Movimientos sociales y derechos civiles en la era Taishō

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Los movimientos sociales y la lucha por los derechos civiles durante la era Taishō representan uno de los capítulos más vibrantes y transformadores de la historia moderna de Japón. En las tres primeras décadas del siglo XX, y muy especialmente entre 1912 y 1926, una sociedad que había permanecido relativamente pasiva durante la industrialización acelerada de la era Meiji despertó y empezó a organizarse para reclamar su lugar en la vida política, económica y cultural del país.

Este despertar no fue un fenómeno aislado ni monolítico. Incluyó a sindicalistas que exigían mejores condiciones laborales en las fábricas textiles, a campesinos que protestaban contra el precio del arroz, a mujeres que desafiaban las normas milenarias que las confinaban al hogar, a estudiantes que debatían sobre democracia en las universidades y a una minoría discriminada, los burakumin, que inició su larga marcha hacia la igualdad. Cada uno de estos grupos, con sus propias demandas y estrategias, contribuyó a ensanchar el espacio de lo que era pensable y decible en el Japón de la época.

La primavera que despertó a un país

Imaginemos un país donde durante siglos el orden social se había considerado inmutable. Donde cada persona nacía en un estamento y moría en él. Donde el disenso político era peligroso y la obediencia, una virtud cardinal. Ese país era Japón antes de la era Taishō. La Restauración Meiji de 1868 había derribado el viejo sistema feudal y modernizado la economía, la industria y el ejército, pero había mantenido intactas las estructuras de poder político. Un pequeño grupo de oligarcas gobernaba en nombre de un emperador divino, y la gran mayoría de la población carecía de voz.

La era Taishō rompió ese silencio. No lo hizo de golpe ni por la voluntad de un líder iluminado. Lo hizo a través de la acumulación de miles de pequeñas rebeldías, de reuniones clandestinas, de artículos en revistas que desafiaban la censura, de huelgas que paralizaban fábricas y de manifestaciones que llenaban las calles de Tokio, Osaka y Kioto. Los movimientos sociales de esta época no siempre triunfaron en sus demandas inmediatas. Muchas veces fueron reprimidos con dureza. Pero sembraron una idea que ya no desaparecería: la idea de que la gente corriente tenía derecho a organizarse, a protestar y a exigir cambios. Esa semilla, plantada durante el Taishō, germinaría décadas después en la democracia japonesa de posguerra.

Las raíces del descontento: por qué la gente empezó a movilizarse

El lado oscuro de la modernización Meiji

Para entender por qué la era Taishō fue un hervidero de movilización social, hay que volver la vista atrás y examinar qué había significado la modernización Meiji para la mayoría de la población. Japón se había industrializado a una velocidad sin parangón en la historia mundial. En apenas tres décadas, había pasado de ser un país agrario y aislado a ser una potencia industrial con ferrocarriles, fábricas textiles, astilleros y minas. Pero esa transformación tuvo un coste humano enorme.

Los campesinos, que seguían siendo la mayoría de la población, soportaban una carga fiscal muy pesada que financiaba la industrialización y el rearme. Muchos perdieron sus tierras y emigraron a las ciudades, donde se hacinaban en barracones insalubres junto a las fábricas. Los obreros, incluidas mujeres y niños, trabajaban jornadas de doce o catorce horas en condiciones peligrosas por salarios de subsistencia. No existía la negociación colectiva, no existía el derecho de huelga y la menor protesta era aplastada por la policía. La riqueza generada por la industrialización fluía hacia los zaibatsu, los grandes conglomerados empresariales, y hacia el Estado, pero no hacia las familias que la producían con su esfuerzo.

Durante la era Meiji, este malestar no encontró canales de expresión política. La Ley de Preservación del Orden Público de 1900 prohibía las huelgas y la sindicación, y la prensa estaba sometida a una censura estricta. Pero el descontento no desapareció; se acumuló bajo la superficie, como el vapor en una caldera. La era Taishō fue el momento en que esa caldera empezó a liberar presión.

El impacto de la Primera Guerra Mundial

La Gran Guerra de 1914-1918 aceleró todos los procesos que estaban en marcha. En lo económico, Japón vivió un auge sin precedentes al convertirse en el proveedor de bienes industriales para los aliados y para los mercados asiáticos que las potencias europeas ya no podían abastecer. Las fábricas funcionaban a pleno rendimiento y la demanda de mano de obra era insaciable. Eso dio a los trabajadores un poder de negociación que nunca habían tenido. Si los despedían de una fábrica, encontraban trabajo en otra al día siguiente. En ese contexto, los sindicatos empezaron a crecer y las huelgas se multiplicaron.

En lo ideológico, la guerra fue presentada por la propaganda oficial como un enfrentamiento entre la democracia y la autocracia. Japón luchaba del lado de las democracias occidentales contra los imperios autoritarios de Alemania y Austria-Hungría. El presidente estadounidense Woodrow Wilson predicaba la autodeterminación de los pueblos, las libertades fundamentales y la creación de una Sociedad de Naciones para resolver los conflictos mediante el diálogo. Esas ideas, pensadas para el escenario europeo, encontraron eco en Japón. Si la democracia era un valor universal por el que valía la pena luchar, ¿por qué los japoneses no podían disfrutarla en su propio país?

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La revolución de las ideas: el fermento intelectual

Los movimientos sociales de la era Taishō no habrían sido posibles sin una transformación previa en el mundo de las ideas. Las universidades, las revistas y los círculos de debate se convirtieron en focos de difusión de doctrinas que cuestionaban el orden establecido. El liberalismo de John Stuart Mill, la socialdemocracia alemana, el sindicalismo francés y, más adelante, el marxismo y el anarquismo, entraron en Japón a través de traducciones y de estudiantes que habían viajado a Europa y Estados Unidos.

Intelectuales como Yoshino Sakuzō, profesor de la Universidad Imperial de Tokio, desarrollaron el concepto de Minponshugi, que puede traducirse como gobierno para el pueblo o democracia en un sentido amplio. Yoshino distinguía cuidadosamente su propuesta de la soberanía popular de corte republicano, que habría chocado frontalmente con la doctrina de la soberanía imperial. Su Minponshugi no negaba el papel del emperador, pero insistía en que el gobierno debía actuar en beneficio del pueblo y ser controlado por sus representantes. Esta fórmula, deliberadamente ambigua, permitió que el discurso democrático penetrara en el debate público sin provocar una represión inmediata.

Los grandes movimientos sociales de la era Taishō

Las protestas del arroz de 1918: el país que dijo basta

El acontecimiento que marca el inicio de la era de movilización social masiva en Japón no ocurrió en una universidad ni en un congreso, sino en un pequeño puerto pesquero de la prefectura de Toyama. En julio de 1918, las mujeres de los pescadores de la localidad de Uozu se reunieron para protestar contra la subida desorbitada del precio del arroz. El cereal básico de la dieta japonesa se había encarecido tanto que las familias trabajadoras no podían comprarlo. Aquellas mujeres no pedían el voto ni la revolución; pedían poder alimentar a sus hijos.

La protesta, que empezó como un acto local y desesperado, se extendió como la pólvora. En cuestión de semanas, los disturbios del arroz se habían propagado a más de treinta prefecturas y habían involucrado a cientos de miles de personas. En Kioto, Osaka, Kobe, Nagoya y Tokio, las multitudes asaltaban almacenes, incendiaban propiedades de los comerciantes acusados de especular y se enfrentaban a la policía y al ejército. El gobierno respondió con una represión brutal: movilizó a más de cincuenta mil soldados, declaró la ley marcial en varias ciudades y detuvo a miles de personas. Decenas de manifestantes murieron en los enfrentamientos.

Los disturbios del arroz no consiguieron su objetivo inmediato de bajar los precios, pero tuvieron consecuencias políticas de largo alcance. El primer ministro Terauchi Masatake y todo su gabinete se vieron obligados a dimitir, humillados por la magnitud de la protesta. Le sucedió Hara Takashi, el primer plebeyo en ocupar el cargo y el primer primer ministro surgido de un partido político. El mensaje era claro: gobernar de espaldas al pueblo ya no era posible. Las élites japonesas habían recibido un susto mayúsculo y, en los años siguientes, se mostrarían más dispuestas a hacer concesiones para evitar una explosión social aún mayor.

El movimiento obrero y la sindicación

El movimiento obrero japonés había dado sus primeros pasos a finales de la era Meiji, pero fue durante el Taishō cuando adquirió verdadera envergadura. La Yūaikai, la Sociedad de la Amistad, fundada en 1912 por el sindicalista cristiano Suzuki Bunji, empezó como una organización moderada, casi paternalista, que perseguía la conciliación entre trabajadores y patronos bajo la tutela del Estado. Pero la realidad de las fábricas, la represión policial y la influencia de las ideas socialistas y anarquistas la fueron radicalizando.

En 1919, la Yūaikai se transformó en la Nihon Rōdō Sōdōmei, la Federación General del Trabajo de Japón, y adoptó un programa mucho más combativo. Las huelgas se multiplicaron. Los astilleros de Kobe y Yokohama, las fábricas textiles de Osaka y las minas de Kyushu fueron escenario de paros que paralizaban la producción durante días o semanas. Los trabajadores no solo pedían salarios más altos, sino también el reconocimiento del derecho de sindicación, la negociación colectiva y la mejora de las condiciones de seguridad en el trabajo.

El gobierno y los patronos respondieron con una combinación de represión y concesiones. La policía disolvía huelgas a golpe de porra y detenía a los líderes sindicales, pero algunas grandes empresas empezaron a ofrecer contratos estables, viviendas para los obreros y asistencia sanitaria, en un intento de desactivar el conflicto mediante el paternalismo empresarial. La Ley de Sindicatos, que habría legalizado la actividad sindical, fue debatida en el parlamento en varias ocasiones pero nunca llegó a aprobarse durante el Taishō. Los trabajadores japoneses tendrían que esperar hasta 1945 para obtener ese reconocimiento legal pleno. Pero el movimiento obrero de la era Taishō sentó las bases organizativas y políticas sobre las que se construiría el sindicalismo de posguerra.

El feminismo y la lucha por los derechos de las mujeres

La era Taishō fue testigo del nacimiento del movimiento feminista japonés organizado. Durante siglos, la doctrina confuciana había confinado a las mujeres a un papel subordinado: obediencia al padre en la infancia, al marido en el matrimonio y al hijo en la vejez. El ideal de la buena esposa y madre sabia que promovía el Estado Meiji había modernizado el lenguaje del sometimiento femenino, pero no su esencia.

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En 1911, un grupo de mujeres de clase media educada fundó la revista Seitō, cuyo nombre significa Medias Azules, en referencia a un grupo de intelectuales inglesas del siglo XVIII. Su fundadora y líder, Hiratsuka Raichō, abrió el primer número con una declaración que hoy sigue resonando: «En el principio, la mujer era el Sol. Era una persona auténtica. Ahora, la mujer es la Luna. Vive dependiendo de otros, brilla con la luz reflejada de otros. Debemos recuperar nuestro Sol oculto».

Seitō y sus colaboradoras desafiaron casi todos los tabúes de la sociedad japonesa de su tiempo. Discutieron el matrimonio como una institución opresiva, reivindicaron la libertad sexual, defendieron el derecho de las mujeres a la educación superior y al trabajo remunerado, y criticaron la hipocresía de una sociedad que condenaba a las madres solteras mientras toleraba la prostitución. Las autoridades respondieron con la censura: varios números de la revista fueron prohibidos y las redactoras sufrieron hostigamiento policial y ostracismo social.

Otra figura central del feminismo Taishō fue Ichikawa Fusae, que había trabajado como periodista y se había involucrado en el movimiento obrero antes de dedicarse por completo a la causa sufragista. En 1920 fundó la Shin Fujin Kyōkai, la Asociación de Nuevas Mujeres, que luchó por derechos concretos como el de las mujeres a participar en mítines políticos. En 1925, el mismo año en que se aprobó el sufragio universal masculino, la ley prohibió explícitamente a las mujeres la militancia política. La ironía fue cruel: mientras los varones ganaban el derecho al voto, las mujeres eran expulsadas incluso de la actividad política que habían estado desarrollando. Ichikawa y sus compañeras no se rindieron. Continuaron su lucha durante las décadas siguientes, y Ichikawa llegaría a ser diputada en la Dieta después de la Segunda Guerra Mundial, cuando las mujeres japonesas obtuvieron finalmente el derecho al voto en 1945.

El movimiento burakumin: la lucha contra la discriminación ancestral

Uno de los movimientos sociales más singulares y menos conocidos fuera de Japón que floreció durante la era Taishō fue el de los burakumin. Los burakumin son los descendientes de los intocables del sistema feudal japonés, un grupo que, pese a ser étnicamente indistinguible del resto de los japoneses, había sido segregado durante siglos por realizar trabajos considerados impuros, como el manejo de cadáveres, el curtido de pieles o el sacrificio de animales. La Restauración Meiji abolió legalmente las distinciones feudales en 1871, pero la discriminación social persistió. Los burakumin eran rechazados para el matrimonio, excluidos de ciertos empleos y vivían en barrios separados.

En 1922, un grupo de jóvenes activistas burakumin, liderados por Matsumoto Jiichirō y otros, fundaron la Zenkoku Suiheisha, la Sociedad Niveladora Nacional. Su objetivo era combatir la discriminación mediante la acción directa: cuando un burakumin era insultado o rechazado, la Suiheisha organizaba protestas públicas, denunciaba a los responsables y exigía disculpas. Era una estrategia arriesgada que a menudo desembocaba en enfrentamientos con la policía y con grupos ultranacionalistas.

La Suiheisha no era una organización monolítica. En su seno convivían tendencias socialistas, anarquistas y liberales, y los debates sobre la táctica y la estrategia eran intensos. Pero logró algo que ninguna organización anterior había conseguido: sacar la discriminación contra los burakumin del silencio y convertirla en un problema político nacional. La lucha de los burakumin durante el Taishō no eliminó la discriminación, pero la hizo visible y sentó las bases del movimiento de liberación burakumin que continuaría durante todo el siglo XX.

El movimiento estudiantil y el auge de las juventudes políticas

Las universidades japonesas, y en particular la Universidad Imperial de Tokio, fueron durante la era Taishō focos de efervescencia política. Los estudiantes leían a Marx, a Kropotkin y a Rousseau en traducciones recién publicadas, debatían en sociedades de estudio y se organizaban en asociaciones que oscilaban desde el liberalismo reformista hasta el comunismo revolucionario.

El gobierno intentó contener este fermento mediante la represión. En 1925, la misma Ley de Preservación de la Paz que acompañó al sufragio universal masculino estableció penas de cárcel para quienes propugnaran cambios en el sistema imperial o la abolición de la propiedad privada. La policía política, la infame Tokkō, vigilaba las aulas, infiltraba agentes en las asociaciones estudiantiles y detenía a los líderes más prominentes. Muchos estudiantes fueron expulsados de la universidad, y algunos pasaron años en prisión.

Pero la represión no logró apagar por completo el fuego. Las ideas que circulaban por los campus del Taishō influyeron en una generación de intelectuales, abogados, periodistas y políticos que, tras la derrota de 1945, desempeñarían un papel importante en la reconstrucción democrática del país. El marxismo japonés, que daría algunos de los teóricos más brillantes de Asia en el siglo XX, hunde sus raíces en aquellos debates universitarios de los años veinte.

Tabla de los principales movimientos sociales de la era Taishō

MovimientoDemanda principalLogro más destacadoFreno o represión
Disturbios del arroz (1918)Bajar el precio del arroz y los alimentos básicosCaída del gabinete Terauchi; ascenso de Hara TakashiBrutal represión militar; miles de detenidos
Movimiento obreroSalarios dignos, derecho de huelga, sindicación legalCrecimiento de los sindicatos y ciertas mejoras laboralesLey de Sindicatos nunca aprobada; represión policial constante
Movimiento feministaDerecho al voto, igualdad legal, acceso a la educación y al trabajoDebate público sobre los derechos de las mujeres; concienciación socialProhibición de la militancia política femenina en 1925
Movimiento burakuminFin de la discriminación social y laboralVisibilización del problema; creación de la Suiheisha en 1922Represión policial; persistencia del prejuicio social
Movimiento estudiantilLibertad de pensamiento y expresión en las universidadesDifusión de ideas democráticas, socialistas y anarquistasLey de Preservación de la Paz de 1925; vigilancia de la Tokkō

La represión como respuesta: el Estado contra los movimientos

La era Taishō no fue solo una época de avances y conquistas; fue también una época de represión sistemática contra quienes osaban cuestionar el orden establecido. El Estado japonés, aunque gobernado por gabinetes de partido durante buena parte del período, nunca abandonó su vocación autoritaria. La Ley de Preservación de la Paz de 1925 fue el instrumento más poderoso de esa represión. Bajo su paraguas, la policía política podía detener a cualquier persona sospechosa de albergar pensamientos peligrosos, es decir, ideas que pusieran en cuestión el sistema imperial o la propiedad privada.

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La paradoja de 1925 es elocuente: el mismo año en que se concedió el voto a todos los varones adultos, se cercenó la posibilidad de que esos votantes pudieran organizarse para exigir cambios profundos. Era un pacto tácito: se ampliaba la participación política, pero dentro de unos límites muy estrictos que no podían ser traspasados. Los movimientos sociales de la era Taishō aprendieron a vivir y a luchar en ese espacio estrecho, siempre bajo la amenaza de la porra policial, la censura y la cárcel.

El legado de los movimientos sociales del Taishō

Los movimientos sociales de la era Taishō no lograron transformar Japón en una democracia plena durante su tiempo. En los años treinta, el militarismo ultranacionalista barrió los sindicatos, silenció a las feministas, reprimió a los burakumin y encarceló a los estudiantes de izquierdas. Muchos activistas fueron obligados a retractarse públicamente de sus ideas; otros murieron en prisión o desaparecieron en el aparato represivo del Estado.

Pero las semillas que plantaron no murieron. Cuando Japón perdió la guerra en 1945 y comenzó la ocupación estadounidense, las fuerzas que habían permanecido latentes durante los años oscuros del militarismo resurgieron con fuerza. Los sindicatos se reorganizaron en semanas. Las activistas feministas, muchas de ellas veteranas del Taishō, retomaron su lucha y obtuvieron el sufragio femenino. Los burakumin fundaron nuevas organizaciones. Los viejos socialistas y comunistas salieron de la cárcel o regresaron del exilio.

La Constitución de 1947, con su declaración de soberanía popular, su garantía de libertades fundamentales y su renuncia a la guerra como instrumento de política exterior, fue en gran medida la culminación de lo que los movimientos sociales del Taishō habían soñado. No fue un regalo de los ocupantes estadounidenses, sino la cosecha de semillas plantadas décadas atrás por miles de hombres y mujeres anónimos que se atrevieron a desafiar el orden establecido.

Glosario de términos complicados

  • Burakumin: Minoría social japonesa descendiente de los intocables del sistema feudal. A pesar de ser étnicamente japoneses, han sufrido una profunda discriminación social durante siglos debido a las ocupaciones tradicionalmente consideradas impuras que realizaban sus antepasados.
  • Minponshugi: Concepto político desarrollado por Yoshino Sakuzō que puede traducirse como gobierno para el pueblo. Defendía que el gobierno debía actuar en beneficio del pueblo y ser controlado por sus representantes, pero sin negar la soberanía última del emperador.
  • Seitō: Revista feminista fundada en 1911 por Hiratsuka Raichō. Su nombre significa Medias Azules y fue el principal órgano de expresión del primer movimiento feminista organizado de Japón.
  • Suiheisha: Sociedad Niveladora Nacional, organización fundada en 1922 por activistas burakumin para luchar contra la discriminación social mediante la acción directa y la denuncia pública.
  • Tokkō: Abreviatura de Tokubetsu Kōtō Keisatsu, la policía política de Japón encargada de la vigilancia y represión de los movimientos políticos considerados subversivos.
  • Yūaikai: Sociedad de la Amistad, primer sindicato de ámbito nacional en Japón, fundado en 1912 por Suzuki Bunji. Inicialmente moderado, se fue radicalizando con el tiempo hasta transformarse en la Federación General del Trabajo de Japón.
  • Zaibatsu: Grandes conglomerados empresariales de origen familiar, como Mitsubishi, Mitsui o Sumitomo, que dominaron la economía japonesa desde finales del siglo XIX hasta su disolución tras la Segunda Guerra Mundial.
  • Zenkoku Suiheisha: Nombre completo de la Suiheisha, la organización de ámbito nacional creada por los burakumin en 1922 para combatir la discriminación.

Resultados de aprendizaje

Al finalizar esta lectura, habrás construido un conocimiento sólido sobre los siguientes aspectos:

  • Las causas estructurales que impulsaron la movilización social en la era Taishō: el malestar acumulado durante la industrialización de la era Meiji, el impacto económico e ideológico de la Primera Guerra Mundial y la difusión de nuevas ideas políticas.
  • Los principales movimientos sociales del período —disturbios del arroz, movimiento obrero, feminismo, movimiento burakumin y movimiento estudiantil—, sus demandas específicas, sus estrategias y sus logros.
  • La paradoja del año 1925, cuando la ampliación del sufragio universal masculino coincidió con la aprobación de la represiva Ley de Preservación de la Paz, que limitaba severamente las libertades políticas.
  • El papel de la represión estatal como freno constante a los movimientos sociales y la capacidad de estos para sobrevivir y mantener viva la lucha por los derechos civiles a pesar de la persecución.
  • El legado a largo plazo de estos movimientos en la democracia japonesa de posguerra, que recuperó y consolidó muchas de las demandas por las que habían luchado los activistas del Taishō.

Preguntas Frecuentes (FAQs)

Porque demostraron que la movilización popular podía tumbar un gobierno. La dimisión del gabinete Terauchi y la llegada de Hara Takashi al poder marcaron un punto de inflexión: a partir de ese momento, las élites gobernantes fueron conscientes de que ignorar por completo el malestar social era arriesgado. Aunque los precios del arroz no bajaron de inmediato, los disturbios aceleraron las reformas políticas que estaban en marcha y dieron a los movimientos sociales una confianza que antes no tenían.

En el plano legislativo, muy pocos. Las mujeres no obtuvieron el derecho al voto y su militancia política fue prohibida en 1925. Pero el feminismo del Taishō consiguió algo quizá más importante a largo plazo: rompió el silencio. Hizo que los derechos de las mujeres fueran un tema de debate público, formó a una generación de activistas y sentó las bases intelectuales y organizativas del movimiento sufragista que triunfaría tras la Segunda Guerra Mundial.

De forma muy precaria. Los sindicatos se financiaban con las cuotas de sus afiliados, que eran trabajadores con salarios bajos. Las revistas feministas como Seitō dependían de las aportaciones de sus redactoras y de suscripciones. Las organizaciones burakumin recibían donaciones de simpatizantes. La mayoría de los líderes de estos movimientos no eran profesionales remunerados, sino personas que compaginaban el activismo con sus trabajos como maestros, periodistas, abogados u obreros. La precariedad material era la norma, y la represión estatal dificultaba aún más la consolidación organizativa.

Una relación intensa y bidireccional. Los activistas japoneses leían con avidez las noticias del movimiento sufragista en Inglaterra, de la Revolución Rusa, del sindicalismo en Francia y Estados Unidos. Algunos viajaron al extranjero y establecieron contactos con organizaciones hermanas. La Internacional Comunista incluyó a Japón en sus debates sobre la revolución en Asia. Los movimientos sociales del Taishō no eran un fenómeno aislado, sino parte de una oleada global de movilización popular que sacudió al mundo en las primeras décadas del siglo XX.

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