La flora mesozoica es el conjunto de plantas que dominaron los paisajes terrestres durante la era Mesozoica, es decir, entre hace 252 y 66 millones de años. Durante la mayor parte de este tiempo, y a diferencia de lo que ocurre hoy, los bosques, las llanuras y las riberas no estaban cubiertos de plantas con flores, sino de helechos, coníferas, cícadas, ginkgos y equisetos, grupos vegetales que se reproducían mediante esporas o semillas desnudas, sin la protección de un fruto ni la atracción de los pétalos coloreados.

Esta vegetación no era un simple telón de fondo para los dinosaurios. Era el motor que sostenía todos los ecosistemas terrestres. Las hojas de las cícadas y los helechos alimentaban a los saurópodos de cuello largo. Los troncos de las coníferas formaban bosques inmensos que servían de refugio a pequeños dinosaurios y mamíferos primitivos. La flora mesozoica no solo fue testigo del reinado de los dinosaurios, sino que hizo posible ese reinado, proporcionando la energía y el oxígeno necesarios para que la vida animal alcanzara las dimensiones colosales que caracterizan a esta era.
La vegetación invisible que sostenía el mundo de los gigantes
Cuando pensamos en la era de los dinosaurios, la mente se llena de imágenes de Tyrannosaurus rex persiguiendo a sus presas, de manadas de Diplodocus atravesando llanuras o de pterosaurios surcando los cielos. Casi nunca pensamos en lo que pisaban, en lo que les daba sombra, en lo que masticaban durante horas con sus dientes romos o sus picos afilados. Y sin embargo, sin ese tapiz verde que cubría la Tierra del Mesozoico, ninguno de esos gigantes habría existido.
La flora mesozoica era, en muchos sentidos, un mundo aparte del que conocemos hoy. Imaginemos un bosque sin flores, sin frutos, sin los colores explosivos de la primavera. Un bosque donde el verde dominaba en todas sus variantes, desde el oscuro y coriáceo de las cícadas hasta el luminoso y aterciopelado de los helechos. Un bosque sin el zumbido de las abejas, que aún no existían, y sin el aroma del jazmín o del azahar. Un bosque silencioso y monótono a nuestros ojos, pero exuberante y perfectamente adaptado a su tiempo. Ese era el paisaje vegetal que cubrió la Tierra durante 186 millones de años, mucho más tiempo del que llevan existiendo las flores.
Las razones de un mundo sin flores
Las plantas con flores, las angiospermas, no aparecieron hasta bien entrado el período Cretácico, hace aproximadamente 130 millones de años. Hasta entonces, la vegetación terrestre estaba dominada por lo que los botánicos llaman gimnospermas —plantas con semillas desnudas, no encerradas en un fruto— y por plantas sin semillas que se reproducían mediante esporas, como los helechos y los equisetos.

Esta diferencia en el modo de reproducción es fundamental para entender el paisaje mesozoico. Una semilla encerrada en un fruto, como las que producen las angiospermas, tiene una protección y un sistema de dispersión muy eficaz. Puede ser transportada por animales en su tracto digestivo, puede flotar en el agua durante semanas, puede permanecer latente hasta que las condiciones sean favorables. Una espora de helecho, en cambio, es una estructura microscópica, desnuda y vulnerable, que necesita humedad constante para germinar y desarrollar la fase sexual de su ciclo de vida. Las gimnospermas, por su parte, producen semillas expuestas, generalmente en conos, que carecen de la protección de un ovario maduro y dependen del viento o de la gravedad para dispersarse.
Estas limitaciones reproductivas no impidieron que la flora mesozoica prosperara. Al contrario. Las plantas sin flores dominaron la Tierra durante más tiempo del que llevan dominando las angiospermas, y lo hicieron con un éxito rotundo. Pero ese éxito tenía un precio: los paisajes del Mesozoico eran más homogéneos, con menos especies distintas por hectárea de lo que es habitual en un bosque tropical moderno, y las estrategias de polinización y dispersión eran mucho más simples, basadas casi exclusivamente en el viento y en la caída de las semillas al suelo.
Los grandes grupos de la flora mesozoica
Los helechos: la alfombra del Mesozoico
Los helechos son el grupo más antiguo de plantas vasculares que todavía existe sobre la Tierra. Aparecieron en el Devónico, hace más de 350 millones de años, mucho antes de que los dinosaurios existieran, y durante todo el Mesozoico siguieron siendo una parte fundamental del paisaje. En el Triásico, especialmente, los helechos dominaban el sotobosque y las zonas húmedas, formando una alfombra verde bajo los gigantescos troncos de las coníferas y las cícadas.

Los helechos mesozoicos no eran tan distintos de los que podemos encontrar hoy en un bosque húmedo. Producían frondas, esas hojas compuestas tan características que se despliegan como un abanico desde un tallo central enrollado en forma de bastón. En la base de esas frondas, en la cara inferior, se agrupaban los esporangios, pequeñas cápsulas que liberaban millones de esporas microscópicas al viento. Cada espora, si tenía la fortuna de caer en un lugar húmedo y sombreado, germinaba y daba lugar a una pequeña planta en forma de corazón llamada prótalo, que era la fase sexual del ciclo y que producía los gametos. De la fecundación de esos gametos nacía un nuevo helecho.
La dependencia del agua para la fecundación limitaba a los helechos a los ambientes húmedos. En las zonas secas del interior de Pangea, durante el Triásico, los helechos escaseaban o desaparecían. Pero tras las lluvias, eran capaces de rebrotar con una rapidez asombrosa a partir de rizomas subterráneos, colonizando el terreno en cuestión de semanas. Esta capacidad de recuperación los convirtió en los grandes supervivientes de las extinciones masivas. Tras el impacto del asteroide que acabó con los dinosaurios, cuando la luz solar se bloqueó y las plantas que dependían de la fotosíntesis murieron por millones, los helechos, con sus esporas resistentes y su capacidad de rebrote, fueron de las primeras plantas en recolonizar el planeta devastado.
Las cícadas: las reinas del paisaje mesozoico
Si hay una planta que simboliza la flora mesozoica, esa es la cícada. Las cícadas fueron, probablemente, las plantas más abundantes y características de la era de los dinosaurios, hasta el punto de que el período Jurásico ha sido llamado en ocasiones la edad de las cícadas. Hoy sobreviven unas trescientas especies, confinadas a zonas tropicales y subtropicales, pero durante el Mesozoico eran ubicuas y dominaban el paisaje desde el ecuador hasta latitudes bastante altas.

Las cícadas parecen una mezcla de palmera y helecho, pero no son ni una cosa ni la otra. Producen un tronco robusto, a menudo no ramificado, coronado por una roseta de hojas compuestas, duras y coriáceas, que pueden medir varios metros de largo. Son plantas dioicas, lo que significa que hay individuos masculinos e individuos femeninos. Los masculinos producen conos de polen, estructuras alargadas y escamosas que liberan granos de polen al viento. Los femeninos producen conos de semillas, mucho más grandes y pesados, donde las semillas se desarrollan desnudas, sin la protección de un fruto.
La polinización de las cícadas es uno de los misterios más fascinantes de la botánica mesozoica. Durante mucho tiempo se pensó que era exclusivamente anemófila, es decir, dependiente del viento. Pero investigaciones recientes han demostrado que muchas cícadas actuales son polinizadas por escarabajos, y que esta relación mutualista es muy antigua. Es muy probable que los escarabajos mesozoicos visitaran los conos de las cícadas en busca de polen y, sin proponérselo, transportaran los granos de unas plantas a otras. Esta alianza entre cícadas y escarabajos fue, probablemente, una de las primeras relaciones de polinización por insectos de la historia, un anticipo del mundo de las flores que estaba por venir.
Las cícadas eran el alimento básico de muchos dinosaurios herbívoros. Sus hojas, aunque coriáceas y difíciles de digerir, eran abundantes y estaban disponibles todo el año en los climas cálidos del Mesozoico. Los dientes de los saurópodos, con su forma de cuchara o de lápiz, estaban perfectamente adaptados para arrancar y triturar las duras frondas de las cícadas. Algunos paleontólogos han sugerido que los largos cuellos de los saurópodos evolucionaron precisamente para alcanzar las copas de estas plantas, que crecían a varios metros del suelo, en un ejemplo clásico de coevolución entre plantas y herbívoros.
Las coníferas: los gigantes que formaban bosques
Las coníferas fueron, junto con las cícadas, el otro gran grupo de plantas dominantes del Mesozoico. A diferencia de las cícadas, que hoy son escasas, las coníferas siguen siendo uno de los grupos de plantas más exitosos del planeta. Pinos, abetos, cedros, cipreses y secuoyas son coníferas que podemos ver en cualquier parque o bosque actual. Durante el Mesozoico, las coníferas formaban bosques inmensos que cubrían grandes extensiones de Laurasia y Gondwana.

Las coníferas mesozoicas no eran idénticas a las actuales, pero se les parecían bastante. Producían conos masculinos y femeninos en el mismo árbol o en árboles distintos, según la especie. Los conos masculinos liberaban polen en cantidades ingentes, formando a veces nubes amarillentas que flotaban sobre los bosques. Los conos femeninos, una vez fecundados, maduraban lentamente y liberaban semillas aladas que el viento dispersaba a grandes distancias.
Una de las coníferas más emblemáticas del Mesozoico fue el género Araucaria, que hoy sobrevive en Sudamérica, Australia y algunas islas del Pacífico. Las araucarias producen troncos rectilíneos que pueden superar los cincuenta metros de altura y ramas dispuestas en verticilos regulares que les dan un aspecto simétrico e imponente. Durante el Jurásico y el Cretácico, bosques de araucarias cubrían vastas regiones de Gondwana. Los troncos fósiles de estos árboles, perfectamente conservados en algunos yacimientos, muestran anillos de crecimiento que hablan de un clima estacional, con períodos de crecimiento rápido y períodos de reposo.
Otra conífera importante del Mesozoico, hoy completamente extinta, fue el género Cheirolepidiaceae, una familia entera de árboles y arbustos que desapareció al final del Cretácico. Estas plantas estaban especialmente adaptadas a ambientes áridos y salinos, y probablemente dominaban las zonas costeras y los márgenes de los desiertos interiores de Pangea. Sus granos de polen, muy característicos y fáciles de identificar en el registro fósil, permiten a los paleobotánicos rastrear su distribución geográfica y su evolución a lo largo del tiempo.
Los ginkgos: fósiles vivientes
El ginkgo o árbol de los cuarenta escudos es una de las historias más extraordinarias de la botánica. Hoy existe una sola especie, Ginkgo biloba, que se cultiva en parques y jardines de todo el mundo por su resistencia a la contaminación y su belleza otoñal, cuando sus hojas en forma de abanico se tiñen de un amarillo dorado. Pero durante el Mesozoico, los ginkgos formaban un grupo diverso y extendido, con numerosas especies distribuidas por todos los continentes.

Las hojas de los ginkgos mesozoicos eran muy parecidas a las del ginkgo actual, con esa forma de abanico y esas nervaduras dicotómicas, que se bifurcan una y otra vez sin llegar a formar una red. Esta morfología foliar es tan característica que los fósiles de hojas de ginkgo son fáciles de identificar incluso para un observador no especializado. Los ginkgos son gimnospermas, como las cícadas y las coníferas, y producen semillas desnudas, pero a diferencia de aquellas, sus semillas están rodeadas por una cubierta carnosa que, al madurar, desprende un olor muy desagradable debido al ácido butírico, el mismo compuesto que da el olor a la mantequilla rancia.
Los ginkgos alcanzaron su máxima diversidad durante el Jurásico y el Cretácico inferior. A partir de entonces, su diversidad fue decayendo lentamente, desplazados quizá por la competencia de las angiospermas. Al final del Cretácico, solo quedaban unas pocas especies. La extinción del Cretácico-Paleógeno estuvo a punto de acabar con ellos, pero unos pocos ejemplares sobrevivieron en refugios montañosos de lo que hoy es China central. Esos supervivientes fueron descubiertos por los monjes budistas, que los cultivaron en los jardines de sus templos y los salvaron de la extinción definitiva. De aquellos templos chinos, el ginkgo viajó a Japón, a Corea y, en el siglo XVIII, a Europa. Cada ginkgo que vemos hoy en una calle o en un parque es el descendiente de aquellos árboles que convivieron con los dinosaurios y que estuvieron a punto de desaparecer con ellos.
Los equisetos y licopodios: los pequeños gigantes del pasado
Los equisetos, conocidos popularmente como colas de caballo, y los licopodios son hoy plantas modestas, de pocos centímetros de altura, que crecen en zonas húmedas y sombrías. Durante el Carbonífero, mucho antes del Mesozoico, sus parientes alcanzaban tamaños descomunales, formando bosques enteros de árboles de más de treinta metros de altura que hoy son la fuente principal del carbón mineral. En el Mesozoico, los equisetos y licopodios gigantes ya habían desaparecido en su mayoría, pero sus descendientes de menor tamaño seguían siendo abundantes en las riberas de los ríos, en los pantanos y en las llanuras de inundación.
Los equisetos mesozoicos eran muy parecidos a los actuales: tallos huecos, articulados y estriados, con verticilos de hojas escamosas en cada nudo. Se reproducían mediante esporas producidas en conos situados en el extremo de los tallos fértiles. Eran plantas resistentes, capaces de rebrotar tras el paso del fuego o de las pisadas de los dinosaurios, y formaban densas colonias que estabilizaban los suelos de las riberas y proporcionaban refugio a pequeños animales.
Los licopodios mesozoicos, como el género Pleuromeia, ocupaban un nicho ecológico similar. Eran plantas de porte bajo, con hojas diminutas y densamente dispuestas alrededor del tallo, que se reproducían mediante esporas. Aunque su importancia ecológica era menor que la de las coníferas o las cícadas, formaban parte del tapiz vegetal que cubría los suelos del Mesozoico y contribuían a la diversidad de los ecosistemas.
Tabla de los grandes grupos de la flora mesozoica
| Grupo | Tipo de reproducción | Forma dominante | Período de máximo esplendor | Situación actual |
|---|---|---|---|---|
| Helechos | Esporas | Herbácea, a veces arbórea | Todo el Mesozoico | Abundantes en zonas húmedas de todo el mundo |
| Cícadas | Semillas desnudas en conos | Arbórea o arbustiva | Jurásico y Cretácico | Pocas especies, confinadas a zonas tropicales |
| Coníferas | Semillas desnudas en conos | Arbórea dominante | Todo el Mesozoico | Grupo muy exitoso y diverso en la actualidad |
| Ginkgos | Semillas desnudas con cubierta carnosa | Arbórea | Jurásico y Cretácico inferior | Una sola especie viva, cultivada globalmente |
| Equisetos | Esporas en conos terminales | Herbácea | Todo el Mesozoico | Presentes pero no dominantes |
| Licopodios | Esporas | Herbácea o arbustiva baja | Triásico | Presentes en zonas húmedas |
La gran revolución del Cretácico: la llegada de las flores
La flora mesozoica que hemos descrito dominó la Tierra durante más de cien millones de años. Pero hacia la mitad del Cretácico, hace aproximadamente 130 millones de años, ocurrió un acontecimiento que cambiaría el planeta para siempre: la aparición de las angiospermas, las plantas con flores.
Las primeras angiospermas fueron plantas modestas, probablemente arbustos o hierbas que crecían en ambientes perturbados, como las riberas de los ríos o las zonas recién quemadas, donde la rápida germinación y el ciclo de vida corto suponían una ventaja frente a las gimnospermas, de crecimiento más lento. Pero las angiospermas traían consigo innovaciones evolutivas revolucionarias. La flor permitía atraer insectos polinizadores con néctar y colores, lo que hacía la polinización mucho más eficiente que la dispersión pasiva del polen por el viento. El fruto protegía la semilla y facilitaba su dispersión por animales. La doble fecundación, un proceso exclusivo de las angiospermas, producía un tejido nutritivo, el endospermo, que alimentaba al embrión y aceleraba su desarrollo.
Estas ventajas permitieron a las angiospermas diversificarse a una velocidad asombrosa. A finales del Cretácico, apenas cuarenta millones de años después de su aparición, ya dominaban muchos ecosistemas terrestres. Magnolias, laureles, robles y plátanos primitivos empezaban a desplazar a las cícadas y a los helechos en muchas regiones. La revolución de las flores estaba en marcha, y el mundo sin flores que había caracterizado al Mesozoico empezaba a desvanecerse.
Cuando el asteroide impactó en Yucatán hace 66 millones de años y acabó con los dinosaurios no avianos, las angiospermas estaban preparadas para heredar la Tierra. Sobrevivieron a la extinción masiva y, en el Cenozoico, se convirtieron en la flora dominante del planeta, una posición que mantienen hasta hoy. Las cícadas, los ginkgos y muchos helechos quedaron relegados a papeles ecológicos secundarios, testigos vivos de un mundo que ya no existe.
Glosario de términos complicados
- Angiospermas: Plantas que producen flores y frutos. Aparecieron durante el Cretácico y constituyen la flora dominante en la actualidad.
- Cono: Estructura reproductiva de las gimnospermas formada por escamas dispuestas en espiral alrededor de un eje central. Puede ser masculino (productor de polen) o femenino (productor de semillas).
- Dioico: Tipo de reproducción en el que una planta produce solo estructuras masculinas o solo femeninas. Las cícadas son dioicas, por lo que hay individuos macho e individuos hembra.
- Esporangio: Estructura de las plantas sin semillas que produce y libera las esporas. En los helechos, los esporangios se agrupan en la cara inferior de las frondas.
- Espora: Célula reproductiva de las plantas sin semillas que, a diferencia de las semillas, no contiene un embrión ya formado y necesita condiciones de humedad para germinar.
- Fronda: Hoja compuesta de los helechos, a menudo dividida en foliolos más pequeños. Es la estructura más visible de estas plantas.
- Gimnospermas: Plantas que producen semillas desnudas, no encerradas en un fruto. Incluyen las coníferas, las cícadas y los ginkgos.
- Prótalo: Pequeña planta en forma de corazón que constituye la fase sexual del ciclo de vida de los helechos y que produce los gametos.
Resultados de aprendizaje
Al finalizar esta lectura, habrás construido un conocimiento sólido sobre los siguientes aspectos:
- La composición de la flora mesozoica durante la mayor parte de la era, dominada por helechos, cícadas, coníferas, ginkgos y equisetos, y la ausencia de plantas con flores hasta bien entrado el Cretácico.
- Las estrategias reproductivas de las plantas mesozoicas, basadas en esporas y semillas desnudas, y la dependencia del viento y de insectos primitivos para la polinización, en contraste con la eficiencia de las flores que estaban por venir.
- El papel ecológico de cada grupo vegetal como sustento de los dinosaurios herbívoros y como configurador de los paisajes del Triásico, el Jurásico y el Cretácico.
- La revolución de las angiospermas en el Cretácico y cómo su aparición transformó los ecosistemas terrestres, desplazando progresivamente a la flora que había dominado durante más de cien millones de años.
- La conexión entre la flora mesozoica y la actual, representada por los fósiles vivientes como el ginkgo o las araucarias, que nos permiten vislumbrar cómo eran los bosques de la era de los dinosaurios.
Preguntas Frecuentes (FAQs)
Las plantas con flores, las angiospermas, evolucionaron a partir de un grupo de gimnospermas durante el Cretácico inferior, hace unos 130 millones de años. Antes de eso, simplemente no existían. La flor es una estructura compleja que requiere la coordinación de múltiples genes y que probablemente evolucionó como una adaptación para atraer insectos polinizadores y hacer más eficiente la reproducción. Una vez que apareció, su éxito fue tan rotundo que en pocas decenas de millones de años las angiospermas se convirtieron en el grupo de plantas dominante.
La dieta de los dinosaurios herbívoros variaba según la especie, la época y el ecosistema. Los saurópodos del Jurásico, como el Diplodocus, probablemente se alimentaban de hojas de cícadas, helechos y coníferas, que arrancaban con sus dientes en forma de cuchara y tragaban enteras, confiando en las piedras que ingerían (gastrolitos) para triturarlas en su estómago. Los dinosaurios del Cretácico, como el Triceratops, tenían baterías dentales muy potentes capaces de masticar material vegetal duro y fibroso, y probablemente comían una mezcla de cícadas, coníferas y las nuevas angiospermas que empezaban a proliferar.
Los paleobotánicos disponen de varios tipos de evidencia. Los fósiles de compresión son hojas, frondas o ramas que quedaron atrapadas en el sedimento y se conservaron como una película carbonosa. Los fósiles de impresión son moldes que dejan las plantas en la roca. Los granos de polen y esporas son microscópicos pero prácticamente indestructibles, y cada grupo de plantas produce un tipo de polen o espora con una morfología característica que permite identificarlo. Los troncos petrificados conservan la estructura celular de la madera. Combinando todos estos tipos de evidencia, los científicos han reconstruido la flora mesozoica con bastante precisión.
Sí, y de forma determinante. La evolución de los dinosaurios herbívoros está íntimamente ligada a la vegetación disponible en cada período. Los largos cuellos de los saurópodos probablemente evolucionaron para alcanzar las copas de las cícadas y las coníferas. Los picos y las baterías dentales de los ceratopsios como el Triceratops se desarrollaron para procesar las duras hojas de las cícadas y las fibras de las primeras angiospermas. La disponibilidad de vegetación determinaba el tamaño de las poblaciones de herbívoros, lo que a su vez condicionaba el tamaño y el comportamiento de los carnívoros. Las plantas no eran un mero decorado, sino un motor de la evolución de los dinosaurios.
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