La cultura popular como campo de lucha simbólica
En el vasto universo de los estudios culturales contemporáneos, pocos pensadores han logrado redefinir nuestra manera de comprender la cultura cotidiana tanto como John Fiske. Su propuesta sobre la teoría de la cultura popular constituye una de las aproximaciones más influyentes y controvertidas dentro del análisis mediático y sociocultural de finales del siglo XX. Fiske nos invita a mirar la cultura no como un simple conjunto de productos de consumo, sino como un espacio de resistencia, creatividad y negociación entre poder y placer, donde las personas comunes reinterpretan los significados impuestos por las industrias culturales.
La importancia de esta teoría radica en que rompe con la visión elitista que tradicionalmente separaba la “alta cultura” (asociada al arte, la literatura o la música clásica) de la “cultura popular” (vinculada a los gustos masivos y cotidianos). Fiske desafía esa jerarquía, mostrando que la cultura popular no es un producto pasivo ni inferior, sino una forma activa de producción de sentido. En ella, los públicos no solo consumen, sino que participan en la creación de significados, adaptando los mensajes de los medios a su propio contexto social y emocional.
Comprender esta perspectiva es esencial en un mundo mediático dominado por las redes sociales, los algoritmos y el entretenimiento global. La teoría de Fiske, aunque formulada en los años ochenta, sigue teniendo una vigencia sorprendente: nos ayuda a entender fenómenos contemporáneos como los memes, los fandoms, la viralización o el activismo digital, todos ellos ejemplos actuales de cómo la gente común reinterpreta y resignifica los contenidos culturales para expresar su identidad y su poder colectivo.
Orígenes y contexto intelectual de la teoría de John Fiske
De los estudios culturales británicos a la cultura mediática
La teoría de la cultura popular de John Fiske se inscribe en el marco de los Estudios Culturales —un movimiento académico nacido en el Reino Unido durante la década de 1960— y desarrollado en el Centro de Estudios Culturales Contemporáneos de Birmingham, dirigido por Richard Hoggart, Raymond Williams y Stuart Hall. Estos intelectuales se propusieron cuestionar las concepciones tradicionales de la cultura y explorar cómo los medios de comunicación y la vida cotidiana reflejan y moldean las relaciones de poder en la sociedad.
Dentro de esta corriente, John Fiske (1946–2017) destacó por trasladar las ideas de los Estudios Culturales británicos al contexto estadounidense y, sobre todo, al análisis de la cultura mediática popular: la televisión, la música pop, el deporte y otras expresiones masivas. A diferencia de los teóricos que veían a los medios como instrumentos de dominación ideológica (influenciados por la Escuela de Frankfurt), Fiske propuso una mirada más optimista y dialógica: los medios pueden ser espacios de resistencia donde los consumidores reinterpretan y subvierten los mensajes dominantes.
El diálogo con Stuart Hall y la codificación/decodificación
Uno de los principales puntos de partida de Fiske fue la teoría de la codificación y decodificación de Stuart Hall (1973). Hall había planteado que los mensajes mediáticos son codificados por los productores con ciertas intenciones ideológicas, pero decodificados por los receptores de maneras diversas según su contexto social, económico y cultural. Es decir, el público no recibe los mensajes de forma pasiva: puede aceptarlos, negociarlos o resistirse a ellos.
Fiske retomó esta idea y la llevó más allá: no solo el público interpreta los mensajes de forma activa, sino que, al hacerlo, produce su propia cultura. En su obra más influyente, Understanding Popular Culture (1989), el autor sostiene que la cultura popular surge precisamente de esa tensión constante entre las estrategias de dominación y las tácticas de resistencia. Esta dinámica convierte a la cultura en un terreno de lucha simbólica.
La influencia del postestructuralismo y el marxismo cultural
El pensamiento de Fiske se alimenta de múltiples fuentes intelectuales. Del marxismo cultural, hereda la preocupación por el poder y la ideología, pero rechaza su determinismo económico. De hecho, critica la visión de autores como Theodor Adorno y Max Horkheimer —quienes consideraban que la “industria cultural” anulaba la capacidad crítica del público—, y propone una alternativa menos pesimista.
Asimismo, el postestructuralismo francés, especialmente Michel Foucault, influye profundamente en su obra. Fiske adopta la idea de que el poder no es algo que se posee, sino algo que circula, y que siempre genera resistencias. Así, la cultura popular no puede ser entendida sin esa interacción constante entre poder y resistencia, entre los discursos dominantes y las reinterpretaciones de los sujetos.
La cultura como proceso y no como producto
Uno de los aportes centrales de Fiske es su definición de cultura como proceso más que como conjunto de objetos. Para él, la cultura no se reduce a las películas, las canciones o las modas que consumimos, sino al modo en que las personas usan esos productos para crear significados personales y colectivos.
Por ejemplo, una serie de televisión como Los Simpson no es simplemente un producto de entretenimiento: se convierte en cultura popular cuando los espectadores la comentan, la parodian, la incorporan a su lenguaje cotidiano o la usan para criticar la sociedad. Ese proceso de apropiación convierte al público en productor cultural.
Cultura dominante y cultura popular: una relación de poder
El concepto de hegemonía cultural
Para entender la teoría de Fiske, es fundamental revisar el concepto de hegemonía desarrollado por Antonio Gramsci. Según Gramsci, la hegemonía es la capacidad de las clases dominantes para mantener su poder no solo por la fuerza, sino convenciendo a la mayoría de la población de aceptar sus valores y normas como si fueran naturales.
Fiske retoma esta idea y la aplica al campo mediático: los medios de comunicación masiva son una herramienta clave de esa hegemonía, ya que difunden significados que legitiman el orden social existente. Sin embargo, la hegemonía nunca es total ni definitiva, porque las audiencias reinterpretan los mensajes y pueden oponerse a ellos.
La cultura popular como resistencia
Desde esta perspectiva, la cultura popular no se define por su origen (no es “lo que hace el pueblo” en sentido folclórico), sino por su función social: es el espacio donde las clases subordinadas luchan simbólicamente contra la hegemonía.
Para Fiske, la cultura popular es siempre resistente. No se trata de una revolución directa, sino de una resistencia cotidiana, muchas veces irónica, creativa y parcial. Los públicos toman los productos de la cultura dominante —una canción, una telenovela, una moda— y los reapropian para expresar significados alternativos o contrarios a los previstos por los productores.
Un ejemplo clásico es la manera en que los fans reinterpretan los contenidos mediáticos: los seguidores de una saga cinematográfica, como Star Wars o Harry Potter, crean fanfictions, memes o debates que a menudo subvierten las versiones oficiales, introduciendo perspectivas feministas, queer o críticas. En ese gesto de apropiación hay una forma de poder popular.
Textos abiertos y economía del significado
Los textos como espacios de interpretación múltiple
Uno de los aportes más originales de John Fiske al estudio de los medios es su noción de texto abierto. Inspirado en el semiólogo italiano Umberto Eco, Fiske considera que los productos culturales —ya sean programas de televisión, canciones, películas o deportes— no tienen un único significado fijo, sino que son estructuras abiertas a múltiples interpretaciones.
Un “texto cerrado” es aquel que intenta limitar las lecturas posibles y dirigir al espectador hacia una interpretación concreta (por ejemplo, un discurso político rígido o un noticiero institucional). En cambio, un texto abierto deja espacio para la participación activa del público, permitiendo que distintas comunidades lo adapten a su contexto social y emocional.
Por ejemplo, una serie como Los Simpson o South Park puede ser vista de maneras muy distintas según la audiencia: algunos la interpretan como una sátira política, otros como simple humor, y otros como una crítica cultural. Esa ambigüedad semántica es lo que la convierte en un texto abierto y, por tanto, fértil para la cultura popular.
La economía del significado
Fiske propone entender el consumo cultural no solo en términos económicos (de compra y venta), sino también en términos de producción y circulación de significados. A esto lo llama la “economía del significado” (the economy of meanings).
En esta economía simbólica, los medios de comunicación producen recursos culturales que los espectadores usan para construir sentido sobre sus propias vidas. Los significados no están impuestos desde arriba, sino negociados y redistribuidos constantemente en la interacción social.
Por ejemplo, una camiseta con el rostro de un artista pop no solo representa una transacción económica, sino también un gesto de identificación cultural. Quien la usa está participando de un intercambio simbólico: se adhiere a ciertos valores, estilos o comunidades. En ese acto hay consumo, pero también producción de identidad.
Fiske subraya que esta economía no es neutral: los significados circulan dentro de relaciones de poder. Sin embargo, la apropiación popular de los signos —a través del humor, la ironía o la relectura crítica— puede alterar o invertir su sentido original. La cultura popular, en ese sentido, es una economía alternativa, donde los subordinados generan valor simbólico propio.
El texto televisivo como ejemplo paradigmático
La televisión, para Fiske, es el terreno por excelencia donde se manifiesta esta dinámica. Programas como Dallas, Miami Vice o Twin Peaks, muy populares en los años ochenta, no solo eran espectáculos, sino también materiales culturales que la audiencia usaba para hablar de sí misma.
En sus estudios, Fiske muestra cómo distintos grupos sociales interpretan el mismo programa de modos diferentes: las mujeres pueden encontrar en una telenovela una vía para reflexionar sobre los roles de género; las comunidades obreras pueden ver en un héroe televisivo una figura de resistencia frente a las élites. En ambos casos, el texto mediático se convierte en un recurso para la expresión social.
Así, Fiske nos enseña que no hay un solo significado verdadero en la cultura, sino una multiplicidad de interpretaciones que coexisten y compiten entre sí. Esta pluralidad es lo que hace que la cultura popular sea viva, conflictiva y dinámica.
Placer, identidad y resistencia: la energía de la cultura popular
El placer como forma de resistencia
Una de las ideas más provocadoras de Fiske es que el placer popular puede ser político. A diferencia de las visiones marxistas clásicas que consideraban el entretenimiento como distracción o alienación, Fiske sostiene que el disfrute del público también es una forma de poder.
Cuando una persona se ríe de un chiste que subvierte una autoridad, o se identifica con un personaje que desafía las normas, está participando en una experiencia simbólica de liberación. El placer se convierte en una respuesta corporal y emocional frente a las estructuras de dominación.
Por ejemplo, la cultura del baile, la música o los deportes puede ser un espacio donde las clases populares experimentan poder y comunidad. Bailar una canción que no encaja en los estándares de la élite, o apoyar a un equipo local frente a uno rico, son gestos de resistencia cotidiana que expresan valores alternativos al orden dominante.
La producción de identidad cultural
La cultura popular, en la visión de Fiske, no solo ofrece placer, sino también un terreno donde las personas construyen y negocian su identidad. Cada grupo social, étnico, de género o clase encuentra en la cultura popular un repertorio de símbolos con los cuales definir quién es y a qué pertenece.
Por ejemplo, la moda urbana o el hip hop funcionan como lenguajes culturales de identidad juvenil y racial. Sus códigos de vestimenta, sus letras y su estética comunican una visión del mundo que desafía los modelos dominantes de éxito o belleza. Al apropiarse de estos signos, los jóvenes crean un espacio simbólico propio, un “nosotros” frente a “ellos”.
Fiske señala que esta producción de identidad es una forma de empoderamiento: las personas comunes transforman los productos del capitalismo en expresiones de autonomía simbólica. Así, la cultura popular se convierte en un campo de resistencia creativa más que en un simple reflejo de la dominación.
Las microresistencias cotidianas
Siguiendo la influencia de Foucault, Fiske entiende el poder como algo que atraviesa todos los niveles de la sociedad. No existe una única fuente de poder (como el Estado o los medios), sino una red de relaciones donde cada individuo puede ejercer resistencia.
Por ello, las prácticas culturales cotidianas —como elegir qué música escuchar, qué ropa usar, qué memes compartir o cómo hablar— son actos que pueden contener pequeñas dosis de rebeldía simbólica. Aunque parezcan insignificantes, estos gestos generan sentidos alternativos que, acumulados, erosionan las narrativas dominantes.
Por ejemplo, cuando una comunidad LGBT+ resignifica términos antes ofensivos y los convierte en banderas de orgullo, está realizando una microresistencia discursiva. Ese tipo de acción es el corazón de la cultura popular según Fiske: la apropiación creativa de los signos del poder para construir libertad simbólica.
Fandoms y cultura participativa
Los fans como productores culturales
Mucho antes de que Henry Jenkins popularizara el concepto de cultura participativa, John Fiske ya había descrito cómo los fans (aficionados) actúan como productores culturales activos. Para Fiske, el fanatismo no es una forma de alienación, sino una práctica creativa de lectura y reescritura.
Los fans no se limitan a consumir pasivamente una serie o un artista; reorganizan, remezclan y reinterpretan los materiales culturales para crear nuevos significados: escriben fanfictions, editan videos, crean memes, participan en foros o convenciones. De ese modo, transforman la cultura oficial en una cultura propia.
Por ejemplo, los seguidores de Star Trek en los años ochenta desarrollaron comunidades donde escribían historias alternativas que exploraban temas de diversidad, inclusión o crítica política. Esa reinterpretación transformó una serie televisiva comercial en un espacio de debate cultural.
El poder del colectivo popular
Fiske reconoce que la resistencia individual es importante, pero destaca que la fuerza real de la cultura popular reside en su dimensión colectiva. Las comunidades de fans, los grupos musicales, las tribus urbanas o los movimientos sociales crean redes de intercambio simbólico que multiplican la creatividad y la capacidad de resistencia.
En esas comunidades, el poder se democratiza: cada participante aporta una interpretación, un gesto, un símbolo. La autoridad del productor original se diluye frente a la inteligencia colectiva del público. Lo que importa no es tanto el texto original, sino lo que la gente hace con él.
La cultura digital como expansión de la teoría
Aunque Fiske escribió antes del auge de Internet, su teoría se anticipó notablemente al mundo digital participativo. Hoy, las redes sociales funcionan como plataformas donde los usuarios reinterpretan, mezclan y parodian los mensajes de la cultura dominante.
Los memes, por ejemplo, son una forma contemporánea de cultura popular en el sentido fiskeano: toman signos oficiales y los reconfiguran en clave de humor, crítica o identidad. Un meme político puede ridiculizar al poder con más eficacia que un editorial; un meme feminista puede visibilizar una problemática con lenguaje accesible y viral.
La viralidad, en este contexto, es una versión moderna de la economía del significado: los contenidos circulan, se transforman y generan placer, identidad y resistencia. Así, la teoría de Fiske sigue plenamente vigente en el siglo XXI.
Críticas y debates en torno a la teoría de Fiske
Acusaciones de excesivo optimismo
A pesar de su gran influencia, la teoría de John Fiske no estuvo exenta de críticas. Varios académicos le reprocharon su excesivo optimismo respecto al poder de las audiencias. Desde su publicación, obras como Understanding Popular Culture (1989) y Reading the Popular (1989) fueron señaladas por considerar que Fiske sobreestima la capacidad de resistencia del público frente al poder de las industrias culturales.
Para muchos críticos —entre ellos Jim McGuigan, Meaghan Morris o John Corner—, Fiske tiende a romantizar la figura del consumidor, presentándolo casi como un héroe cultural capaz de subvertir cualquier mensaje dominante. En la práctica, sostienen, las estructuras económicas y mediáticas siguen ejerciendo un control considerable sobre lo que se produce, se distribuye y se consume.
Por ejemplo, aunque los espectadores puedan resignificar una telenovela o un videoclip, siguen dependiendo de plataformas y corporaciones que canalizan y comercializan sus gustos. En ese sentido, la resistencia simbólica tendría un alcance limitado si no va acompañada de transformaciones materiales y políticas.
La tensión entre estructura y agencia
Otra crítica recurrente apunta a que Fiske, al centrarse tanto en la agencia individual y colectiva del público, descuida el peso de las estructuras sociales y económicas. Autores como David Morley y Charlotte Brunsdon, provenientes también de los Estudios Culturales británicos, defendieron una visión más equilibrada: el público puede resistir, sí, pero siempre dentro de los márgenes impuestos por las condiciones materiales de producción y distribución.
En otras palabras, la lucha simbólica no es completamente libre: el mercado, la publicidad, la censura o los algoritmos digitales condicionan el modo en que los significados circulan. Así, mientras Fiske subraya la creatividad popular, sus críticos insisten en que la cultura popular también puede ser un mecanismo de cooptación, donde la rebeldía se transforma en moda y se vuelve rentable para el sistema.
La dificultad de medir la resistencia
Una crítica metodológica importante proviene de la sociología de la comunicación: ¿cómo se puede medir o verificar empíricamente la resistencia simbólica? Fiske describe muchos ejemplos interpretativos —lecturas alternativas, ironías, apropiaciones—, pero rara vez ofrece pruebas sistemáticas de su impacto real en la estructura de poder.
Por ejemplo, que un grupo de fans critique una serie o la parodie no implica necesariamente una transformación social. Para algunos investigadores, esa resistencia puede quedarse en el plano del discurso y no llegar a tener consecuencias políticas tangibles. En ese sentido, la teoría de Fiske es más interpretativa que empírica, más inspiradora que demostrable.
A pesar de estas críticas, incluso sus detractores reconocen que su enfoque tuvo el mérito de revalorizar la voz del público y abrir una nueva etapa en los estudios de recepción cultural. Su trabajo desplazó el foco desde la producción mediática hacia la participación social en la creación de sentido.
Legado teórico y continuidad en los estudios culturales
De Fiske a Jenkins: la cultura participativa
El legado de Fiske se amplifica en el pensamiento de autores posteriores como Henry Jenkins, quien a finales de los años noventa y principios del siglo XXI desarrolló la noción de “cultura participativa”. Jenkins reconoce explícitamente la influencia de Fiske, pero la adapta al entorno digital.
Mientras Fiske analizó la televisión y los medios tradicionales, Jenkins observó cómo Internet y las redes sociales democratizan la producción cultural, permitiendo que los usuarios se conviertan en creadores activos. La participación, el remix y la colaboración en línea son, en esencia, la prolongación natural de lo que Fiske denominaba resistencia popular.
Los fandoms digitales, los youtubers, los influencers o los movimientos activistas online son ejemplos contemporáneos de cómo la economía del significado se volvió global y descentralizada. Cada usuario puede reconfigurar los mensajes mediáticos, generando un ecosistema cultural que responde a la lógica participativa anticipada por Fiske.
La influencia en la semiótica social y la comunicación crítica
Además de su impacto en los estudios de fans, la obra de Fiske influyó en el desarrollo de la semiótica social, una corriente que analiza cómo los signos adquieren sentido en contextos sociales específicos. Autores como Gunther Kress y Theo van Leeuwen retomaron la idea de que los significados no son universales, sino negociados en comunidades interpretativas.
En el campo de la comunicación crítica, Fiske también dejó una huella profunda. Su insistencia en que los medios son campos de lucha simbólica inspiró a generaciones de investigadores latinoamericanos, africanos y asiáticos a estudiar la relación entre cultura, poder y resistencia desde perspectivas locales. Su enfoque ofreció una alternativa al eurocentrismo de la teoría crítica clásica, permitiendo analizar la creatividad de los pueblos subalternos.
Relecturas contemporáneas: la cultura como performance
En el siglo XXI, varias teorías culturales han reinterpretado a Fiske desde nuevos marcos. Autores posfiskeanos como John Hartley, Ien Ang o Nick Couldry han explorado cómo la participación cultural se articula hoy como una performance identitaria: cada interacción digital, cada publicación o video compartido, es un acto simbólico que reafirma la identidad del sujeto en una comunidad de sentido.
Desde esta perspectiva, la cultura popular no es solo resistencia o consumo, sino también autoexpresión performativa. En redes sociales como TikTok, Instagram o X (antes Twitter), las personas encarnan símbolos, imitan tendencias, las modifican y las vuelven a circular, repitiendo el proceso que Fiske describía, pero en un escenario global e instantáneo.
Vigencia de la teoría de Fiske en la era digital
Cultura popular en tiempos de algoritmos
En la actualidad, los algoritmos de recomendación y las plataformas digitales han transformado profundamente la manera en que circulan los significados. Sin embargo, la lógica fiskeana de apropiación popular sigue operando. Aunque las corporaciones tecnológicas intentan guiar nuestras preferencias, los usuarios continúan resignificando los contenidos.
Por ejemplo, los movimientos de activismo digital, como #MeToo, #BlackLivesMatter o #NiUnaMenos, son ejemplos poderosos de cómo las comunidades en línea pueden reapropiarse de los medios para generar discursos emancipadores. Cada hashtag funciona como un signo abierto que articula múltiples experiencias personales en un relato colectivo de resistencia.
Fiske, si viviera hoy, probablemente vería en las redes sociales un nuevo escenario de lucha hegemónica, donde los usuarios alternan entre ser consumidores vigilados y productores subversivos. La cultura popular digital es, como él anticipó, un espacio ambiguo: combina poder corporativo y creatividad popular en tensión constante.
Memes, remix y reapropiación: los nuevos lenguajes de la resistencia
El fenómeno de los memes es quizás el ejemplo más evidente de la vigencia del pensamiento de Fiske. Cada meme es una muestra condensada de la economía del significado: un signo flexible, reinterpretado infinitas veces, donde el humor y la crítica se entrelazan. Los memes políticos, por ejemplo, operan como formas de resistencia simbólica frente a los discursos oficiales.
De igual modo, las prácticas de remix —editar videos, mezclar canciones, crear parodias— reproducen el proceso de reapropiación cultural descrito por Fiske. El remix digital actualiza el gesto del público popular de los años ochenta que resignificaba una serie o una canción. Solo que hoy, gracias a la tecnología, esa resistencia se multiplica a escala global y viral.
Las nuevas fronteras del poder cultural
Sin embargo, la teoría de Fiske también enfrenta nuevos desafíos en la era digital. Las grandes plataformas —Google, Meta, TikTok, X— no solo difunden cultura: la gestionan algorítmicamente, determinando qué se ve, qué se oculta y qué se monetiza. Esto introduce un nuevo nivel de hegemonía que Fiske no llegó a analizar: el poder invisible de los datos.
Aun así, su pensamiento ofrece herramientas para entender esta complejidad. Si el poder circula y siempre genera resistencias, entonces las redes digitales son tanto mecanismos de control como espacios de insurgencia simbólica. La cultura popular sigue viva, reinventada en cada interacción, cada ironía y cada acto creativo de los usuarios.
Conclusión: el legado vivo de John Fiske
La teoría de la cultura popular de John Fiske representa un punto de inflexión en la historia de los estudios culturales. Su visión transformó la manera en que entendemos la relación entre medios, poder y sociedad, al colocar al público en el centro del proceso cultural. Fiske nos enseñó que la cultura no se impone: se negocia, se discute, se reescribe.
Frente a la visión pesimista de la Escuela de Frankfurt, Fiske propuso una mirada más esperanzadora: el pueblo no es una masa pasiva, sino un sujeto activo que resiste a través del placer, la creatividad y la apropiación simbólica. La cultura popular, lejos de ser un residuo del mercado, es el terreno donde se expresan las tensiones más profundas de la vida social.
Hoy, en la era digital, su teoría mantiene una vigencia sorprendente. Los usuarios de redes sociales, los creadores de contenido, los fans y los activistas digitales continúan practicando lo que Fiske describió hace más de treinta años: la constante reinvención del significado como forma de poder. Cada meme, cada video paródico, cada hashtag viral es una demostración contemporánea de su intuición más profunda:
“El poder nunca es absoluto; donde hay dominación, hay también resistencia”.
En definitiva, la obra de John Fiske nos invita a mirar la cultura popular no como un reflejo pasivo del sistema, sino como una fuerza dinámica de transformación simbólica, donde la gente común se convierte, día a día, en protagonista del relato colectivo.
Su pensamiento, crítico y a la vez optimista, sigue siendo una brújula teórica para comprender la compleja relación entre medios, identidad y poder en el siglo XXI.
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