¿Cómo se Forman las Aguas Termales?

Rodrigo Ricardo Publicado el 17 abril, 2025 9 minutos y 56 segundos de lectura

¿Qué son las aguas termales y por qué nos intrigan tanto?

Las aguas termales han sido fuente de fascinación humana desde tiempos antiguos. Se trata de aguas subterráneas que emergen a la superficie con temperaturas significativamente superiores a la temperatura ambiente, a menudo entre 30 °C y más de 100 °C. Este fenómeno, que combina elementos geológicos, físicos y químicos, ha sido aprovechado tanto por su valor terapéutico como por su atractivo turístico. Muchas culturas, como la romana, la japonesa o la griega, han considerado estas aguas como sagradas o milagrosas, atribuyéndoles propiedades curativas para enfermedades de la piel, articulaciones, circulación sanguínea e incluso afecciones respiratorias.

Pero ¿qué hace que estas aguas tengan una temperatura tan elevada? ¿Qué mecanismos naturales ocurren bajo la superficie terrestre para que el agua se caliente sin intervención humana? La clave está en la energía geotérmica, una fuente de calor que proviene del interior de la Tierra. Esta energía, derivada del calor residual de la formación del planeta y de la desintegración de elementos radiactivos en el manto terrestre, calienta las rocas subterráneas. El agua de lluvia o de deshielo se infiltra en el subsuelo y, al entrar en contacto con estas rocas calientes, aumenta su temperatura antes de retornar a la superficie a través de grietas, fallas o fisuras en la corteza terrestre.

Es fundamental entender que no todas las aguas subterráneas pueden convertirse en termales. Para que esto suceda, deben concurrir diversas condiciones geológicas específicas: un gradiente geotérmico elevado, presencia de fracturas en la corteza terrestre, una fuente de agua disponible y un sistema de circulación que permita al agua subir a la superficie sin perder demasiado calor en el camino. Esta combinación, relativamente escasa en el planeta, convierte a las aguas termales en un recurso valioso, tanto para la salud como para el desarrollo económico local a través del turismo y la geotermia.


La energía geotérmica: el motor oculto tras las aguas termales

Cómo el calor del planeta impulsa este fenómeno natural

El origen principal de las aguas termales es la energía geotérmica. Esta energía es el calor interno de la Tierra, que proviene de dos fuentes fundamentales: el calor remanente de la formación del planeta hace aproximadamente 4.5 mil millones de años, y el calor generado por la desintegración radiactiva de elementos como el uranio, el torio y el potasio que se encuentran en el manto terrestre. A medida que uno se adentra más profundamente en la Tierra, la temperatura aumenta. Este fenómeno se conoce como gradiente geotérmico, y en promedio, se estima que la temperatura sube unos 25 a 30 grados Celsius por cada kilómetro de profundidad.

Sin embargo, este gradiente no es uniforme. En regiones con actividad volcánica o tectónica reciente, como los Andes, los Alpes o el Cinturón de Fuego del Pacífico, el gradiente puede ser mucho más alto, lo que significa que el calor se encuentra a menor profundidad. Esta es una de las razones por las que las aguas termales son más comunes en estas zonas geológicamente activas. En estos lugares, la corteza terrestre es más delgada o está fracturada, lo que permite un flujo más eficiente de calor hacia la superficie. Así, las rocas cercanas a estas fracturas se calientan intensamente, y si existe agua en el subsuelo, esta puede calentarse rápidamente al contacto con dichas rocas.

El agua que se convierte en termal puede provenir de lluvias o deshielos que se infiltran a través del suelo y las grietas. Al alcanzar zonas de alta temperatura, el agua se calienta y, al volverse menos densa, tiende a ascender. Este proceso es posible gracias a la convección natural: el agua caliente sube mientras que el agua fría desciende, generando un ciclo constante. En algunos casos, si las condiciones de presión y temperatura son adecuadas, el agua puede incluso salir en forma de vapor o en erupciones como los géiseres, que son un tipo espectacular de manifestación geotérmica.

Además, el agua termal puede disolver minerales presentes en las rocas por las que circula, lo que le confiere sus características únicas en sabor, olor y composición química. Este intercambio también es parte del fenómeno geotérmico, ya que modifica tanto el agua como las formaciones geológicas con las que entra en contacto. Por tanto, la energía geotérmica no solo calienta el agua, sino que transforma químicamente los ecosistemas subterráneos y superficiales donde emergen las aguas termales.


Geología y tectónica: claves para la formación de fuentes termales

La importancia de las fallas, volcanes y zonas de subducción

El contexto geológico de una región es determinante en la formación de aguas termales. Las estructuras tectónicas como las fallas geológicas, los volcanes y las zonas de subducción permiten el transporte de calor desde el interior de la Tierra hacia la superficie. Estos elementos actúan como “ventanas térmicas” que facilitan el paso del agua caliente o del vapor geotérmico. Las fallas, por ejemplo, son fracturas en la corteza terrestre a través de las cuales pueden ascender fluidos subterráneos. Muchas aguas termales se ubican justo sobre estas fallas o en sus cercanías, ya que allí el agua subterránea puede recorrer trayectos profundos, calentarse y luego retornar a la superficie.

En las zonas volcánicas, el mecanismo es aún más evidente. El magma, que se encuentra a temperaturas extremas, calienta de forma directa las rocas y acuíferos cercanos. Cuando el agua entra en contacto con estas zonas magmáticas, puede alcanzar temperaturas cercanas o incluso superiores a los 100 °C, dependiendo de la presión. Por eso, en regiones volcánicas como Islandia, Japón o el norte de Chile, es común encontrar no solo aguas termales, sino también fumarolas, géiseres y campos geotérmicos activos. En estos casos, el ciclo del agua termal es más dinámico, y puede incluir etapas de vaporización y condensación que enriquecen la complejidad del sistema.

En las zonas de subducción, donde una placa tectónica se hunde bajo otra, la fricción y la presión aumentan la temperatura del subsuelo. Esta energía calienta los sedimentos y rocas a gran profundidad, y puede generar presiones que impulsan el agua caliente hacia la superficie. Estas regiones son particularmente ricas en manifestaciones geotérmicas y, por tanto, ideales para la aparición de aguas termales. Además, la constante renovación geológica de estas áreas favorece la fracturación de la corteza, lo que permite que el agua fluya con relativa facilidad.

Otro factor relevante en la geología de las aguas termales es el tipo de roca presente. Las rocas ígneas y metamórficas suelen ser más efectivas para conservar el calor y permitir el calentamiento del agua, mientras que las rocas sedimentarias, porosas y permeables, pueden facilitar la circulación del agua. Esta combinación de materiales y estructuras geológicas genera condiciones óptimas para que las aguas termales no solo se formen, sino que mantengan su temperatura y caudal con el tiempo. En suma, la geología actúa como el sistema de conducción y almacenamiento que hace posible este fenómeno natural tan valorado por las sociedades humanas.


Composición química: el “toque secreto” de las aguas termales

Minerales disueltos, gases y propiedades curativas

Uno de los aspectos más interesantes de las aguas termales es su composición química, que varía considerablemente dependiendo del entorno geológico en el que se originan. A medida que el agua viaja por el subsuelo y se calienta, disuelve minerales y absorbe gases presentes en las rocas con las que entra en contacto. Este proceso le confiere características únicas que no solo definen su olor, color y sabor, sino también sus posibles beneficios terapéuticos. Entre los minerales más comunes se encuentran el azufre, el sodio, el calcio, el magnesio, el hierro, el litio y el silicio. También pueden contener gases como el dióxido de carbono, el metano o el radón, aunque este último debe ser manejado con precaución por su radioactividad.

El azufre, por ejemplo, le da a algunas aguas termales ese característico olor a “huevo podrido”, pero también posee propiedades antibacterianas y antifúngicas. Por ello, las aguas sulfurosas son recomendadas en el tratamiento de enfermedades dermatológicas como la psoriasis, la dermatitis o el acné. El bicarbonato, por otro lado, ayuda a mejorar la digestión y favorece la desintoxicación del organismo. El hierro puede ser útil en casos de anemia, mientras que el litio es reconocido por su influencia positiva en el sistema nervioso, ayudando a reducir el estrés y mejorar el estado de ánimo.

Es importante señalar que no todas las aguas termales son iguales, y algunas pueden ser incluso peligrosas si se consumen o se usan sin control. Por ejemplo, en regiones volcánicas muy activas, el agua puede contener altas concentraciones de metales pesados o estar a temperaturas tan elevadas que provoquen quemaduras. Por ello, muchos balnearios y centros termales realizan controles constantes de calidad para garantizar la seguridad de los visitantes.

Además de sus propiedades químicas, las aguas termales también tienen un impacto en el cuerpo a través de mecanismos físicos. La temperatura elevada del agua provoca vasodilatación, lo que mejora la circulación sanguínea. También ayuda a relajar los músculos, reducir el dolor y promover la liberación de endorfinas. Sumado a esto, la flotabilidad del cuerpo en el agua caliente facilita la movilidad y disminuye la presión sobre las articulaciones, haciendo de los baños termales una terapia eficaz para personas con artritis, reumatismo o lesiones musculares.

Así, la composición química y física de las aguas termales no solo las convierte en un recurso natural espectacular, sino también en una herramienta terapéutica de gran valor, cuya utilización con fines medicinales se remonta a las civilizaciones más antiguas del planeta.


Conclusión: un recurso natural con múltiples beneficios y desafíos

Las aguas termales son el resultado de un conjunto complejo de procesos geológicos, físicos y químicos que ocurren en el subsuelo terrestre. Su formación depende de una combinación de factores como la energía geotérmica, la tectónica de placas, la estructura del terreno y la disponibilidad de agua subterránea. Este equilibrio delicado convierte a las fuentes termales en un fenómeno relativamente raro, pero extremadamente valioso. No solo ofrecen oportunidades para la relajación y la salud, sino que también pueden ser aprovechadas como fuente de energía renovable en forma de energía geotérmica.

Sin embargo, la explotación de estos recursos debe hacerse con responsabilidad. Un uso intensivo o mal regulado puede afectar negativamente al equilibrio del ecosistema, agotar los acuíferos o contaminar los mantos subterráneos. Por eso, es fundamental que los proyectos turísticos o energéticos relacionados con las aguas termales cuenten con estudios geológicos adecuados y planes de conservación.

En última instancia, las aguas termales son un recordatorio del poder oculto que existe bajo nuestros pies. Son un vínculo entre la superficie que habitamos y las profundidades del planeta, donde la vida y la energía se gestan desde tiempos inmemoriales. Comprender su formación no solo nos permite apreciarlas mejor, sino también cuidarlas y aprovecharlas de forma sostenible para las generaciones futuras.

Rodrigo Ricardo
Rodrigo Ricardo Editor y fundador