Una Voz Disruptiva en un Mundo Masculinizado
En el panorama intelectual de mediados del siglo XX, dominado por voces masculinas como Giulio Carlo Argan o Ernst Gombrich, la irrupción de Liliana Corti representó un cambio de paradigma en la crítica de arte. Su trabajo no solo destacó por su agudeza analítica, sino por desafiar las estructuras patriarcales que gobernaban tanto la creación como la interpretación artística. Corti demostró que la mirada femenina no era simplemente un «enfoque alternativo», sino una posición epistemológica capaz de revelar lo que la tradición crítico-artística había omitido sistemáticamente. Sus primeros artículos en la revista Paragone a principios de los años 60 ya mostraban esta singularidad: mientras sus colegas varones analizaban la obra de Michelangelo desde perspectivas formalistas, ella indagaba en las relaciones de poder que determinaban qué cuerpos merecían ser representados y bajo qué cánones. Esta aproximación, que hoy llamaríamos interseccional, le valió inicialmente resistencias pero terminó por abrir camino a nuevas generaciones de críticas feministas.
El contexto histórico en el que Corti desarrolló su trabajo no podía ser más adverso para una mujer que aspiraba a ser tomada en serio en el mundo académico. En 1962, cuando publicó su innovador ensayo La mirada ausente: mujeres artistas en la sombra del Renacimiento, solo el 12% de los puestos docentes en historia del arte en Italia estaban ocupados por mujeres. Su decisión de centrarse en figuras como Properzia de’ Rossi o Sofonisba Anguissola no fue un gesto anecdótico, sino un acto político que cuestionaba los fundamentos mismos de la historiografía artística. A través de minuciosas investigaciones de archivo, Corti reveló cómo el genio artístico había sido conceptualizado como una cualidad exclusivamente masculina, y cómo este prejuicio había determinado qué obras se conservaban en museos y cuáles se relegaban al olvido. Su trabajo pionero anticipó en casi dos décadas las teorías de Linda Nochlin sobre las instituciones artísticas como dispositivos de exclusión de género.
La Construcción de una Metodología Feminista
La principal contribución teórica de Liliana Corti radica en haber desarrollado una metodología crítica que integraba el feminismo sin caer en reduccionismos. A diferencia de algunas aproximaciones posteriores que tendían a leer toda obra artística como mero reflejo de opresión de género, Corti proponía un análisis multifocal donde el factor sexual era un elemento más dentro de complejas redes de significado. En su libro El cuerpo y el mármol: representaciones de lo femenino en la escultura clásica (1978), examinó cómo la materialidad misma de las obras -el frío mármol transformado en formas sensuales- encarnaba las contradicciones de una cultura que veneraba y temía simultáneamente a la feminidad. Este enfoque materialista, influenciado por su diálogo con filósofas como Simone de Beauvoir, le permitió evitar esencialismos y mostrar cómo el género se construía a través de decisiones técnicas concretas: la elección de materiales, los ángulos de representación, o incluso los daños selectivos que sufrían ciertas obras a lo largo de los siglos.
Uno de sus conceptos más fértiles fue el de «doble mirada», desarrollado en su seminario de 1985 en la Universidad de Bologna. Corti argumentaba que las mujeres al enfrentarse a obras de arte realizadas desde perspectivas masculinas, experimentaban una tensión única: podían admirar la destreza técnica mientras simultáneamente reconocían la cosificación de lo femenino. Esta teoría, ilustrada con brillantes análisis de obras como El nacimiento de Venus de Botticelli o Las señoritas de Avignon de Picasso, proporcionó herramientas críticas para entender la recepción diferenciada del arte según el género del espectador. Sus clases se convirtieron en laboratorios donde estudiantes mujeres aprendían a articular sus propias experiencias de incomodidad ante ciertas obras maestras, transformando lo que antes se consideraba una deficiencia cultural (la «falta de comprensión» del canon) en una posición crítica legítima y potencialmente revolucionaria.
Redescubrimiento de Artistas Olvidadas
La faceta más visible del trabajo de Corti fue su incansable labor de rescate de artistas mujeres borradas de la historia oficial del arte. A lo largo de tres décadas, publicó monografías fundamentales sobre figuras como Artemisia Gentileschi, Lavinia Fontana y Rosalba Carriera, demostrando que su exclusión de los manuales no respondía a falta de mérito artístico sino a prejuicios institucionales. Su investigación sobre Gentileschi marcó un hito: al analizar las actas del proceso judicial por violación contra Agostino Tassi (1612), Corti reveló cómo el trauma personal de la artista había sido sublimado en obras como Judith decapitando a Holofernes, proponiendo una lectura que vinculaba biografía y creación sin caer en psicologismos simplistas. Este abordaje equilibrado, que respetaba tanto el valor autónomo de la obra como su contexto de producción, se convirtió en modelo para estudios posteriores sobre arte y trauma.
La Importancia de las normas en la práctica contable
Su proyecto más ambicioso en este ámbito fue la Enciclopedia de mujeres artistas: de la Antigüedad al siglo XIX (1994), obra colectiva que documentó más de 1,200 creadoras de todos los continentes. Lo revolucionario de esta enciclopedia no fue simplemente su contenido, sino su estructura: organizada por periodos históricos en lugar de estilos o movimientos, evidenciaba cómo las mujeres habían participado activamente en todas las corrientes artísticas, aunque raramente se les permitiera liderarlas. Cada entrada combinaba datos biográficos con análisis técnicos de obras, reproducciones de calidad y transcripciones de documentos de época que demostraban la recepción crítica que estas artistas tuvieron en su momento. Este monumental trabajo, realizado con un equipo internacional de investigadoras, sigue siendo hoy una referencia indispensable y un modelo de cómo rescatar voces silenciadas sin caer en la hagiografía.
Legado y Críticas: Un Debate Abierto
La influencia de Liliana Corti en los estudios de género y arte sigue siendo objeto de vivas discusiones en el ámbito académico contemporáneo. Por un lado, teóricas feministas como Griselda Pollock reconocen en Corti a una precursora que allanó el camino para enfoques más radicales. Por otro, algunas críticas poscoloniales han señalado limitaciones en su marco teórico, particularmente su inicial enfoque eurocéntrico y su tardía incorporación de variables como raza o clase. La misma Corti reconoció estas carencias en sus últimos escritos, donde amplió su perspectiva para incluir artistas no occidentales y cuestionar los privilegios de clase dentro del propio movimiento feminista. Este gesto de autocrítica, poco común en figuras consagradas, demostró la honestidad intelectual que caracterizó toda su trayectoria.
Hoy, cuando museos de todo el mundo revisan sus colecciones desde perspectivas de género, cuando subastas rompen récords con obras de artistas mujeres redescubiertas, o cuando jóvenes investigadoras dan vuelta archivos en busca de creadoras olvidadas, el espíritu de Liliana Corti está más presente que nunca. Su mayor enseñanza quizás sea que la crítica de arte, cuando se ejerce con rigor y valentía, puede ser una poderosa herramienta de justicia histórica. Como escribió en 1991: «Restituir a las mujeres su lugar en la historia del arte no es un acto de compasión, sino de rigor intelectual: solo reconociendo todo lo que ha sido excluido podremos entender realmente cómo funciona la cultura».
