Leonardo da Vinci

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Leonardo di ser Piero da Vinci (Vinci, 15 de abril de 1452 – Amboise, 2 de mayo de 1519) encarna como ningún otro la figura del polímata del Renacimiento italiano. Su genio, que trascendió las fronteras de la pintura, se desplegó con igual maestría en disciplinas tan diversas como la anatomía, la arquitectura, la paleontología, la botánica, la filosofía, la ingeniería, la música y el urbanismo. Tras una infancia en su Toscana natal, se formó en el prestigioso taller florentino de Andrea del Verrocchio, para luego consolidar su carrera en Milán bajo el mecenazgo del duque Ludovico Sforza. Su itinerario vital y artístico lo llevaría más tarde por Roma, Bolonia y Venecia, hasta culminar en sus últimos años en Francia, donde residió bajo el amparo del rey Francisco I. Al momento de su muerte, legó el tesoro de sus manuscritos, diseños y lienzos a su fiel discípulo Francesco Melzi.

Considerado el arquetipo del homo universalis renacentista, la insaciable curiosidad de Leonardo corrió a la par de una capacidad inventiva sin precedentes. Como visionario de la ingeniería, proyectó ingenios mecánicos muy adelantados a su tiempo —conceptos primigenios del helicóptero, el carro de combate, el submarino y el automóvil—, aunque las limitaciones tecnológicas de la época impidieron que la gran mayoría de estos diseños pasara del papel a la realidad. En el plano científico, sus investigaciones en anatomía, óptica, hidrodinámica e ingeniería civil resultaron asombrosamente lúcidas; sin embargo, al no haber publicado nunca sus hallazgos, estos permanecieron ocultos y tuvieron un impacto casi nulo en el desarrollo de la ciencia posterior.

Pese a la vastedad de sus intereses, el mito de Leonardo descansa fundamentalmente en su producción pictórica. Obras cumbre como La Gioconda y La última cena, junto con el icónico dibujo del Hombre de Vitruvio, se han inscrito de forma indeleble en el imaginario colectivo occidental. No obstante, el corpus pictórico que ha sobrevivido es asombrosamente reducido —apenas una veintena de obras—, debido a su carácter disperso, a su inconstancia crónica y a su propensión a experimentar con pigmentos y aglutinantes que a menudo resultaron desastrosos para la conservación de sus piezas. Con todo, esta selecta producción, sumada a la riqueza intelectual de sus cuadernos y códices, constituye uno de los legados artísticos y científicos más influyentes de la historia de la humanidad.

Biografia de Leonardo da Vinci

Infancia

El nacimiento de Leonardo ocurrió el sábado 15 de abril de 1452 «en la tercera hora de la noche», equivalente a las diez y media, tres horas después de la oración del Ave María. La historiografía ha debatido si este alumbramiento sucedió en el castillo de Vinci —población a veinticinco kilómetros de Florencia— o en la humilde vivienda materna de Anchiano, una pequeña aldea situada a dos kilómetros de distancia. De origen paterno noble, el niño nació de una unión ilegítima entre messer Piero Fruosino di Antonio —notario, canciller y diplomático florentino— y Caterina, una humilde campesina sobre quien circuló la hipótesis de que fuera una esclava circasiana traída del Cáucaso. No obstante, Martin Kemp, historiador del arte de la Universidad de Oxford, documentó mediante registros toscanos que el parto ocurrió en la residencia de campo familiar, cerca de Vinci, identificando a la madre como Caterina di Meo Lippi, una joven campesina de quince años. Dado que Piero estaba ya comprometido, el recién nacido quedó bajo la tutela de su abuelo paterno, Antonio da Vinci, quien presuntamente facilitó una dote para que Caterina contrajera matrimonio. De hecho, en el catastro de 1457, Antonio declaró que su nieto residía con él, mientras que Caterina figuraba casada con el labrador Antonio di Piero Buti.

El pequeño, inscrito como Lionardo en su acta bautismal, recibió el sacramento rodeado por diez padrinos de la localidad antes de pasar su primera infancia en el hogar paterno en Vinci, donde gozó de un trato equiparable al de un hijo legítimo. Aunque adquirió nociones de lectoescritura y aritmética elemental, su formación prescindió del latín, pilar del sistema académico de la época. Su caótica ortografía revela una instrucción informal y con notorias lagunas, alejada del rigor de la educación universitaria.

En aquella época, las convenciones antroponímicas modernas aún no se habían consolidado en Europa; por ello, solo el linaje noble empleaba apellidos patronímicos. Las clases populares eran identificadas mediante su nombre de pila enriquecido con precisiones circunstanciales: el nombre de su padre, su localidad de procedencia, un apodo distintivo o el taller del maestro artesano. Bajo este esquema medieval, su apelativo formal era Leonardo di ser Piero da Vinci —que significa «Leonardo, hijo del maestro Piero de Vinci»—, donde el nexo «da» se escribe con minúscula al no constituir propiamente un apellido familiar. El propio artista solía firmar simplemente sus lienzos como «Leonardo» o «Io, Leonardo», motivo por el cual la actual historiografía del arte prefiere omitir la referencia geográfica. Es muy verosímil que el creador evitara el apellido de su progenitor debido a su estatus de hijo natural. Por último, el término «Vinci» procede de «vinchi», juncos típicos de las riberas del arroyo Vincio que la artesanía toscana solía utilizar habitualmente.

Hacia 1457, al casarse su madre con el agricultor Antonio di Piero Buti —con quien procrearía cinco vástagos—, el pequeño Leonardo, de cinco años, fue acogido de forma permanente en la residencia paterna de Vinci. Para entonces, su progenitor se había desposado con Albiera degli Amadori, una joven florentina deiseis años y de posición acomodada. Al no tener descendencia propia, Albiera colmó de un tierno afecto al niño, aunque falleció prematuramente en 1464 debido a graves complicaciones de parto. Pese a estar integrado de manera muy natural en el seno familiar desde su nacimiento, el estatus legal de Leonardo permaneció invariable, desprovisto de una legitimación formal. Su prolífico padre contraería matrimonio hasta en cuatro ocasiones, engendrando una descendencia legítima de diez hijos varones y dos hijas. No obstante, el joven mantuvo un estrecho y especial vínculo afectivo con la última esposa de Piero, Lucrezia Guglielmo Cortigiani, afecto que quedó registrado en una nota personal donde se dirigía a ella tiernamente como su «querida y dulce madre».

Su abuela paterna, la ceramista Lucia di ser Piero di Zoso, mantuvo una estrecha cercanía con el niño y fue, con probabilidad, quien despertó sus tempranas inclinaciones artísticas. El mito rodeó su infancia a través de un célebre presagio: un milano descendió del cielo, planeó sobre su cuna e rozó suavemente su rostro con la cola. Giorgio Vasari, el gran cronista del Renacimiento, relata en Le Vite (1568) que un campesino local solicitó a ser Piero que su hijo decorase una rodela de madera. Leonardo concibió un pavoroso dragón exhalando fuego; la pieza poseía tal maestría que Piero la vendió en Florencia, acabando en manos del duque de Milán. Con las ganancias obtenidas, el avispado notario adquirió una placa modesta decorada con un corazón flechado para entregársela al labriego.

Formación en el taller de Verrocchio

Desde su juventud, Leonardo manifestó una profunda fascinación por el mundo natural, el cual observaba con un rigor y una curiosidad casi científicos. En estos años tempranos ya cultivaba el dibujo de caricaturas y la singular práctica de la escritura especular en dialecto toscano. Sobre los inicios de su trayectoria, el biógrafo Giorgio Vasari relata una célebre anécdota:

«Un día, ser Piero tomó algunos de sus dibujos, se los mostró a su amigo Andrea del Verrocchio y le pidió insistentemente que le dijera si Leonardo se podría dedicar al arte del dibujo. Andrea se sorprendió mucho de los extraordinarios dones de Leonardo y recomendó a ser Piero que le dejara escoger este oficio, de manera que ser Piero resolvió que Leonardo entraría a trabajar en el taller de Verrocchio. Leonardo no se hizo rogar y, no contento con ejercer este oficio, realizó todo lo que se relacionaba con el arte del dibujo».

Fue así como, hacia 1469, Leonardo ingresó como aprendiz en uno de los talleres más prestigiosos de la época, dirigido por Andrea del Verrocchio, a quien se debe gran parte de su sólida formación multidisciplinaria. En este dinámico entorno, el joven toscano coincidió y colaboró con figuras de la talla de Sandro Botticelli, Pietro Perugino y Domenico Ghirlandaio. De hecho, a finales de 1468, pese a figurar formalmente como residente de Vinci, Leonardo ya frecuentaba Florencia, donde su padre ejercía su actividad profesional.

Verrocchio era un creador de gran renombre y un espíritu notablemente ecléctico: orfebre y herrero de formación, destacó asimismo como pintor, escultor y fundidor de bronce, gozando del favor y el mecenazgo del influyente Lorenzo de Médici. En este estimulante vecindario artístico, Leonardo también entró en contacto con el taller de Antonio Pollaiuolo, situado a escasa distancia de la bottega de su maestro.

Tras un primer año de noviciado dedicado a tareas menores y de mantenimiento, Verrocchio introdujo a Leonardo en el amplio abanico de disciplinas prácticas que caracterizaban a un taller gremial de primer orden. En este ambiente, asimiló los fundamentos de la química aplicada, la metalurgia, el curtido de pieles, el modelado en yeso, la mecánica y la carpintería, a la par de técnicas artísticas esenciales como el dibujo, la pintura, la preparación de pigmentos, el grabado, la pintura al fresco y la escultura en mármol y bronce. Al constatar su extraordinario talento, Verrocchio comenzó pronto a confiarle la ejecución de partes importantes de sus propios encargos.

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La formación de Leonardo no se limitó a las artes manuales, sino que se extendió al plano intelectual. Estudió cálculo algorítmico y demostró su familiaridad con la materia al citar en sus escritos a dos de los abaquistas florentinos más insignes: Paolo dal Pozzo Toscanelli y Leonardo Chernionese. Más adelante, dejaría constancia de su interés por el saber de estas escuelas comerciales al hacer referencia a la Nobel opera de arithmética de Piero Borgi, editada en Venecia en 1484.

No se conservan obras de autoría exclusiva de Leonardo de su periodo de aprendizaje. Según Vasari, su primera intervención pictórica documentada fue en el Bautismo de Cristo (c. 1472-1475), donde pintó un ángel de tal delicadeza que, según la leyenda, un abrumado Verrocchio decidió abandonar los pinceles al verse superado por su propio discípulo. Asimismo, la tradición señala que, siguiendo la costumbre de emplear a los aprendices como modelos, el joven Leonardo posó para el bronce del David de Verrocchio, y que su propio rostro inspiró el del arcángel Rafael en la tabla Tobías y el ángel, salida del mismo taller.

Bautismo de Jesús, óleo sobre madera de Verrocchio

En 1472, a la edad de veinte años, Leonardo fue inscrito en el Libro rojo del Gremio de San Lucas —la corporación que agrupaba a pintores y médicos en Florencia bajo el nombre de Campagnia de’ pittori—. De este periodo fundacional data su primer testimonio gráfico fechado: el Paisaje del valle del Arno (también conocido como Paisaje de Santa Maria della neve, 1473), un soberbio dibujo a pluma y tinta. A partir de entonces, su carrera pictórica despegó con obras monumentales como La Anunciación (c. 1472-1475), donde comenzó a desarrollar y perfeccionar la técnica del sfumato (esfumado) hasta alcanzar un grado de sutilidad técnica sin precedentes en la historia del arte.

Hacia 1476, Leonardo seguía figurando en los registros como colaborador de Verrocchio; a pesar de que su padre ya le había facilitado los medios para establecer su propio taller, el profundo afecto que profesaba a su maestro le impulsó a continuar cooperando con él. Fue en esta etapa de transición cuando acometió encargos individuales, entre los que destaca su primer cuadro de caballete totalmente autónomo: La Virgen del clavel (1476). Ese mismo año, los archivos judiciales florentinos registran que Leonardo, junto a otros tres hombres, fue objeto de una denuncia anónima por sodomía —una práctica severamente penada en la época—, proceso del que todos resultaron absueltos. La naturaleza del documento, no obstante, exige cautela historiográfica y no permite certificar de forma categórica la orientación sexual del artista.

Su proyección como ingeniero no tardó en manifestarse. En 1478, con veintiséis años, demostró su audacia técnica al proponer un complejo plan para elevar el Baptisterio de San Juan. Aquel mismo año, tras haber asimilado y trascendido el magisterio de Verrocchio en todas las disciplinas, Leonardo se distanció profesionalmente de su mentor para consolidarse definitivamente como un maestro pintor e ingeniero plenamente independiente.

Los años dorados en Milán (1482-1500)

La andadura milanesa de Leonardo comenzó a gestarse en 1481, cuando los monjes de San Donato de Scopeto le encomendaron La Adoración de los Magos. Aquel lienzo quedó inacabado, acaso por la frustración de no haber sido convocado por el papa Sixto IV para decorar la Capilla Sixtina en el Palacio Apostólico Vaticano, un codiciado encargo que enfrentó a los pintores más célebres de la época. Asimismo, el neoplatonismo imperante en la Florencia de los Médici, de corte marcadamente teórico y abstracto, debió de inclinar al maestro a buscar un horizonte más afín a su temperamento. La Milán de los Sforza, de espíritu más pragmático, científico y abierto a la experimentación empírica, se presentaba como el escenario ideal para el desarrollo de sus inquietudes.

La Adoración de los Magos da vinci
La Adoración de los Magos

En el plano pictórico, uno de sus primeros hitos en la capital lombarda fue el encargo de La Virgen de las Rocas, destinado a la iglesia de San Francisco el Grande por mediación de la Cofradía de la Inmaculada Concepción. La obra desencadenó un prolongado litigio legal entre el artista y los comitentes sobre su compensación económica. Leonardo obtuvo finalmente la autorización para realizar una réplica del cuadro y, tras años de disputas judiciales y la mediación de influyentes aliados, el conflicto se resolvió legando a la posteridad dos versiones de la célebre composición.

El talento de Leonardo en Florencia no había pasado inadvertido para Lorenzo el Magnífico, quien, al saber que el artista había construido una singular lira de plata con forma de cabeza de caballo, decidió enviarlo a Milán para obsequiarla al duque Ludovico Sforza. Esta maniobra diplomática buscaba estrechar lazos con un rival político de primer orden. En este viaje, Leonardo probablemente estuvo acompañado por el músico Atalante Migliorotti. Para presentarse ante el mandatario milanés, el toscano redactó una célebre misiva, conservada en el Códice Atlántico, en la que detallaba minuciosamente sus capacidades en el ámbito militar y la ingeniería civil, mencionando de forma casi tangencial su destreza como pintor. A partir de entonces, su principal función en la corte fue la de ingeniero. Su nombre figuraba formalmente en los registros de la corte de los Sforza y, al ser destinado a Pavía en junio de 1493, ostentaba ya el título oficial de ingeniarius ducalis.

Paralelamente, el duque, deslumbrado por su versatilidad, lo aclamó como el «Apeles florentino», confiándole la dirección de fastuosos espectáculos cortesanos y complejos ingenios teatrales, como los diseñados para los enlaces de Ludovico Sforza con Beatriz de Este y de Ana Sforza con Alfonso I de Este. Fue también en esta atmósfera refinada donde ejecutó varios retratos de la corte. Sin embargo, el contacto directo con las élites intelectuales de Milán hizo que Leonardo cobrara dolorosa conciencia de las lagunas de su formación autodidacta, especialmente su desconocimiento de las lenguas clásicas.

Entre sus mayores desafíos técnicos de este periodo figuraron el estudio para la cúpula de la catedral de Milán y, sobre todo, el diseño de Il Cavallo, un colosal monumento ecuestre de bronce en memoria de Francisco Sforza, fundador de la dinastía. Para su fundición se requerían setenta toneladas de metal, una audacia técnica sin precedentes. No obstante, el destino de la obra fue trágico: tras años de trabajo, y cuando el modelo en arcilla a escala real estaba listo para el vaciado, el bronce fue confiscado y refundido para fabricar cañones ante la inminente invasión francesa de Carlos VIII.

La reputación técnica de Leonardo continuó en ascenso. En 1490 participó en una junta de expertos reunida para dirimir el cierre de la cúpula de la catedral de Milán y, ese mismo año, fue convocado junto a Francesco di Giorgio Martini como consultor para las obras de la catedral de Pavía. En esta ciudad quedó profundamente impresionado por la estatua ecuestre de bronce conocida como el Regisole, de la cual dejó minuciosos apuntes gráficos. Durante esta década, el maestro concibió innumerables mejoras para telares, grúas, relojes y sistemas hidráulicos, llegando a ser nombrado responsable de la canalización de los ríos del ducado. En el ámbito personal, una detallada relación de gastos funerarios de 1495 sugiere que fue en esta época cuando aconteció el deceso de su madre, Caterina.

Hacia 1490, Leonardo fundó una academia que llevaba su nombre, donde impartió enseñanzas y recopiló sus investigaciones científicas y artísticas en pequeños tratados manuscritos. Poco después, entre 1494 y 1498, acometió para el refectorio del convento dominico de Santa Maria delle Grazie la que sería una de sus obras cumbres: el fresco de La última cena. En 1496 entabló una estrecha amistad con el matemático Luca Pacioli, recién llegado a Milán, para cuya célebre obra De divina proportione dibujó las complejas ilustraciones de los poliedros geométricos. En 1498, culminaría este fructífero periodo decorando el techo de la Sala de las Asas en el Castillo Sforzesco.

El esplendor de esta época llegó a su fin en 1499, cuando las tropas francesas de Luis XII conquistaron el ducado y forzaron la huida de Ludovico Sforza a territorio imperial. Durante la ocupación de la ciudad, los soldados franceses destruyeron el magnífico modelo en arcilla del caballo de los Sforza al utilizarlo como blanco para sus prácticas de tiro. El propio rey Luis XII quedó tan fascinado por La última cena que barajó la posibilidad de arrancar el muro para trasladarlo a Francia, un anhelo de expolio que siglos más tarde compartiría Napoleón Bonaparte. Tras el colapso del régimen ducal, Leonardo entró temporalmente al servicio de Luis de Luxemburgo, conde de Ligny, para redactar un informe sobre las defensas militares de la Toscana. Previendo la inestabilidad política, el artista depositó sus ahorros en el Hospital de Santa Maria Nuova de Florencia. Finalmente, ante el efímero y turbulento retorno de Ludovico Sforza, Leonardo abandonó definitivamente Milán en compañía de su pupilo Salai y de su amigo Luca Pacioli.

  La Última Cena de Da Vinci: Hechos y ubicación

El retorno a la Toscana: Entre la estrategia militar y el duelo de genios (1501-1508)

Al irrumpir el nuevo siglo, la inestabilidad política forzó a Leonardo a poner sus conocimientos al servicio de la ingeniería militar. Hacia marzo de 1499, la República de Venecia, amenazada por la expansión otomana, requirió sus servicios para fortificar sus dominios. Leonardo concibió entonces un audaz sistema de defensa costera para repeler un eventual ataque naval turco, el cual incluía el revolucionario diseño de una escafandra rudimentaria para incursiones submarinas. Aunque la ofensiva nunca se materializó y el invento no llegó a probarse, el maestro continuó explorando la ingeniería hidráulica. Tras analizar los cursos fluviales del Friul, propuso al gobierno veneciano un complejo sistema de esclusas en el río Isonzo concebido para inundar de forma controlada la región fronteriza y frenar así cualquier incursión terrestre.

Tras una estancia en Mantua junto al fraile y matemático Luca Pacioli, donde retrató a la marquesa Isabel de Este, Leonardo regresó brevemente a Venecia en la primavera de 1500 antes de establecerse de nuevo en Florencia. Sus intereses científicos, no obstante, comenzaban a rivalizar seriamente con su producción artística; una epístola fechada el 4 de abril de 1501, dirigida por el vicario general de los carmelitas, Pietro da Novellara, a la duquesa de Mantua, advertía con cierta resignación que «sus estudios matemáticos lo han alejado de la pintura». Pese a ello, aquel mismo año, mientras residía con los monjes servitas en el convento de la Santissima Annunziata, Leonardo realizó el cartón preparatorio de La Virgen, el Niño con santa Ana y san Juan Bautista. La obra despertó una admiración tan desbordante entre los florentinos que, en palabras de los cronistas de la época, una procesión constante de ciudadanos de toda edad y condición acudía a contemplarla como si se tratara de una gran festividad religiosa. Tras una breve estancia en Roma para estudiar las ruinas de la Villa Adriana en Tívoli, el maestro comenzó a trabajar en la Virgen de los husos, un refinado encargo destinado a Florimond Robertet, secretario de Estado del rey Luis XII de Francia.

La Virgen, el Niño con santa Ana y san Juan Bautista
La Virgen, el Niño con santa Ana y san Juan Bautista

El año 1502 marcó un punto de inflexión en su faceta militar al ser reclamado por el temido príncipe César Borgia, duque de Valentinois. Bajo el título de «capitán condotiero e ingeniero general», Leonardo recorrió las Marcas y la Emilia-Romaña con el cometido de inspeccionar las fortificaciones de los territorios recién anexionados por el hijo del papa Alejandro VI. Sus cuadernos de viaje se poblaron entonces de minuciosos mapas cartográficos, croquis de baluartes y notas de lecturas realizadas en las bibliotecas locales. Fue en este turbulento escenario donde Leonardo coincidió con Nicolás Maquiavelo, quien se encontraba en la corte de los Borgia en calidad de legatario y observador de la República de Florencia.

De regreso a la ciudad del Arno en otoño de 1503, Leonardo volvió a inscribirse en el gremio de San Lucas para ejercer como arquitecto y diseñador hidráulico. Entre 1503 y 1505, la Señoría de Florencia le confió el encargo más monumental de su carrera: la ejecución del fresco de La batalla de Anghiari en el Salón de los Quinientos del Palazzo Vecchio, proyectado justo enfrente de La batalla de Cascina, obra encomendada a su gran rival, el joven Miguel Ángel Buonarroti. Aquel histórico duelo de genios, lamentablemente, se perdió para siempre. El cartón de Miguel Ángel quedó destruido y solo se conoce por una copia posterior de Aristotile da Sangallo; por su parte, el mural de Leonardo sufrió un rápido deterioro debido a sus arriesgados experimentos con la técnica del encausto —donde el uso de braseros para acelerar el secado alteró fatalmente los pigmentos— y acabó siendo cubierto décadas más tarde por un fresco de Giorgio Vasari. El dinamismo de la composición de Leonardo solo sobrevive hoy gracias a sus esbozos y a célebres copias de su sección central, entre las que destaca la realizada por Peter Paul Rubens.

Consolidado como una de las mentes más preclaras de la Toscana, Leonardo era consultado asiduamente por las autoridades florentinas para dirimir asuntos de diversa índole, desde evaluar la estabilidad estructural del campanario de San Miniato al Monte hasta formar parte del comité que debía elegir la ubicación del David de Miguel Ángel, debate en el cual Leonardo defendió una postura contraria a la de su autor. Fue también en esta fecunda etapa cuando presentó su colosal proyecto para desviar el río Arno, una ambiciosa obra de ingeniería civil que perseguía un doble propósito: dotar a Florencia de una vía navegable directa hacia el mar y someter las recurrentes e devastadoras crecidas del río. Este periodo de madurez en Florencia resultó determinante para la sistematización de sus observaciones científicas, consolidando su transición de artista a filósofo de la naturaleza.

De Milán a Roma: Entre la madurez científica y el desencanto romano (1504-1515)

En 1504, los pasos de Leonardo lo condujeron nuevamente hacia Milán, una plaza que por entonces se hallaba bajo el efímero control de Maximiliano Sforza, sostenido políticamente por las fuerzas de los mercenarios suizos. Este retorno propició un entorno idóneo para la formación de una nueva generación de discípulos que se integraron en su taller, entre quienes destacaron Bernardino Luini, Giovanni Antonio Boltraffio y Marco d’Oggiono. En el ámbito personal, aquel año estuvo marcado por la muerte de su padre, acaecida el 9 de julio; debido a su condición de hijo natural, Leonardo fue formalmente excluido del testamento paterno, un revés afectivo y financiero que se vería compensado tiempo después cuando su tío Francesco lo nombró su heredero universal. Paralelamente, el maestro intensificó sus disecciones anatómicas, ensayó la sistematización de sus dispersos manuscritos y continuó el desarrollo de La Gioconda, el célebre retrato de Lisa Gherardini, esposa de Francesco del Giocondo, cuya enigmática naturaleza sigue siendo objeto de encendidos debates historiográficos.

Hacia 1505, la fascinación del polímata por la aerodinámica se tradujo en un riguroso examen de la fisiología aviar, plasmado en su célebre Códice sobre el vuelo de los pájaros, obra que inauguró una etapa de febril experimentación y observación de la naturaleza. Al año siguiente, el gobierno florentino le concedió una licencia temporal para trasladarse a Milán a petición del gobernador francés Charles d’Amboise, quien, fascinado por su genio, dilató la estancia del maestro en la capital lombarda pese a las enérgicas quejas de la Señoría de Florencia. Atrapado en las tensiones políticas entre el dominio francés y la república toscana, Leonardo se vio además apremiado por los tribunales para culminar, junto con el pintor Ambrogio de Predis, la segunda versión de La Virgen de las Rocas, todo ello mientras dejaba inconclusa en Florencia la monumental Batalla de Anghiari.

La disputa familiar por el patrimonio de su tío Francesco, fallecido en 1507 dejándolo como único beneficiario, obligó a Leonardo a recurrir a las influencias de Charles d’Amboise y del secretario de Estado Florimond Robertet para salvaguardar sus derechos frente a las reclamaciones de sus hermanastros. Resuelto el litigio y tras el regreso del rey Luis XII a Milán, el maestro asumió nuevamente el papel de escenógrafo y artífice de las celebraciones de la corte. Tras un breve retorno a Florencia en 1508, donde residió junto al escultor Giovanni Francesco Rustici en la casa del humanista Piero di Braccio Martelli, Leonardo regresó a Milán para establecerse en la parroquia de Santa Babila, cerca de la Porta Orientale. En mayo de 1509, sirvió de nuevo como ingeniero militar de Luis XII durante la campaña contra Venecia, siendo testigo de la trascendental batalla de Agnadello. Este segundo periodo milanés, enriquecido intelectualmente por la lectura de la enciclopedia científica de Giorgio Valla, fue de una inmensa fecundidad para sus investigaciones en geometría, física y ciencia pura. Sin embargo, la muerte de Charles d’Amboise en 1511 y la posterior retirada de las tropas francesas tras la batalla de Rávena en 1512 sumieron al ducado en una profunda inestabilidad que forzó la partida del artista.

En septiembre de 1513, Leonardo se trasladó a Roma bajo el amparo de Giuliano de Médici, hermano del papa León X. En la ciudad papal se encontró con un escenario artístico dominado por la abrumadora actividad de unos jóvenes y pujantes Rafael y Miguel Ángel. Relegado por el favor pontificio, que prefería la solvencia arquitectónica de Giuliano da Sangallo, el maestro toscano solo recibió encargos de modesta envergadura, quedando al margen de las grandes obras de fortificación y embellecimiento de la urbe. Ante el ostracismo artístico, Leonardo se refugió en su pasión por la hidráulica, diseñando un ambicioso proyecto para la desecación de las insalubres Lagunas Pontinas, bajo el mecenazgo del duque de Médici. En este periodo de aislamiento creativo concibió su sobrecogedora serie de dibujos sobre los Diluvios, una meditación gráfica sobre la fuerza destructora de la naturaleza que la historiografía interpreta hoy como su particular respuesta estética a la colosal bóveda de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel.

  Leonardo da Vinci: El Genio Renacentista que Anticipó el Futuro

«Los Médici me han creado, los Médici me han destruido», anotó un Leonardo amargado en sus cuadernos, sintetizando el desengaño de sus años romanos. La corte pontificia, recelosa de su inconstancia crónica, de su temperamento melancólico y de su proverbial dificultad para concluir las obras iniciadas, le negó la oportunidad de legar su impronta en la Ciudad Eterna, precipitando el ocaso de su andadura italiana.

Los últimos años en Francia (1515-1519)

En septiembre de 1515, el dinámico escenario político italiano volvió a agitarse con la reconquista de Milán por parte del nuevo monarca francés, Francisco I, tras su victoria en la batalla de Marignano. En noviembre de ese mismo año, Leonardo diseñó un ambicioso plan urbanístico para el barrio de los Médici en Florencia y, un mes después, estuvo presente en el histórico encuentro entre Francisco I y el papa León X en Bolonia. Fue entonces cuando el soberano francés le encargó la creación de un fabuloso león mecánico capaz de caminar y de abrir su pecho para revelar una flor de lis. Aunque se ignora el propósito exacto de esta creación, la historiografía sugiere que pudo concebirse para la entrada triunfal del rey en Lyon o como un refinado símbolo heráldico durante las negociaciones de paz con el pontífice.

En 1516, Leonardo abandonó definitivamente Italia con destino a Francia. Viajó acompañado por su fiel discípulo, el pintor Francesco Melzi, y por Salai, quien los escoltó hasta Milán antes de separarse. Su nuevo protector, Francisco I, lo instaló en el castillo de Clos-Lucé, residencia de su propia infancia situada a escasa distancia de la corte de Amboise. Nombrado «primer pintor, primer ingeniero y primer arquitecto del rey», el toscano recibió una generosa pensión anual de diez mil escudos. A diferencia del pragmatismo italiano, que valoraba preferentemente sus dotes de ingeniero, la corte francesa se rindió ante su maestría pictórica e intelectual. Al otorgarle Clos-Lucé —un honor que ya habían recibido artistas como Andrea Solario y Giovanni Giocondo—, Francisco I brindó a Leonardo la libertad absoluta de crear a su antojo. Bajo este amparo, el maestro proyectó el palacio real de Romorantin para la reina madre, Luisa de Saboya: una sofisticada urbe ideal que preveía el desvío de un río para abastecer la ciudad y fertilizar la campiña circundante. En 1518, participó en las fiestas del bautizo del delfín y en las bodas de Lorenzo de Médici con la sobrina del monarca. Ese mismo año, Salai se distanció de Leonardo para regresar a Milán, donde hallaría la muerte años después, en 1524, durante un duelo.

Afectado por una prolongada enfermedad, el 23 de abril de 1519 Leonardo redactó su testamento ante un notario de Amboise, solicitando la asistencia de un sacerdote para confesarse y recibir la extremaunción. El 2 de mayo de ese año, el polímata falleció en el castillo de Clos-Lucé a la edad de sesenta y siete años. Aunque la leyenda romántica asegura que expiró en brazos de Francisco I, las evidencias históricas desmienten este relato, nacido de una lectura excesivamente literal de un epígrafe de Giorgio Vasari.

Las palabras sinu regio empleadas por Vasari, que traducidas literalmente significan «sobre el pecho del rey», poseían en la época un sentido metafórico equivalente a «bajo el afecto real», en alusión a la protección que el soberano le brindaba en su propia residencia. De hecho, en el momento del deceso, la corte francesa se hallaba en el castillo de Saint-Germain-en-Laye por el nacimiento del príncipe Enrique, y el diario de Francisco I no registra desplazamientos reales hasta el verano. Asimismo, la carta en la que Francesco Melzi comunicó la luctuosa noticia a los hermanos de Leonardo no contiene mención alguna a la presencia del monarca en el lecho de muerte.

Cumpliendo sus disposiciones testamentarias, un cortejo de sesenta mendigos acompañó sus restos mortales, que fueron sepultados en la capilla de Saint-Hubert, en el recinto del castillo de Amboise. Leonardo, quien nunca contrajo nupcias ni dejó descendencia directo, legó el conjunto de su tesoro intelectual a Francesco Melzi, su discípulo predilecto desde la infancia. Melzi recibió sus preciados manuscritos, cuadernos, instrumentos y documentos personales, custodiando este legado con devoción durante medio siglo, aunque sin llegar a publicarlo ni a vender las pinturas que aún custodiaba en el taller, entre ellas La Gioconda. Por su parte, los viñedos que Leonardo poseía en Milán fueron repartidos entre su antiguo ayudante Gian Giacomo Caprotti —el célebre Salai— y su sirviente Battista di Vilussis, mientras que sus tierras agrícolas pasaron a manos de sus hermanastros y su criada recibió un abrigo de paño negro.

La muerte del maestro marcó también el inicio de un trágico destino para su obra escrita: se estima que se han perdido dos terceras partes de los cincuenta mil documentos originales redactados por él en su característico toscano antiguo. Cada página, diagrama científico o apunte al margen era en sí mismo una pieza artística de incalculable valor. De aquel colosal corpus solo sobreviven unos trece mil documentos dispersos por el mundo. Décadas después de su partida, Francisco I recordaría con honda admiración ante el escultor Benvenuto Cellini la magnitud de su genio:

«Nunca ha habido otro hombre nacido en el mundo que supiera tanto como Leonardo, no tanto en pintura, escultura y arquitectura, sino en filosofía».

Vida privada

Los círculos del genio: Amistad, enigma privado y sensibilidad (1452-1519)

A lo largo de su existencia, Leonardo da Vinci tejió una red de vínculos con algunas de las figuras más descollantes de la Italia renacentista, cuyas trayectorias marcaron profundamente la política, la ciencia y el arte de la época. En el plano intelectual, destaca su fructífera colaboración con el célebre matemático Luca Pacioli, con quien desentrañó los secretos de la geometría sagrada. En la esfera del poder y la estrategia, sirvió durante dos años como ingeniero militar del temido César Borgia y gozó en su juventud del mecenazgo de Lorenzo el Magnífico, mientras que en el campo de la ciencia médica compartió saberes y disecciones con el anatomista Marcantonio della Torre. Su andadura coincidió asimismo con la de Nicolás Maquiavelo, con quien entabló una estrecha afinidad intelectual, y con la de su gran rival artístico, Miguel Ángel Buonarroti, en una tensión creativa que definió el pulso de la Florencia del Cinquecento. Sus afinidades se extendieron al musicólogo Franchino Gaffurio y a la refinada marquesa de Mantua, Isabel de Este. Leonardo no pareció haber cultivado una intimidad cercana con mujeres, con la notable excepción de la propia Isabel, a quien retrató durante su estancia en Mantua; un dibujo preparatorio que, según los indicios historiográficos, sirvió de base para un lienzo hoy desaparecido. Asimismo, mantuvo una entrañable amistad con el arquitecto Jacopo Andrea da Ferrara, una relación truncada de manera trágica por la ejecución de este último.

Más allá de sus afinidades públicas, Leonardo protegió celosamente los misterios de su vida privada. Sus dotes extraordinarias, sumadas a la descripción que Giorgio Vasari legó sobre su persona —atribuyéndole una belleza física excepcional, una gracia infinita, una fuerza y generosidad proverbiales, y una formidable amplitud de espíritu—, han alimentado una fascinación ininterrumpida a lo largo de los siglos. Diversos historiadores y pensadores han escudriñado los pliegues de su personalidad, siendo su sexualidad uno de los aspectos más debatidos. Esta corriente analítica, que vislumbró sus primeros indicios en el siglo XVI, cobró un renovado impulso durante las centurias diecinueve y veinte, contando entre sus investigadores al propio Sigmund Freud, quien dedicó un célebre estudio psicoanalítico al artista.

En el ámbito de sus afectos más íntimos, Leonardo estuvo profundamente ligado a sus alumnos Gian Giacomo Caprotti, apodado Salai, y Francesco Melzi. Este último dejó constancia en su correspondencia de que los sentimientos de su maestro hacia ellos combinaban el amor y una profunda devoción. A partir del siglo XVI, la historiografía y la crítica han examinado la naturaleza potencialmente erótica de estos vínculos. Desde entonces, se ha teorizado abundantemente sobre su homosexualidad y el modo en que esta inclinación pudo haber moldeado su sensibilidad estética, un matiz que la crítica suele asociar con la atmósfera andrógina que envuelve a figuras como su Baco o su San Juan Bautista, así como a varios de sus dibujos más íntimos.

Finalmente, su temperamento se caracterizó por una profunda compasión hacia el mundo natural y los animales, una sensibilidad tan avanzada para su época que le llevó a adoptar el vegetarianismo y a adquirir aves enjauladas en los mercados con el único propósito de devolverles la libertad. Excelente tañedor de lira y dotado de un fino oído musical, Leonardo poseía además una natural condición de zurdo, particularidad que explica su célebre dominio de la escritura especular, plasmada de derecha a izquierda en la intimidad de sus códices.

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