Liliana Corti y la Crítica de Arte Contemporáneo: Puentes entre Tradición y Vanguardia

Rodrigo Ricardo Publicado el 10 mayo, 2025 6 minutos y 58 segundos de lectura

Una Teórica en Diálogo con su Tiempo

Liliana Corti ocupó una posición única en el panorama intelectual del siglo XX como pensadora capaz de tender puentes entre el arte clásico y las expresiones más radicales de la contemporaneidad. Mientras muchos de sus colegas se especializaban en períodos históricos determinados o en movimientos específicos, Corti desarrolló una visión panorámica que le permitió analizar con igual profundidad a Giotto y a Joseph Beuys, a los maestros renacentistas y a los artistas conceptuales de los años 70. Esta amplitud de miras no era producto de un eclecticismo superficial, sino de una convicción profunda: para Corti, el verdadero crítico de arte debía ser un «traductor entre épocas», alguien capaz de revelar los hilos invisibles que conectan las búsquedas artísticas a través del tiempo. Su famoso ensayo La persistencia de lo clásico (1979) estableció las bases teóricas de este enfoque, mostrando cómo incluso las vanguardias más iconoclastas dialogaban, consciente o inconscientemente, con la tradición que pretendían superar.

Lo que distinguía a Corti de otros teóricos de su generación era su método de análisis, que combinaba el rigor filológico aprendido en sus estudios de arte antiguo con una extraordinaria apertura a los nuevos lenguajes artísticos. Cuando en 1968, en pleno auge del arte povera, publicó su polémico análisis de las instalaciones de Jannis Kounellis comparándolas con los principios compositivos de la pintura mural pompeyana, muchos la acusaron de forzar conexiones anacrónicas. Sin embargo, el tiempo le dio la razón: hoy es ampliamente aceptado que los artistas povera, pese a su discurso rupturista, trabajaban con una conciencia aguda de la historia del arte italiano. Corti demostró que la auténtica vanguardia no consistía en negar el pasado, sino en reelaborarlo críticamente. Esta perspectiva permitió a generaciones de espectadores abordar el arte contemporáneo sin los prejuicios del «esto no es arte» que tanto limitaban (y aún limitan) la comprensión pública de las expresiones más experimentales.

El Concepto de «Tradición Viva»: Más Allá de la Oposición Pasado/Presente

Uno de los aportes teóricos más originales de Liliana Corti fue su concepto de «tradición viva», desarrollado en su trilogía Memoria y creación (1982-1987). Frente a la dicotomía estéril entre tradicionalistas y vanguardistas, Corti propuso entender la tradición no como un conjunto de formas a conservar o rechazar, sino como un reservorio de problemas no resueltos que cada generación de artistas reinterpreta a su manera. Para ella, la Pietà de Miguel Ángel y los Combines de Rauschenberg, pese a sus obvias diferencias formales, compartían una misma preocupación fundamental: cómo representar lo sagrado en una época de crisis espiritual. Esta aproximación permitía leer la historia del arte no como una sucesión lineal de estilos, sino como una constelación de interrogantes recurrentes que adoptaban distintas formas según los contextos históricos.

La aplicación concreta de esta teoría puede apreciarse en sus brillantes análisis de artistas contemporáneos como Anselm Kiefer o Cindy Sherman. Al estudiar las fotografías de Sherman que parodian retratos renacentistas, Corti no se limitó a señalar las referencias iconográficas evidentes; mostró cómo la artista estadounidense reactualizaba la vieja pregunta renacentista sobre la construcción de la identidad a través de la imagen, pero trasladándola al contexto de la sociedad mediática del siglo XX. Del mismo modo, su lectura de las pinturas de Kiefer sobre mitos germánicos revelaba cómo estos dialogaban con la tradición del fresco histórico decimonónico mientras lo subvertían radicalmente. Estos ejercicios críticos demostraban que el valor del arte contemporáneo no residía en su novedad superficial, sino en su capacidad para replantear cuestiones profundas de la experiencia humana usando los materiales y lenguajes de su tiempo. Corti enseñó así a varias generaciones que para entender realmente el arte de vanguardia había que conocer la tradición que éste interrogaba, y viceversa.

Crítica Institucional: Museos, Mercado y Poder

Ningún análisis del pensamiento de Liliana Corti estaría completo sin considerar sus agudas reflexiones sobre las instituciones artísticas y su papel en la configuración del valor simbólico. En los años 80, cuando la crítica institucional se consolidaba como corriente teórica, Corti aportó una perspectiva singularmente lúcida sobre cómo museos, galerías y el mercado del arte determinaban lo que se consideraba «arte válido» en cada época. Su ensayo Los marcos invisibles (1985) anticipó muchos de los debates actuales sobre la descolonización de los museos al analizar cómo las prácticas de coleccionismo, exhibición y catalogación no eran actividades neutrales, sino que reproducían estructuras de poder económico, político y cultural. Lo revolucionario de su enfoque fue demostrar que esta crítica no debía limitarse al arte contemporáneo (como hacían Hans Haacke o Michael Asher), sino extenderse a la relectura de las colecciones históricas.

Un ejemplo paradigmático fue su relectura de las galerías de pintura veneciana en los museos europeos. Corti mostró cómo la disposición de las obras (Tiziano y Veronés como cumbres, los artistas «menores» en salas secundarias) no respondía a criterios históricos objetivos, sino a decisiones tomadas en el siglo XIX por directores de museo que privilegiaban cierto ideal de «italianidad». Más aún, reveló cómo estas disposiciones espaciales habían influido en la propia historiografía del arte, determinando qué artistas se estudiaban y cuáles se olvidaban. Esta línea de investigación inspiró a curadores contemporáneos a experimentar con montajes museográficos alternativos que cuestionaran las narrativas tradicionales, como demostró la exposición Poderes del arte (2019) en el Palazzo Grassi, que explícitamente reconocía su deuda con los planteamientos de Corti. Su trabajo sigue siendo referencia obligada para quienes buscan entender cómo las instituciones no solo preservan el arte, sino que activamente participan en la construcción de su significado y valor.

El Legado de Corti en la Crítica de Arte Actual

A más de una década de su muerte, las ideas de Liliana Corti mantienen una sorprendente vigencia en el panorama crítico contemporáneo. Su rechazo a las especializaciones estrechas y su defensa de una visión transhistórica del fenómeno artístico anticiparon el actual giro interdisciplinario en los estudios culturales. Teóricos como Georges Didi-Huberman o Svetlana Alpers han reconocido su influencia en sus propios trabajos sobre la relación entre arte antiguo y contemporáneo. Igualmente significativa es su huella en el periodismo cultural de calidad: el formato de ensayo híbrido que ella practicó -combining erudición académica con una prosa accesible al público culto no especializado- se ha convertido en modelo para revistas como The White Review o Frieze.

Quizás donde más se nota su legado es en la práctica curatorial contemporánea. Exhibiciones como Documenta 14 (2017), que establecía diálogos inesperados entre antigüedades y arte actual, o la reciente Raffaello 1520-2020 en las Scuderie del Quirinale, que confrontaba obras del maestro renacentista con creaciones de artistas vivos, son impensables sin el camino teórico abierto por Corti. Su mayor enseñanza fue que la crítica de arte, cuando se ejerce con profundidad histórica y audacia intelectual, puede ser una poderosa herramienta para desnaturalizar nuestras categorías estéticas y revelar las continuidades subterráneas que atraviesan la producción artística a través de los siglos. Como escribió en uno de sus últimos textos: «El verdadero crítico no es quien clasifica el arte en compartimentos estancos, sino quien revela los ecos inesperados que nos permiten oír, en una instalación de sonido contemporánea, los murmullos de las ninfas que habitaban los relieves griegos». Esta capacidad para conectar lo distante sin forzar analogías, para mostrar cómo lo nuevo reinventa lo antiguo sin negarlo, sigue siendo el sello distintivo de su pensamiento y su mayor regalo a la cultura visual de nuestro tiempo.

Rodrigo Ricardo
Rodrigo Ricardo Editor y fundador