas criaturas nocturnas y los humanos nunca habríamos existido.

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